Juegos perdidos de Jacobo Ramírez, ¿se han perdido? Gonzalo Espino Relucé

La literatura infantil y juvenil en el Perú sigue siendo un espacio rico en producción sugerente en sus temáticas e intensa en sus propuestas. El plan lector ha permitido un cierto auge de las literaturas en diversos lugares del país: cuentos, relatos, poemas y textos experimentales donde escuela y autores crean espacios para la lectura y la conversación, una plataforma que permite la circulación del libro. En parte, esto explica la abundante producción, aunque aún no se ha organizado un corpus que nos permita visualizar sus logros y aportes frente a la débil existencia de una comunidad de lectores y, al mismo tiempo, visualizar sus deficiencias y la opacidad de cierta literatura.

           Huánuco no es la excepción. Al contrario, cada año se renueva y nos llegan noticias y textos a los que tenemos que prestar atención, especialmente de aquellos creadores y creadoras que ya forman parte de eso que se llama referentes literarios. Recientemente nos reencontramos con los poetas y escritores Samuel Cárdich, Mario Malpartida, Andrés Jara Maylle, Luis Mozombite, Víctor Rojas Rivera, Jacobo Ramírez y Gino Damas (profesor y crítico que desarrolla una labor fundamental en la recopilación de la tradición y cultura quechua), esto con ocasión del Coloquio Internacional de Lengua y Literatura.

            Jacobo Ramírez Mays pertenece a ese núcleo. Ha publicado Cantos de soledad, amor y muerte, Cuatro puertas hay abiertas y Jueguetes Perdidos. Con Juegos perdidos (Huánuco: Ediciones Condorpasa, 2025) alcanza esa madurez que se vuelve narrativa sencilla, clara y envolvente. Su narrativa es lineal, pero sus relatos son pinceladas rápidas como exige el relato. Y en medio de ello, se va construyendo ese espacio que nos devuelve el lugar de nuestra infancia. Eso ocurre con Rancho y con los niños y niñas que participan en los juegos. El narrador no necesita dar las instrucciones, nos envuelve en el juego. Y desde la posición de narrador protagonista, se vuelve niño y a la vez el  adulto que consigue su una prosa narrativa clara y límpida como los manantiales. Pero en sus juegos ocurre esa dinámica en la que se rompen barreras sociales y se ingresa a lo lúdico, porque eso es la vida. Esta vida, desde la perspectiva del narrador, resulta enfrentada con la realidad del adulto, pero más que eso, con la realidad de la pérdida. 

            Mientras tanto, nos quedamos con la alegría del juego tradicional y general en la que todos alguna vez hemos sido protagonistas.Un narrador protagonista que reinventa un pueblo como Rancho y a los niños y niñas que lo acompañan. El narrador sabe que esta historia lo retorna a la infancia:

Solo quedan las marcas invisibles de nuestros pasos, de nuestros pantalones rotos y el eco de una infancia que aún resbala por mi pecho.Y entonces cierro los ojos. 

Y veo a Paúl bajando a gritos, a Francis girando como trompo, a Edgar gritando '¡Ya fue!', y a mí riendo como quien vuela por primera vez. Porque en Rancho, donde el polvo se cuela entre los recuerdos, aún existe el Rompecalzón. Y aún jugamos. Y aún somos." (p. 13)

              El desafío será reencontarnos con los juegos nuestros y las de los niños y niñas de estos tiempo aún cuando el celular este a la mano. Basta anotar el índice para invitarlos a leer Juegos Perdidos: Rompecalzón, Un día te escondiste, ¡San Miguelito, San Miguelito!, Matagente, Chapadas, El trompo, Los yaces, El mundo, Salta soga, La gallinita ciega, Lobo, ¿estás?, El aro y El juego de la despedida de rancho. A partir de este listado de cuentos de Ramírez, me pregunto si estos mismos aparecen en las veredas de nuestros parques o en las esquinas de nuestros barrios, porque los que vivimos junto con el televisor sí supimos de estas ternezas que compartimos y nos llenaban de alegría el alma. ¿Se han perdido?


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