Análisis comparado, nación con base en el género, etnia y clase Prada y Matto por Evelyn Huarcaya…

 Con la tesis Análisis comparado de construcción de la nación con base en el género, etnia y clase en la obra de ensayística de Clorinda Matto y Manuel González Prada, Evelyn  Huarcaya Gutiérrez acaba de graduarse como Magíster en Literatura Peruana con mención en Literautra Peruana y Latinomaericana por la UNMSM (14/08/2026)


Como investigadora Evelyn  Huarcaya desarrolla un programa de literatura compara que se allana un objeto de estudio específico que domina. A lo largo de la investigación muestra un manejo riguroso de la discusión de la posguerra (fines del s. XIX)  y en esa trama, los ensayos de Clorinda Matto y Manuel González Prada. La singularidad de este trabajo no solo está en emprender una investigación comparada, sino que este trabajo se realiza con el apoyo y respaldo de un planteamiento que permite allanar las variables que la tesista toma para este caso, las identifica en el discurso como enunciados y reiteraciones que le permite construir una constelación de sentidos que interpreta. La máquina ayuda a detectar y permite organizar los campos semánticos que, finalmente, no solo es una cuenta, sino la frase o enunciado que forma la cadena de semántica  que se indaga en torno palabra-tema que la investigadora lee sugiriendo una nueva agenda para repensar la nación decimonónica.

Esta investigación se enmarca en lo que desde hace un cuarto de siglo se viene llamando humanidades digitales y en lo que se refiere a las humanidades digitales, en la histórica local, lo asocio a la tesis doctoral de Jacqueline Oyarce Cruz, Del texto al hipertexto: bitácoras en línea como espacios de creación literaria andina (Perú 2010-2016). Huarcaya Gutiérrez  tiene como soporte software Antonc y lo aplica para su estudio de literatura comparada, a los ensayos de Clorinda Matto de Turner y Manuel González Prada cuya pesquisa tiene tres palabra-claves: género, raza y clase para revisar el pensamiento sobre la nación. De este modo, la máquina termina siendo solo un soporte necesario para el análisis y una oferta potencial para los estudios literarios. Esto último reubica a las plataformas digitales, las  convierte en asistentes o ayudas electrónicas para las investigaciones en humanidades.

Tal como estoy sosteniendo esta tesis tiene aportes sustantivos. Sin embargo, deseo establecer una agenda para la discusión pública:

1. Relación entre humanidades digitales y objeto de estudio. ¿Hasta qué punto las humanidades digitales, con cerca de un cuarto de siglo, nos aleja del humanismo y de la  consistencia -íntima- del texto?

    2.      Teoría de género. ¿Cuáles son los límites de un discurso de género que resulta un constructo posmoderno, del siglo XXI, respecto a su aplicabilidad para textualidades del siglo XIX, al pensamiento de época, entre varones y mujeres?

    3.  Estilo y lematización. ¿De qué manera la lematización se distancia del estilo? Cuando se contabiliza las palabras y se obvia el estilo de cada autor, un número menor de palabra hace que el estilo del ensayo sea al mismo tiempo de mayor o menor calidad, o se trata mas bien de indicadores para analizar en el campo específico de las estrategias de estilo de Prada y Turner?
    
    4.        La nación aristocrática. La idea de género, etnia y clase en el entorno de la nación de posguerra y a su condición de país en reconstrucción cuyo rasgo central era la república aristocrática. Supone pensar los los avances de la ciencia y la tecnología de fines de siglo XIX, que para el siglo XX  se comporta como el mito del progreso y en esa proposición,  ¿cuál era la situación del indio y la mujer?
    
    5.        Indios quechuas. La comprensión de la etnia para el periodo asume básicamente el segmento andino, lo visible: los quechuas, para el  siglo XIX: indios. ¿Cuál es el rol que se le asigna a la lengua y cultura quechua para la construcción de la nación decimonónica? ¿cuál es el nuevo programa civilizador del siglo XIX?
    
    6.     Literatura nacional. La segunda mitad del siglo XIX la conformación de la literatura nacionales y aparece la  pregunta sobre cuál sería la obra que represente a la nación. De allí la importancia del Ollanta y el debate en torno a esta pieza colonial. Pensar las imágenes de la cultura andina de la época que las vinculo con los registros escriturales que se leen en Hima Sumac y Baladas Peruanas. ¿En qué lengua y qué obra se imagiaban en el siglo XIX como la que representa a la nación? 

