Harawinchis, wiñay masiq runasimi

 

 Harawinchis, wiñay masiq runasimi

Gonzalo Espino Relucé (Eila-UNMSM)


    A fines de diciembre del 2016 no había podido confirmar ni revisar Canas i sus relámpagos (1947), una antología poética que en mis años de estudiante habíamos leído. Fue por esos días que llegó un grupo de amigos con quienes fuimos a comprar a la Feria de libros Amazonas. Aquella tarde, mis ojos se dirigieron a un grupo de papeles viejos, una ruma de impresos. Me llamó la atención el inconfundible papel bulki que, para mi sorpresa, se trataba de un trabajo monográfico que yo había realizado en el marco del Seminario de Literatura Peruana. Este hallazgo me permitió confirmar la existencia del poeta Tupac Amaro (Juan de la Cruz Salas) y los poemas “Hatun Muttu” y “Walishuk taki”. Esta vez, era mi propia versión, la de las aulas sanmarquinas. Unos meses más tarde me reencontraría con el escurridizo Canas i sus relámpagos gracias a las pesquisas que hicieran, en Cusco, los integrantes de mi grupo de investigación EILA.[1]

    La anécdota, por cierto, aparentemente trivial, explica algunas de las preocupaciones académicas que desarrolla nuestra universidad, especialmente, la Escuela de Literatura de San Marcos. Este asunto remite a la doble tradición en la que se ubican nuestros estudios: las posturas indianistas e indigenistas que produjeran una reflexión que documenta la poesía quechua y la de San Marcos, que, desde sus tiempos aurorales, fomentó los estudios indianos hasta los estudios indígenas contemporáneos que le dan identidad particular. La primera tiene desarrollo en el área andina desde el siglo xx, la segunda tiene como protagonista a la Universidad de San Marcos, especialmente después de la segunda mitad del siglo XX.

 

Memoria del XIX

    Juan León Mera (1832-1894) y Carlos Felipe Beltrán (1816-1898) desarrollan proyectos sobre la literatura quechua que, de alguna manera, impactaron en la imagen dominante de nuestras letras. Cuando en 1868 Juan León Mera busca “historiar la poesía ecuatoriana" (p. I), reconoce la existencia del quichua y sus expresiones, las identifica como restos y fragmentos. Aún en la lógica indianista, consigna un poema clave de la poesía quechua. Me refiero a “Atahualpa huañui”, como falso profeta anotaba: “el quichua ha sufrido también cambios y adulteraciones notables con la introducción del castellano, y á la vuelta de un siglo será lengua muerta que nadie tratará de aprender, porque no cuenta [con] obra ninguna que la inmortalize como el griego o el latín.” (León Mera 1868: 12). El tiempo no le dio la razón, los indígenas e intelectuales quichuas legaron una producción inicial, que, más tarde, con ocasión de lo que se llamó “IV Centenario del Descubrimiento de América”, León Mera presenta Cantares del pueblo ecuatoriano (1892) en la que aparecen los “Versos quichuas” y lo hace en representación de su país, Ecuador.

    El cura Carlos Felipe Beltrán, en Bolivia, no solo elaboró un alfabeto quechua -aymara, sino que adquirió “su propia imprenta con tipos diseñados” expresamente para sus grafías (Noriega 2016: 130) que le permitirá la divulgación de la lengua quechua, las cosas de la doctrina y, por cierto, la literatura escrita quechua. Su mayor colección se lee en la Civilización del indio que aparece en1891 (Oruro) con entregas hasta 1898. Beltrán se propuso hacer evidente la calidad de la lengua y su programa promovió la escritura en quechua y aimara, y se atiene a proyectos inclusivos vía la cultura, para ser más precisos, como parte del ego positivista que supone civilizar al indio dada “su lamentable postración”, a la que agrega dos elementos adicionales: la importancia de poseer una literatura y la necesidad que se escriban textos que permitan el desarrollo del indio:

si hemos de crear una literatura pátria para gloria de nuestra Nación; si hemos de trabajar por levantar al índio quichuista o aymarista de su lamentable postración, es indispensable conocer y poseer sus idiomas y escribir en ellos, obras catequistas, otras amenas, poéticas que empezando por agradar al indio, le haga amar el estudio y le inspiren la afición á iluminarse en el rico y espléndido idioma de sus conquistados, el castellano. (Beltrán 1889: 1-2).

