domingo, 24 de enero de 2010

Tradiciones, voces regionales y formas orales (2) por Gonzalo Espino



Relatos de pueblo: el tío Lino

En la tradición oral del país encontramos un tipo especial de relato que hacen suyos los pueblos. Se caracteriza por su brevedad y su eficacia, por un humor soterrado -y otros casos abiertos-, casi siempre, se trata de la batallas de pueblos. Son famosos los cuentos de huantinos y lo conchucanos. Sus narradores se confunden con el tiempo y han caído en inexorable olvido, pero sus relatos siguen renovándose, pues se siguen contando. En el norte del Perú, a fines del siglo XIX surgió un personaje ingenioso, modesto agricultor, pero de una labia e imagi
nación que hacía se la palabra el goce. De este tipo de narradores abundan en los pueblos de La Libertad y Cajamarca, se pierden con el nombre de Poncho Negro o con los de Magán, aunque cuando uno los escucha narrar sean los solo protagonistas de ingeniosas informaciones que la fabulación los convirtió en relato.

Pero vamos a hablar de tío Lino que Mario Florián hace una breve biográfica:

El tío Lino era un hombre de gran estatura blanco, colorado y barbudo. Sabía leer y escribir a duras penas. […] Él, por lo común, narraba sus relatos con elementos maravillosos sentado en los peldaños para subir al coro de la iglesia o en los bancos de madera de la plaza principal, o en los poyos de los patios de algunas casas grandes, o en las piedras de las esquinas de las calles. Pero, asimismo, lo hacía, puesto de pie o sentado, durante las mingas de siembre, aporco y cosecha de los campos de cultivo.

Dirá que era católico, arriero y comerciante. Nació y vivió en Cosiete (Contumazá) junto con su esposa doña Chuspi, murió en Cascas, todo una vida que cubrió la segunda mitad del siglo XIX. A él le debemos esos relatos que bajaron de Cosiete a Contumazá, por el Alto Chicama y llega al Bajo Chicama, por los lados de Ascope –y en sus borde por Tulape-Roma, mi pueblo, pasando por Cascas, etc.

Mario Florián recrea 24 relatos que escuchó en su infancia y lo hace con apego a la voz oral que le el tono con que podemos imaginar al narrador del siglo XIX. Un buen grupo de estos relatos han sido publicados por otros recopiladores[1]. Los relatos que oraliza Florián aparecen como más leales a las versiones escuchadas, cercanas a la memoria de los cuentos del tío Lino León, de allí que los contextos a los que alude aparezcan como prístinos y, casi siempre, tengan que ver con los orígenes (su mocho mohíno, perdices, conejos, perros calatos, etc.) y al mismo tiempo, con soluciones que sacan del aprieto a nuestro héroe (fuegos artificiales, caramelos, viajes inimaginables, sogas o simulaciones del arcángel San Gabriel, etc.).

Tal vez hay que reparar en un relato que llama la atención por su insularidad para su tiempo: se trata de “Las cartillas”
[2] que ciertamente alude al mito del progreso como una utopía posible, esta vez el escrito, que divulgado por el viento (una remembranza de lo voz) y llevado a todo el país (un acto de reciprocidad) como cuenta nuestro narrador: “Y desde aquel tiempo, veli, la población entera del Perú aprendió a leer y a escribir”.

El tío Saniel

Saniel Lozano ha vuelto ha retomar una veta. La de la tradición oral, esta vez es la versión del tío Saniel. Tío es la expresión de cariño con que se conoció a uno de los más maravillosos narradores del norte del Perú, el tío Lino, y cuyos relatos se propagaron desde las alturas de la cuenca del río
Chicama. El tío Saniel se muestra como un narrador de garra, es un fabulador de ternezas y de invenciones, como no podía ser de otro modo. Asume un primera persona narrativa que goza en interpelar a su oyentes (en realidad, lectores) creando la virtualidad de un encuentro entre el narrador y su auditorio. Lo que le interesa es su condición de fabulador; el territorio de la palabra narrada se abre para expresar la vieja tradición oral de la región (El león de la chorrera, El perro volteado, El puma come gente); al mismo tiempo se burla de la tecnología y de las imágenes de la modernización en sus máquinas (“La máquina saca-manteca” o “La máquina que deslonjaba chachos”). Su universo narrativo se abre más allá de la pequeña aldea. Cuenta, con gracia y humor, como solo un viejo narrador oral lo sabe hacer.





[1] Florián (2008: 22-23) anota las más importantes publicaciones. Sin embargo, quiero remitir al versión de otro contumacino: Andrés Zevallos, Cuentos del tío Lino. (Lima, Lluvia Ed., 1977).
[2] Remito leal lector al texto: http://gonzaloespino.blogspot.com/2010/01/la-cartillas-contado-por-el-tio-lino-en.html



Pintura tomada:
El tío Lino, Municipalidad de Contumazá

© Gonzalo Espino Relucé
Enero 2010.


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