La literatura ayacuchana de las dos últimas décadas del siglo XX se hizo desde la censura y el silencio. La censura fue parte de las operaciones de control, tanto de las fuerzas del orden como de aquellos que impusieron su violencia. Escribir suponía riesgos. La requisa de libros era común; no solo se escondían los libros, sino que el mismo libro era motivo de acusación de terrorismo. En Ayacucho bastaba que un libro tuviera una tapa roja para ser calificado de senderista, y si se tenía un libro de Mariátegui, era inevitable la requisa y, si no, el arresto o el secuestro.
La constitución de los nuevos núcleos enfrentó desafíos inimaginables: realizar un tipo de literatura del silencio envolvente de la resistencia que se diferenció de los impresos en rojo. La nueva literatura circulaba en dípticos, hojas mimeografiadas, periódicos murales y, entre otras cosas, reuniones clandestinas de literatura (Sulca, Quispe). Esas nuevas generaciones no publicaban libros; tenían sueltos que habría que recuperar. Escasamente publicaban en revistas y participaban de otras actividades, como el lanzamiento de la nueva canción ayacuchana. Se diferenciaban de los impresos de tinta roja que hacía circular Sendero, donde difundía sus amenazas, consignas, doctrina y, en ocasiones, creaciones. Sueltos que circulaban, se dejaban al pie de las puertas o se pegaban en los portales o paredes.
Siguen como parte del escenario local poetas como Marcial Molina, José Antonio Sulca y Víctor Tenorio. Si se publicaba, Lima se convertía en el escenario de ello o la obra aparecía envuelta en su naturaleza académica, como las revistas de la UNSCH (Signos) o la Academia de la Lengua Quechua (Runasimi).
Carlos Huamán y Daniel Quispe son parte de esa nueva hornada de los 80 del siglo pasado, quienes silencian o continúan sus creaciones con la escritura de canciones. Taki unquy y Cantar de viento, de Carlos Huamán López (1990), recién se publican este año; me refiero a Nina Sisi (Pakarina, 2026). Daniel Quispe Torres (Huamanga, 1964) publicó su primer libro en 2023 (Un clavel en el pulmón), al que le sigue el poemario Del amor y la guerra, y este año presenta su libro de cuentos.
Este año, en el II Coloquio de Literatura organizado por la Universidad San Cristóbal de Huamanga, se presentó su libro de cuentos La tarántula en tu vientre y otros cuentos (Ayacucho: Ed. A Martí, 2025). Fue una performance. El libro no logró llegar a tiempo y, para quienes asistimos, parecía una presentación singular, toda vez que se trataba de un narrador y de una ficción, de manera que olvidamos el libro. Pero la semana que acaba de pasar estuve en Ayacucho y tuve acceso al libro.
La tarántula en tu vientre y otros cuentos, de Daniel Quispe, es una narrativa hiperrealista desbocada que se aleja de la llamada literatura de la violencia porque sus relatos se ubican en los márgenes de la urbe andina. No en el campo, sino en los márgenes de la ciudad, en su cadena de pobreza y violencia urbana. Su tono es distópico, no en el sentido del futuro, sino como aquello que ya se vive en la realidad en ese registro local. Conoce del cuento y el microrrelato, y su dominio narrativo le permite explorar el relato que se acerca a la novela corta, como ocurre con «El hombre solo / (Un cuento raro y fantástico)».
Los 15 cuentos se narran desde la primera o tercera persona y sus fábulas resultan incisivas. No tiene necesidad de exagerar; simplemente la ficción aparece como burda e insospechada. La voz narrativa acoge esa situación: viaja por los bordes marginales, crea una atmósfera violenta de la ciudad y presenta personajes marginales, obsesivos o discapacitados. El relato se lee en primer plano así; de allí el magisterio de «La tarántula en tu vientre». La fábula habla desde la primera persona narrativa y su foco de atención es el ámbito individual: la historia de un sujeto que termina con una doble pérdida. Esta individualización parece «renunciar» a la denuncia de las violaciones y la violencia política. No será el centro de atención, sino parte de la atmósfera del relato, pero el cuento impone su propia gramática (tono distópico, intenso).
No la dejaría sucumbir como a Ana. Los días aciagos se movían como la danza de la tarantela. Fue una noche, después de vaciar una botella de ron, decidí llevarla conmigo, y también, por supuesto, a mi Luzien. Cuando entré al dormitorio descubrí a mi Aurora desnuda y colgada desde el tijeral. Por sus ojos corría un hilillo de sangre incolora. Entre sus piernas, muy prendida y mirándome rabiosamente, estaba la maldita, devorando el vientre de mi dulce amada. Ofuscado, pensé si esos ojillos también carcomían mi mente. Quién sabe que el alcohol y la imaginación turbaba mis percepciones. Cerca de mí gimoteaba mi Luzien, envuelto en una red pegajosa y húmeda. Despacio, muy despacio lo tomé entre mis brazos. Respiraba. Salí lentamente, mientras con dolor vi que los ojos de Aurora se cerraban con placer y agonía. .
En cada relato hay una suerte de atmósfera, pero el tópico no es la violencia política en sí; todo ocurre en el ámbito individual y en los márgenes de los barrios de Ayacucho. La memoria de la violencia que se vivió se percibe y se siente, sin requerir ser expresada explícitamente. Está en el relato y eso es lo novedoso, junto al tono de marginalidad que asume la narración. Al leer «El hombre solo», es el propio relato el que conduce al incidente de violencia con un cuadro incisivo.
El tiempo narrativo, que no olvida el episodio del dolor ni la época en que no se sabía si se viviría al día siguiente, emerge en los relatos. El fraseo es directo y trepador. Es un libro de cuentos que no se queda únicamente en la memoria de la violencia, sino que lleva el relato a otras dimensiones desde la imagen de los individuos y los márgenes de Ayacucho. Un libro que enriquece la mirada floreciente de la literatura ayacuchana.