    7.       Elite ilustrada. Ambos escritores se dirigen a la ciudad letrada, pero el énfasis de los ensayos de Prada incide en su tenacidad político, Turner lo hace casi siempre desde la elite ilustrada que la censura.

    8.   El quechua durante todo el siglo XIX fue lengua mayoritaria y hablada por los indios. Era un idioma subordinado, aun cuando la hablaban  las elites regionales (Cuzco, Huamanga y Huaraz). En términos decimonónicos el idioma oficial siguió siendo la lengua del conquistador, una lengua de minoría. Las pretensiones para construir una nación se veían impedido porque las propias elites se oponían a la inclusión del complejo social del Perú de entonces (proyecto civilizatorio).


    9.   La historia de los pueblos indígenas  de  la segunda mitad del siglo XIX fue la de despojos continuos de tierra, violencia y miseria. La paradoja es que el indio estaba de moda. En ese mismo periodo nos encontramos con cuando menos tres hechos:  el debate y difusión del drama colonial Ollantay, en la academia, la tesis de bachiller La poesía en el imperio de los tiempos de los Incas (1873) de Acisclo Villarán y la publicación de la Gramática quechua (1974) de Donicio Anchorena.

        



        A partir de estas preguntas, haré tres anotaciones adicionales en busca de las  prácticas escriturales de entonces.  
             
        La primera, ¿cómo se conoce al indio? El pasado tenía como referente a los incas y los indios ya no eran más los incas. Se lo estudia como segmento deprimido y descalificados socialmente, que había que incluirlo en la vida nacional. La respuesta era el nuevo proyecto moderno de extirpación de idolatrías: civilizarlo.
        
             La “inclusión andina” (Espino 1999), así llamé a ese proceso en que el indio se puso de moda, y se registra en toda la segunda mitad del siglo XIX.  Ya no solo era el asunto de entender la independencia y la nación, sino a estos otros actores y su resistencia cultural en la trama del país a través de sus ritos, prácticas culturales y su lengua.
       
        Me pregunto, ¿cómo la lengua quechua y el castellano fueron imaginadas como parte de la nación peruana? Ambos aristócratas: el primero de la ciudad, la segunda de la provincia, mejor aún una con reminiscencia que atraía la idea del inca -Cuzco- y el otro, con esa sensibilidad indianista compartida con Matto, limeño, preocupado por algo que para entonces empieza a llamarse el español americano.


Gonzalo Espino Relucé
(Parte de la lectura de mi informe) 


Harawinchis, wiñay masiq runasimi

 

 Harawinchis, wiñay masiq runasimi

Gonzalo Espino Relucé (Eila-UNMSM)


    A fines de diciembre del 2016 no había podido confirmar ni revisar Canas i sus relámpagos (1947), una antología poética que en mis años de estudiante habíamos leído. Fue por esos días que llegó un grupo de amigos con quienes fuimos a comprar a la Feria de libros Amazonas. Aquella tarde, mis ojos se dirigieron a un grupo de papeles viejos, una ruma de impresos. Me llamó la atención el inconfundible papel bulki que, para mi sorpresa, se trataba de un trabajo monográfico que yo había realizado en el marco del Seminario de Literatura Peruana. Este hallazgo me permitió confirmar la existencia del poeta Tupac Amaro (Juan de la Cruz Salas) y los poemas “Hatun Muttu” y “Walishuk taki”. Esta vez, era mi propia versión, la de las aulas sanmarquinas. Unos meses más tarde me reencontraría con el escurridizo Canas i sus relámpagos gracias a las pesquisas que hicieran, en Cusco, los integrantes de mi grupo de investigación EILA.[1]

    La anécdota, por cierto, aparentemente trivial, explica algunas de las preocupaciones académicas que desarrolla nuestra universidad, especialmente, la Escuela de Literatura de San Marcos. Este asunto remite a la doble tradición en la que se ubican nuestros estudios: las posturas indianistas e indigenistas que produjeran una reflexión que documenta la poesía quechua y la de San Marcos, que, desde sus tiempos aurorales, fomentó los estudios indianos hasta los estudios indígenas contemporáneos que le dan identidad particular. La primera tiene desarrollo en el área andina desde el siglo xx, la segunda tiene como protagonista a la Universidad de San Marcos, especialmente después de la segunda mitad del siglo XX.