    En el Perú, durante este periodo, se produce el debate internacional sobre el Apu Ollanta, texto colonial que se ofrecía como la representación de nuestra literatura. La producción mayoritoria pertenece al acervo oral quechua, la producción letrada es escasa, con pocos registros, entre ellos los de José Dionisio Anchorena (1834-1906) en Gramática Quechua (1874), que consigna la traducción del Himno Nacional, “Pakarinak Huaylli”/ Huayni (: 124) y todo aquello que se refiere a la difusión del catecismo católico; se incluyen poemas como “Chiquiyok” / “El desgraciado" del Dr. Arana (: 133) y "Mana cakmannta cachispa" / "A un Dios imitas en su poder extenso" del Sr. M. M. Basagoytia (: 138-139). Es conocida la difusión del poema “Machaypuito ó el yaraví de ‘La quena’” (1878) por Juana Manuela Gorriti y el poco divulgado yaraví “Sillquihua” (1884) publicado Clorinda Matto de Turner. No está de más indicar que en las aulas sanmarquinas defiende Acisclo Villarán su tesis de bachiller La poesía en los tiempos de los incas (1874) que se atiene a la lógica hispana: se la estudia, pero no se presenta en el idioma (Espino 1999). Las voces ni las letras quechuas entran en el salón o la casona; para transitar por ellas se le exige traducción a la lengua de la ciudad.

 


Trayectorias

    Rolando Álvarez (2017: 15-49) nos ha recordado la compleja y heterogénea realidad de nuestra literatura, más aún lo urgente que resulta imaginar, repensar y organizar un corpus literario, sobre todo si se trata de focalizar lo nuevo o procesos. La conformación de los corpus de nuestras literaturas es una tarea pendiente por ser una producción textual que tiene continuidad y calidad estética. Cuando hablamos de literatura exigimos su existencia. Es decir, la materia de la literatura, el texto. En este caso no solo el contingente oral sino sus expresiones escritas (poesía, narrativa, testimonio, etc.). ¿Existe?, ¿se puede hablar de poesía quechua? ¿Qué se está entendiendo por poesía quechua escrita? ¿Tiene formas poéticas singulares? ¿Las leen? ¿Es posible identificar, inventariar los poemas quechuas?, ¿en qué momento aparecen? ¿Cómo circulan estas producciones poéticas?, ¿cómo se vincula con la comunidad, con su ser andino?