 

Memoria del XIX

    Juan León Mera (1832-1894) y Carlos Felipe Beltrán (1816-1898) desarrollan proyectos sobre la literatura quechua que, de alguna manera, impactaron en la imagen dominante de nuestras letras. Cuando en 1868 Juan León Mera busca “historiar la poesía ecuatoriana" (p. I), reconoce la existencia del quichua y sus expresiones, las identifica como restos y fragmentos. Aún en la lógica indianista, consigna un poema clave de la poesía quechua. Me refiero a “Atahualpa huañui”, como falso profeta anotaba: “el quichua ha sufrido también cambios y adulteraciones notables con la introducción del castellano, y á la vuelta de un siglo será lengua muerta que nadie tratará de aprender, porque no cuenta [con] obra ninguna que la inmortalize como el griego o el latín.” (León Mera 1868: 12). El tiempo no le dio la razón, los indígenas e intelectuales quichuas legaron una producción inicial, que, más tarde, con ocasión de lo que se llamó “IV Centenario del Descubrimiento de América”, León Mera presenta Cantares del pueblo ecuatoriano (1892) en la que aparecen los “Versos quichuas” y lo hace en representación de su país, Ecuador.

    El cura Carlos Felipe Beltrán, en Bolivia, no solo elaboró un alfabeto quechua -aymara, sino que adquirió “su propia imprenta con tipos diseñados” expresamente para sus grafías (Noriega 2016: 130) que le permitirá la divulgación de la lengua quechua, las cosas de la doctrina y, por cierto, la literatura escrita quechua. Su mayor colección se lee en la Civilización del indio que aparece en1891 (Oruro) con entregas hasta 1898. Beltrán se propuso hacer evidente la calidad de la lengua y su programa promovió la escritura en quechua y aimara, y se atiene a proyectos inclusivos vía la cultura, para ser más precisos, como parte del ego positivista que supone civilizar al indio dada “su lamentable postración”, a la que agrega dos elementos adicionales: la importancia de poseer una literatura y la necesidad que se escriban textos que permitan el desarrollo del indio:

si hemos de crear una literatura pátria para gloria de nuestra Nación; si hemos de trabajar por levantar al índio quichuista o aymarista de su lamentable postración, es indispensable conocer y poseer sus idiomas y escribir en ellos, obras catequistas, otras amenas, poéticas que empezando por agradar al indio, le haga amar el estudio y le inspiren la afición á iluminarse en el rico y espléndido idioma de sus conquistados, el castellano. (Beltrán 1889: 1-2).

    En el Perú, durante este periodo, se produce el debate internacional sobre el Apu Ollanta, texto colonial que se ofrecía como la representación de nuestra literatura. La producción mayoritoria pertenece al acervo oral quechua, la producción letrada es escasa, con pocos registros, entre ellos los de José Dionisio Anchorena (1834-1906) en Gramática Quechua (1874), que consigna la traducción del Himno Nacional, “Pakarinak Huaylli”/ Huayni (: 124) y todo aquello que se refiere a la difusión del catecismo católico; se incluyen poemas como “Chiquiyok” / “El desgraciado" del Dr. Arana (: 133) y "Mana cakmannta cachispa" / "A un Dios imitas en su poder extenso" del Sr. M. M. Basagoytia (: 138-139). Es conocida la difusión del poema “Machaypuito ó el yaraví de ‘La quena’” (1878) por Juana Manuela Gorriti y el poco divulgado yaraví “Sillquihua” (1884) publicado Clorinda Matto de Turner. No está de más indicar que en las aulas sanmarquinas defiende Acisclo Villarán su tesis de bachiller La poesía en los tiempos de los incas (1874) que se atiene a la lógica hispana: se la estudia, pero no se presenta en el idioma (Espino 1999). Las voces ni las letras quechuas entran en el salón o la casona; para transitar por ellas se le exige traducción a la lengua de la ciudad.

 


Trayectorias

    Rolando Álvarez (2017: 15-49) nos ha recordado la compleja y heterogénea realidad de nuestra literatura, más aún lo urgente que resulta imaginar, repensar y organizar un corpus literario, sobre todo si se trata de focalizar lo nuevo o procesos. La conformación de los corpus de nuestras literaturas es una tarea pendiente por ser una producción textual que tiene continuidad y calidad estética. Cuando hablamos de literatura exigimos su existencia. Es decir, la materia de la literatura, el texto. En este caso no solo el contingente oral sino sus expresiones escritas (poesía, narrativa, testimonio, etc.). ¿Existe?, ¿se puede hablar de poesía quechua? ¿Qué se está entendiendo por poesía quechua escrita? ¿Tiene formas poéticas singulares? ¿Las leen? ¿Es posible identificar, inventariar los poemas quechuas?, ¿en qué momento aparecen? ¿Cómo circulan estas producciones poéticas?, ¿cómo se vincula con la comunidad, con su ser andino?

    A inicios de siglo xx se difunde un trabajo que cuestiona, desde un lenguaje radical, antihispanista, primero por entregas y, luego, como libro, Tarmap pacha huaray (1905, 2020) de Adolfo Vienrich. Esta publicación se instala como el primer estudio de la literatura quechua del siglo xx. La presenta en sus dos vertientes, la tradición oral (cancionero, narrativa) y la naciente escritura contemporánea (poesía) que en el medio letrado se prefiere identificarlo como Azucenas quechuas y Fábulas quechuas. Será alegato solidario. No solo declaración, sino evidencia de la existencia de la cultura quechua, de manera especial de la poética quechua, de acervo oral y sus muestras escriturales en su narrativa y poesía. Los ecos de este primer trabajo se encontrarán en diversas compilaciones que privilegian la tradición oral quechua, entre ellos Literatura Inca (1938), que compila Jorge Basadre, caudal que se amplía con Canto Kechwa (1938) y Canciones y cuentos del pueblo quechua (1949) de José María Arguedas. Años después, nos encontramos con la Antología General de la Poesía Peruana (1957) de Sebastián Salazar Bondy y Alejandro Romualdo. Esta colección está convencida -y así lo asume- que la poesía vernácula tiene larga data e incorpora la pluralidad cultural del país. Incluye la sección “Poesía quechua”, que la asocio a la apropiación de una de las características del Perú como “nación en formación” (Mariátegui 1928), por lo que relieva, inventa y postula una tradición andina para la poesía peruana, de arraigo ancestral (tradicional y colonial), y la presencia contemporánea, incluye a Kilku Warak'a con dos poemas (1957: 158-159). En ello insistirá José María Arguedas en su Poesía quechua (1965); además de incluirse, lo acompaña Kilku Warak’a y Qosqo Mosho. Los poemas vienen solo en español. En el caso boliviano circulan La poesía quechua (1936) y La literatura de los quechuas (1960) de Jesús Lara, que interpreta desde la perspectiva garcilaciana cuyo estado de desarrollo lo concibe como escaso. En el caso ecuatoriano la cartografía identifica los versos populares quichuas en Canciones indígenas en los andes ecuatorianos. El aillu y el ciclo agrícola (1996) trabajada por los alumnos de la Tercera Promoción de LAEB, editada por José E. Juncosa y Annelies Merkx. Son tardíos los estudios de la literatura quechua del norte de Argentina y el sur de Colombia. El trabajo de Mario S. Tebes y Atila Karnovich, Sisa pallana (2006), ofrece una colección significativa que permite comprender la complejidad del proceso de la literatura andina.

    El primer repertorio, en efecto, lo identificamos con Canas i sus relámpagos (1947), que publica poemas de Audaz del Castillo, Killku Warakca, Tupak-Amaro y Jacinto Yana Aucca. En esta “antología poética” aparecen tres tipos de textos: los poemas en castellano, la poesía quechua con sus transcripciones al español y las recopilaciones de canciones que se inscriben en quechua, se traducen a la lengua de la ciudad y las identifican como folclore. Casi una década después, aparece Taki parwa (1955) de Kilku Warak’a. El poemario tiene el mérito de ser el primer libro orgánico de poesía quechua en los tiempos modernos. Al año siguiente, 1956, Kusi Paukar publica Jarawikuna enteramente en quechua chanka en la Revista Cultura de Bolivia; en los poemas de Kusi Paukar se advierte el contexto de la modernización en el mundo andino. Ambos proyectos poéticos instalan en el escenario letrado una corriente, una opción: escribir y publicar solo en quechua, difundir poemas monolingües. De hecho, no debe perderse de vista que hacia 1934 se convoca al Concurso de Literatura Kechwa por “el IV Centenario del Cusco”[2]2, es decir, al cuarto centenario de su fundación española; los resultados de aquella ocasión no tienen mayor trascendencia, salvo por el regionalismo cusqueño que se abre a otras variantes lingüísticas. El poema ganador estaba escrito en “Runa Simi de Huamanga” (Indio Enelda 1942: 18) y en 1951 se realiza en Cochabamba el Primer Concurso Internacional de Literatura Quechua, que gana Andrés Alencastre con su poema “Illimani” (Arguedas 1965: 6). Tres años después, La Paz será escenario del Congreso Indigenista que consensúa el alfabeto fonético para las lenguas quechua y aymara (Congreso Indigenista 1954: 17-19).

    Las más importantes publicaciones de la segunda mitad del siglo pasado las conforman Literatura Quechua (1980) de Edmundo Bendezú, Poesía aborigen y tradicional popular (1984) de Alejandro Romualdo y Poesía quechua escrita en el Perú (1993) de Julio Noriega Bernuy que ofrecen los poemas que evidencian la existencia de una escritura quechua en progresión; difieren en sus referencias espacio-temporales, en el balance contemporáneo y la lengua que utilizan. La Literatura Quechua ofrece una selección con apego diacrónico, todos los poemas quechuas provienen del acervo oral, no incluyen a ningún poeta de tradición escrita y los textos vienen en español. El mérito de este volumen de la Biblioteca Ayacucho fue que volvió a poner en circulación la poesía quechua en el espacio latinoamericano junto con la maya, náhuatl y guaraní. De otro lado, la Poesía aborigen y tradicional popular resulta singular al presentarnos un muestrario de las poéticas nativas de los distintos pueblos del país. Al hacerlo Romualdo incorpora una sección que lo estructura de cara a la historia, incluye para el periodo de la República diez autores a quienes denomina “Poetas quechuas contemporáneos” (Romualdo: 301384). Asimismo, los poemas vienen en quechua y castellano. Ambos trabajos llegan a 1980. Por último, la Poesía quechua escrita en el Perú, cubre hasta los inicios de los 80, abarca ocho décadas del siglo xx y presenta, por vez primera, autores totalmente desconocidos y supuso la puesta en valor de la poesía quechua de entonces.

    Después de la Antología General de la Poesía Peruana (1957) de Sebastián Salazar Bondy y Alejandro Romualdo, las tres antologías poéticas más importantes del país: Antología de la Poesía Peruana (1973), de Alberto Escobar; la Poesía peruana Antología general: De Vallejo a nuestros días (1984), de González Vigil, y la Poesías peruana. 50 poetas del siglo XX (2001), de Carlos Garayar, no incluyen a los poetas quechuas. Ricardo González Vigil lo hará recién en este siglo con Poesía peruana del Siglo XX (1999). En ella incluye a los tres poetas fundadores de la tradición quechua contemporánea (Kilku Warak’a, Kusi Paukar y José María Arguedas). Las antologías de poesía quechua dudan sobre la pertinencia de la lengua, proponen una imagen histórica y casi siempre se detienen en Kilku Warak’a y José María Arguedas: véase Poesía quechua (1965) de José María Arguedas, Poesía y prosa quechuas (1968) y Literatura quechua clásica (1986) de Francisco Carrillo, Poesía quechua de Sebastián Salazar Bondy (1978) y la ya mencionada Literatura quechua (1980). El momento más importante lo consigna Poesía quechua escrita en el Perú (1993) de Julio Noriega. En este siglo se publicaron cuatro textos significativos para la discusión sobre el tema: Las provincias contratacan (2009) de Juan Zevallos, Caminan los apus (2012) de Julio Noriega, Narrativa quechua contemporánea. Corpus y proceso (1974-2017) (2019) de Gonzalo Espino y Musuq Illa, Poética del harawi en runasimi (2021) de Alison Krögel.