    A inicios de siglo xx se difunde un trabajo que cuestiona, desde un lenguaje radical, antihispanista, primero por entregas y, luego, como libro, Tarmap pacha huaray (1905, 2020) de Adolfo Vienrich. Esta publicación se instala como el primer estudio de la literatura quechua del siglo xx. La presenta en sus dos vertientes, la tradición oral (cancionero, narrativa) y la naciente escritura contemporánea (poesía) que en el medio letrado se prefiere identificarlo como Azucenas quechuas y Fábulas quechuas. Será alegato solidario. No solo declaración, sino evidencia de la existencia de la cultura quechua, de manera especial de la poética quechua, de acervo oral y sus muestras escriturales en su narrativa y poesía. Los ecos de este primer trabajo se encontrarán en diversas compilaciones que privilegian la tradición oral quechua, entre ellos Literatura Inca (1938), que compila Jorge Basadre, caudal que se amplía con Canto Kechwa (1938) y Canciones y cuentos del pueblo quechua (1949) de José María Arguedas. Años después, nos encontramos con la Antología General de la Poesía Peruana (1957) de Sebastián Salazar Bondy y Alejandro Romualdo. Esta colección está convencida -y así lo asume- que la poesía vernácula tiene larga data e incorpora la pluralidad cultural del país. Incluye la sección “Poesía quechua”, que la asocio a la apropiación de una de las características del Perú como “nación en formación” (Mariátegui 1928), por lo que relieva, inventa y postula una tradición andina para la poesía peruana, de arraigo ancestral (tradicional y colonial), y la presencia contemporánea, incluye a Kilku Warak'a con dos poemas (1957: 158-159). En ello insistirá José María Arguedas en su Poesía quechua (1965); además de incluirse, lo acompaña Kilku Warak’a y Qosqo Mosho. Los poemas vienen solo en español. En el caso boliviano circulan La poesía quechua (1936) y La literatura de los quechuas (1960) de Jesús Lara, que interpreta desde la perspectiva garcilaciana cuyo estado de desarrollo lo concibe como escaso. En el caso ecuatoriano la cartografía identifica los versos populares quichuas en Canciones indígenas en los andes ecuatorianos. El aillu y el ciclo agrícola (1996) trabajada por los alumnos de la Tercera Promoción de LAEB, editada por José E. Juncosa y Annelies Merkx. Son tardíos los estudios de la literatura quechua del norte de Argentina y el sur de Colombia. El trabajo de Mario S. Tebes y Atila Karnovich, Sisa pallana (2006), ofrece una colección significativa que permite comprender la complejidad del proceso de la literatura andina.

    El primer repertorio, en efecto, lo identificamos con Canas i sus relámpagos (1947), que publica poemas de Audaz del Castillo, Killku Warakca, Tupak-Amaro y Jacinto Yana Aucca. En esta “antología poética” aparecen tres tipos de textos: los poemas en castellano, la poesía quechua con sus transcripciones al español y las recopilaciones de canciones que se inscriben en quechua, se traducen a la lengua de la ciudad y las identifican como folclore. Casi una década después, aparece Taki parwa (1955) de Kilku Warak’a. El poemario tiene el mérito de ser el primer libro orgánico de poesía quechua en los tiempos modernos. Al año siguiente, 1956, Kusi Paukar publica Jarawikuna enteramente en quechua chanka en la Revista Cultura de Bolivia; en los poemas de Kusi Paukar se advierte el contexto de la modernización en el mundo andino. Ambos proyectos poéticos instalan en el escenario letrado una corriente, una opción: escribir y publicar solo en quechua, difundir poemas monolingües. De hecho, no debe perderse de vista que hacia 1934 se convoca al Concurso de Literatura Kechwa por “el IV Centenario del Cusco”[2]2, es decir, al cuarto centenario de su fundación española; los resultados de aquella ocasión no tienen mayor trascendencia, salvo por el regionalismo cusqueño que se abre a otras variantes lingüísticas. El poema ganador estaba escrito en “Runa Simi de Huamanga” (Indio Enelda 1942: 18) y en 1951 se realiza en Cochabamba el Primer Concurso Internacional de Literatura Quechua, que gana Andrés Alencastre con su poema “Illimani” (Arguedas 1965: 6). Tres años después, La Paz será escenario del Congreso Indigenista que consensúa el alfabeto fonético para las lenguas quechua y aymara (Congreso Indigenista 1954: 17-19).

    Las más importantes publicaciones de la segunda mitad del siglo pasado las conforman Literatura Quechua (1980) de Edmundo Bendezú, Poesía aborigen y tradicional popular (1984) de Alejandro Romualdo y Poesía quechua escrita en el Perú (1993) de Julio Noriega Bernuy que ofrecen los poemas que evidencian la existencia de una escritura quechua en progresión; difieren en sus referencias espacio-temporales, en el balance contemporáneo y la lengua que utilizan. La Literatura Quechua ofrece una selección con apego diacrónico, todos los poemas quechuas provienen del acervo oral, no incluyen a ningún poeta de tradición escrita y los textos vienen en español. El mérito de este volumen de la Biblioteca Ayacucho fue que volvió a poner en circulación la poesía quechua en el espacio latinoamericano junto con la maya, náhuatl y guaraní. De otro lado, la Poesía aborigen y tradicional popular resulta singular al presentarnos un muestrario de las poéticas nativas de los distintos pueblos del país. Al hacerlo Romualdo incorpora una sección que lo estructura de cara a la historia, incluye para el periodo de la República diez autores a quienes denomina “Poetas quechuas contemporáneos” (Romualdo: 301384). Asimismo, los poemas vienen en quechua y castellano. Ambos trabajos llegan a 1980. Por último, la Poesía quechua escrita en el Perú, cubre hasta los inicios de los 80, abarca ocho décadas del siglo xx y presenta, por vez primera, autores totalmente desconocidos y supuso la puesta en valor de la poesía quechua de entonces.

    Después de la Antología General de la Poesía Peruana (1957) de Sebastián Salazar Bondy y Alejandro Romualdo, las tres antologías poéticas más importantes del país: Antología de la Poesía Peruana (1973), de Alberto Escobar; la Poesía peruana Antología general: De Vallejo a nuestros días (1984), de González Vigil, y la Poesías peruana. 50 poetas del siglo XX (2001), de Carlos Garayar, no incluyen a los poetas quechuas. Ricardo González Vigil lo hará recién en este siglo con Poesía peruana del Siglo XX (1999). En ella incluye a los tres poetas fundadores de la tradición quechua contemporánea (Kilku Warak’a, Kusi Paukar y José María Arguedas). Las antologías de poesía quechua dudan sobre la pertinencia de la lengua, proponen una imagen histórica y casi siempre se detienen en Kilku Warak’a y José María Arguedas: véase Poesía quechua (1965) de José María Arguedas, Poesía y prosa quechuas (1968) y Literatura quechua clásica (1986) de Francisco Carrillo, Poesía quechua de Sebastián Salazar Bondy (1978) y la ya mencionada Literatura quechua (1980). El momento más importante lo consigna Poesía quechua escrita en el Perú (1993) de Julio Noriega. En este siglo se publicaron cuatro textos significativos para la discusión sobre el tema: Las provincias contratacan (2009) de Juan Zevallos, Caminan los apus (2012) de Julio Noriega, Narrativa quechua contemporánea. Corpus y proceso (1974-2017) (2019) de Gonzalo Espino y Musuq Illa, Poética del harawi en runasimi (2021) de Alison Krögel.