     Este legado no se incorpora como tradición ni tiene nexos explícitos, pero sí configura un campo de resonancias en lo que se refiere a la literatura quechua. En la Universidad de San Marcos, se aprecia una línea de continuidad desde 1982 cuando Eduardo Ninamango Mallqui defiende un trabajo clave para el desarrollo de los estudios de la poesía quechua; me refiero a Katatay y la poética quechua de José María Arguedas. Más de una década después, Isaac Huamán Manrique aportaría a la construcción del corpus de la poesía quechua con su tesis La poesía quechua escrita actual (1990-1995) (1996). Por nuestra parte, fuimos imaginando qué había ocurrido con la tradición oral andina y con la palabra-letra en quechua; en ese andar concebimos una propuesta de lectura para los textos andinos que se tradujo en mi tesis doctoral Etnopoética quechua (2007). Son parte del actual proceso las tesis defendidas el 2017: La pervivencia de la identidad cultural como memoria del tiempo moderno en Sonqup Jarawiinin, Umapa Jamutaynin, Runap Kutipakuynin de Kusi Paukar de Óscar Huamán Águila y La poética chanka en tres poemarios (2020) de Edwin Chillcce Canales. En esa misma línea, está investigación doctoral de Roxana Quispe Collantes, Yawar Para. Transfiguración y singularidad en el mundo poético quechua del harawi cusqueño de Andrés Alencastre Gutiérrez, Kilku Warak’a (2019), que resulta uno de los trabajos más consistentes sobre Kilku Warak’a y una propuesta de lectura a partir de su tercer poemario Yawar Para (1972), la misma que se defendió y presentó en quechua[3]3. A esta movida académica agregaremos la producida en otra universidad. Me refiero a la tesis de licenciatura de Wendy Castillo Castillo, Aproximaciones a la retórica quechua: El caso de la poética del desarraigo en Jarawi de Dida Aguirre García (2018) que formula un itinerario que nos resulta provocador, una propuesta que, más allá de reconocer la poesía quechua, la lee solo como poesía. Sin embargo, Es a mediados de la última década del siglo pasado que cobra un impulso inusitado la poesía quechua. La lengua nativa se reivindica, se publican revistas y libros, se desarrollan concursos y se percibe un circuito propio que propicia comunidades letradas que se extienden a los quechuas que viven en las principales ciudades del país. Los contextos de desarrollo coinciden con estos hechos: (1) el fin del conflicto armado interno, lo que crea un clima favorable para el florecimiento de las letras quechuas que estaban estancadas en las gavetas individuales; (2) la promoción institucional de la literatura quechua desde varias esferas de gobierno (concursos -Premio Nacional de Literatura Quechua- y publicaciones desde ministerios y gobiernos regionales), que colaborarán en la consolidación de cuando menos dos polos de desarrollo para la literatura quechua de estos tiempos, Huamanga y Cusco; y (3) un periodo propicio para las lenguas indígenas avalado por los convenios internacionales y la divulgación de las literaturas y culturas indígenas en América Latina. Esto terminaría por dar cuenta de nuevos e inusitados derroteros para la literatura quechua en general. No está de más recordar la extensa tradición oral de las prácticas poéticas andinas que coincide, a final del siglo xx, con la configuración de la canción andina moderna que viene de los fueros estéticos de Ayacucho (Huamán López, 2015).

 

Lengua y poesía

La poesía quechua tiene como marco de referencia la diversidad lingüística y cultural, y las desigualdades que socialmente la acompañan, así como una historia zigzagueante e inesperada. Estas producciones se contextualizan con las literaturas que se producen en el país. Hablamos así de diversos sistemas en un espacio definido como heterogéneo tal como nos lo hacía ver Antonio Cornejo Polar (1983) y como lo ha precisado Carlos García-Bedoya (2012, 2019). 


SEGUIR LEYENDO: 

https://drive.google.com/drive/folders/10mUNCa7iBqMX5D2IrDJyT-KQZWTuQdH5?usp=drive_link

Puede adquirse en librerías.
Tomado: Espino Relucé, Harawinchis. Estudios, selección y notas de Gonzalo Espino Relucé. Lima: Pakarina Ediciones, 2022.

[1] Especialmente a los jóvenes Óscar Huamán Águila, Gloria María Pajuelo, Diana Conchacalle, Silvia Apaza Espinoza, Roxana Quispe Collante, Edwin Chillcce y Sarita Emperatriz Castro. En esta pesquisa me acompañaron los profesores Mauro Mamani, Carlos García Bedoya, Manuel Valladares y Carolina Ortiz. Del mismo modo, lo hicieron, los profesores Carlos Huamán (UNAM, México), Rómulo Monte Alto (UFMG, Brasil), Claudia Rodríguez (UACH, Chile) y Rolando Álvarez (UG, México).

[2] La revista Waman Puma da cuenta del hecho; publica el “Achanccaray Ccosccoman”, “Poema premiado en el Concurso de Literatura Kechwa en el IV Centenario del Cusco”, viene con traducción de Begonia Silvestre y el autor fecha su poema en “Ciudad de Cuzco, a 13 de junio de 1934” (Indio Enelda 1942: 18-19).

[3] Primera tesis sanmarquina sustentada en quechua: Sustentación pública de la tesis doctoral de Roxana Quispe Collantes”, Letras TV (16 oct. 2019). Lima: Facultad de Letras y Ciencias Humanas, UNMSM  <https://www.youtube.com/ watch?v=U93eoUTeFU8&t=303s>.


Justucha y el cine de Chh’aska Anka Ninawaman

 La publicación de Justacha y el cine de Ch’aska Anka Ninawaman (Pakarina 2025) testimonia la íntima relación que la autora tiene con la cultura andina quechua y el paréntesis que impone la cultura foránea en los pueblos del interior y como desde otro discurso se entretejen, también, las narrativas orales. Tal es la actitud de la autora, que en la dedicatoria lo expresa con legibilidad, se convierte en la narradora del ayllu, de la familia, por extensión de la comunidad, de su llaqta, de su pueblo. Es decir, sujeto de cultura que asume su memoria y tradición como legado que lo da a conocer en este en este libro. Será la respuesta al pedido que le hace su padre:


Hija mía, hoy he visto en el cine la historia de la vida de tu hermano Justucha, la tuya propia también, la de mamá Simona, tía Loberta, nuestra familia y nuestras yayas y nuestros cantos... y me dolió en el alma que los brujos nos la hayan pillado. Hija, ch'askaschay, tú eres narradora y tejedora, esas son tus armas, y ahora prométeme que vas a tejer la historia completa con muchos colores muy bonitos e inclúyeme también a esos brujos-layqas. No te dejes pisotear, hija, hazte respetar, no consientas que nos sigan humillando, qhillqaruy waway escríbelo.

    El texto como relato me resulta un híbrido, una sucesión de historias que no termina como novela, tampoco como un libro de cuentos. Lo que si no queda claro es la recreación e invención de la memoria oral andina que dialoga como los nuevos personajes que van apareciendo a través de la llegada del cine. Tras esta relación se escucha una voz -que sería en quechua, que no aparece en esta edición- que va narrando una variedad y sucesión de relatos, la tradición oral que termina siendo el gran libro de la comunidad (categoría de Elías Rengifo), es decir, una versión del siglo XXI de la literatura de tradición oral quechua, de lo que se dice y cuenta en el Sur, en Cuzco.

Pero,  ¿quién es Ch’aska Anka Ninawaman? Se trata de una poeta, narradora y traductora, doctora en Antropología y profesora  hace un permanente tributo a su cultura y lengua. Cuando quiso sustentar en quechua su tesis de licenciatura en educación, la Universidad San Antonio de Abad no quiso reconocer a esta lengua como lengua académica. Ella, por entonces Eugenia Carlos Ríos, interpuso una queja a de Defensoría del Pueblo que le dio la razón y la universidad tuvo que acatar la defensa de su tesis en su lengua.  Se trataba de una recopilación de relatos orales. Este hecho es clave en la historia de las lenguas indígenas, se trata de la conquista del quechua como lengua académica la academia, como ocurría después con la Universidad de San Marcos, tal como ya lo eran en Ecuador y Bolivia.

Este hecho forma parte del carné biográfico de nuestra poeta. La explicación de su nombre en la lengua de la gente aparece en Chaskaschay: “Me llamaron Eugenia Carlos Ríos. Pero yo soy ch'aska Anka Ninawaman. De mi misma Ch'aska: lucero del amanecer. De mi padre Anka: águila. De mi madre Ninawaman: halcón de fuego. De mi pueblo poeta quechua rebelde.” (2004) Allí ella relata brevemente su historia, como trabajadora y cómo accede a la escuela, una vida entre sufrimiento y el empoderamiento femenino, discriminada y una poeta quechua clave de literatura del siglo XXI.   

Identifico a Ch’aska Anka como narradora oral, que forma parte de esa largo legión que se pierde en la memoria y algunos que han llegado a la escritura, Carme Tarpha o Nemesia Iparraguire. Pertenece a ese linaje que saben narrar, me refiero a padre Jorge A. Lira y aquellas que voces que tejen la narrativa que se lee Autobiografía de Gregorio Condori Mamani.

Hay un anclaje o línea poética que Ch’aska Anka sigue. Su absoluta relación con el mundo oral andino quechua, el que ella vivió y que trasmite en su poesía y en su narrativa. Este concepto lo esbozó el 2007 como “T’ika Chumpicha”, no se trata de un texto escrito, si no aquel registro que viene de la conversa, del habla cotidiana, hecho poesía, que es lo que realiza también en libro que estoy comentando.  En la revista digital Ómnibus, n. 13 expresa:

T'ika Chumpicha responde a la poesía del mundo quechua oral. Una suerte de hacer poesía hablando. Está hecha para decir y escuchar, pues brota fundamentalmente en un mundo hablado. Es esta mi experiencia que les ofrezco en el presente poemario. Cada uno de los poemas tiene su pequeña historia. (https://www.omni-bus.com/n13/chasca.html)


Este mismo concepto aparece más desarrollado en su estancia en Alemania  (Universidad de Heiderlberg, mayo 2022), donde desarrolla su testimonio y   retorna a la historia que contiene un poema.

En su narrativa asistimos  a una narradora que nos acoge con la sabiduría de quien sabe que “cuento es cuento”, lo hace con Kuka kintucha  y Los chulchucha.  La naturaleza de su trabajo suele ser una prolongación de la magia de la palabra acogedora que viene con el habla de una conversa cotidiana que mira/ escucha como un retablo: cuatro partes, donde desfilan los relatos, la gentes, las deidades, las travesuras y la memoria de quien cuenta narradora oral, ahora inscrito en el papel impreso. No termino de convencerme  si se trata de una novela o de un guión, lo si me queda claro es asistimo a la lectura de extensa tradición oral andina del sur. 

Justucha y el cine, de Ch'aska Eugenia Anka Ninawaman, es un cuento largo, un relato inagotable, ¿una novela total?, un largometraje que se lee... o una historia para toda la familia. En Justucha, la tradición oral andina encuentra una reinterpretación de su acervo cultural, donde lo mágico se tamiza por la pantalla del cine o por las paqarinas. La trama de esta novela nos lleva a transitar por los films del siglo XX, asistiendo a la interacción feliz de personajes del mundo andino junto a los del cine de masas (los grandes romances, Bruce Lee, Drácula, los wésterns...).

Este texto puede leerse como una saga en busca de lectores globales deseosos de conocer el Ande peruano contemporáneo. Los personajes, Justucha y sus amigos, son niños que se aventuran por paisajes inhóspitos, llenos de almas condenadas, de cerros y espacios encantados donde pueden ser recompensados si respetan a las deidades, para así acceder a la gran pantalla donde confronta a personajes igual de peligrosos o benévolos que los de su contexto.

Lo cierto que la narradora cumple con su palabra. La de ser tejedora de esa “historia completa con muchos colores” y “muy bonito”. Ch'aska y Justucha revitalizan la narrativa andina quechua en un tejido de tradición y modernidad, en un tinkuy feliz de la cosmovisión andina y el universo cinematográfico y se convierte en primer gran retablo de la narrativa oral andina del siglo XXI, un contar interminable y un narrar para todos.

 

Gonzalo Espino Relucé

GI Eila-UNMSM

PD. En la presentación Juan Zevallos ha recordado como Chask’a Anka trabaja el par humano-animales en sus estudios y su vinculación con el cine.  Dante González, propone que esta novela se lee como tal y no necesita de la muletilla de literatura infantil y juvenil.

 

Referencias:

Anka Ninawaman, Ch'aska. Justucha y el cine. Lima:Pakarina editores, 2026.

Anka Ninawaman, Ch'aska Eugenia.  T'ika chumpicha. Poesía oral quechua – kichwa. Ómnibus, III, n.13,  febrero 2007.

Anka Ninawaman, Ch'aska Eugenia. Chaskaschay. Poesía en quechua. Quito: Abya yala, 2024.