     Este legado no se incorpora como tradición ni tiene nexos explícitos, pero sí configura un campo de resonancias en lo que se refiere a la literatura quechua. En la Universidad de San Marcos, se aprecia una línea de continuidad desde 1982 cuando Eduardo Ninamango Mallqui defiende un trabajo clave para el desarrollo de los estudios de la poesía quechua; me refiero a Katatay y la poética quechua de José María Arguedas. Más de una década después, Isaac Huamán Manrique aportaría a la construcción del corpus de la poesía quechua con su tesis La poesía quechua escrita actual (1990-1995) (1996). Por nuestra parte, fuimos imaginando qué había ocurrido con la tradición oral andina y con la palabra-letra en quechua; en ese andar concebimos una propuesta de lectura para los textos andinos que se tradujo en mi tesis doctoral Etnopoética quechua (2007). Son parte del actual proceso las tesis defendidas el 2017: La pervivencia de la identidad cultural como memoria del tiempo moderno en Sonqup Jarawiinin, Umapa Jamutaynin, Runap Kutipakuynin de Kusi Paukar de Óscar Huamán Águila y La poética chanka en tres poemarios (2020) de Edwin Chillcce Canales. En esa misma línea, está investigación doctoral de Roxana Quispe Collantes, Yawar Para. Transfiguración y singularidad en el mundo poético quechua del harawi cusqueño de Andrés Alencastre Gutiérrez, Kilku Warak’a (2019), que resulta uno de los trabajos más consistentes sobre Kilku Warak’a y una propuesta de lectura a partir de su tercer poemario Yawar Para (1972), la misma que se defendió y presentó en quechua[3]3. A esta movida académica agregaremos la producida en otra universidad. Me refiero a la tesis de licenciatura de Wendy Castillo Castillo, Aproximaciones a la retórica quechua: El caso de la poética del desarraigo en Jarawi de Dida Aguirre García (2018) que formula un itinerario que nos resulta provocador, una propuesta que, más allá de reconocer la poesía quechua, la lee solo como poesía. Sin embargo, Es a mediados de la última década del siglo pasado que cobra un impulso inusitado la poesía quechua. La lengua nativa se reivindica, se publican revistas y libros, se desarrollan concursos y se percibe un circuito propio que propicia comunidades letradas que se extienden a los quechuas que viven en las principales ciudades del país. Los contextos de desarrollo coinciden con estos hechos: (1) el fin del conflicto armado interno, lo que crea un clima favorable para el florecimiento de las letras quechuas que estaban estancadas en las gavetas individuales; (2) la promoción institucional de la literatura quechua desde varias esferas de gobierno (concursos -Premio Nacional de Literatura Quechua- y publicaciones desde ministerios y gobiernos regionales), que colaborarán en la consolidación de cuando menos dos polos de desarrollo para la literatura quechua de estos tiempos, Huamanga y Cusco; y (3) un periodo propicio para las lenguas indígenas avalado por los convenios internacionales y la divulgación de las literaturas y culturas indígenas en América Latina. Esto terminaría por dar cuenta de nuevos e inusitados derroteros para la literatura quechua en general. No está de más recordar la extensa tradición oral de las prácticas poéticas andinas que coincide, a final del siglo xx, con la configuración de la canción andina moderna que viene de los fueros estéticos de Ayacucho (Huamán López, 2015).

 

Lengua y poesía

La poesía quechua tiene como marco de referencia la diversidad lingüística y cultural, y las desigualdades que socialmente la acompañan, así como una historia zigzagueante e inesperada. Estas producciones se contextualizan con las literaturas que se producen en el país. Hablamos así de diversos sistemas en un espacio definido como heterogéneo tal como nos lo hacía ver Antonio Cornejo Polar (1983) y como lo ha precisado Carlos García-Bedoya (2012, 2019). 


SEGUIR LEYENDO: 

https://drive.google.com/drive/folders/10mUNCa7iBqMX5D2IrDJyT-KQZWTuQdH5?usp=drive_link

Puede adquirse en librerías.
Tomado: Espino Relucé, Harawinchis. Estudios, selección y notas de Gonzalo Espino Relucé. Lima: Pakarina Ediciones, 2022.

[1] Especialmente a los jóvenes Óscar Huamán Águila, Gloria María Pajuelo, Diana Conchacalle, Silvia Apaza Espinoza, Roxana Quispe Collante, Edwin Chillcce y Sarita Emperatriz Castro. En esta pesquisa me acompañaron los profesores Mauro Mamani, Carlos García Bedoya, Manuel Valladares y Carolina Ortiz. Del mismo modo, lo hicieron, los profesores Carlos Huamán (UNAM, México), Rómulo Monte Alto (UFMG, Brasil), Claudia Rodríguez (UACH, Chile) y Rolando Álvarez (UG, México).

[2] La revista Waman Puma da cuenta del hecho; publica el “Achanccaray Ccosccoman”, “Poema premiado en el Concurso de Literatura Kechwa en el IV Centenario del Cusco”, viene con traducción de Begonia Silvestre y el autor fecha su poema en “Ciudad de Cuzco, a 13 de junio de 1934” (Indio Enelda 1942: 18-19).

[3] Primera tesis sanmarquina sustentada en quechua: Sustentación pública de la tesis doctoral de Roxana Quispe Collantes”, Letras TV (16 oct. 2019). Lima: Facultad de Letras y Ciencias Humanas, UNMSM  <https://www.youtube.com/ watch?v=U93eoUTeFU8&t=303s>.


No hay comentarios.: