domingo, 22 de septiembre de 2013

Carmen Taripha: narradora oral por Gonzalo Espino

La narración está caracterizada por la materia de la lengua y la confluencia de lenguajes. Si la gramática de la lengua hace el relato, su unidad ocurre solo cuando esta es narrada y se ayuda de los lenguajes. Y eso es lo que ha ocurrido en la historia andina como las voces de mujeres, que cómo recordé en una ocasión son voces casi siempre olvidada toda vez que el trabajo de recopilación -e inventario- se ha sostenido en los varones, de allí que podamos derivar que todos los relatos recogidos tienen un sesgo básicamente falocéntrico. Es decir, quien modula y escucha la voz, finalmente será un varón, lo que eventualmente estaría impidiendo que se narre según la necesidades de la historia.
Corresponde recordar que los actos de habla que acompañan la narración oral van a la par de un conjunto de lenguajes que hacen posible su realización. La relación que establece el narrador(a) con su(s) oyente(s) es exactamente la que este le sugiere.  Se trata de una suerte contrato tácito se ve acompañado por un texto, pero su realización demanda eficacia no solo de la autosuficiencia de la materia del lenguaje sino del cuerpo que acompaña al relato.  No solo es la confluencia entre los que narran y los que escuchan, momento y espacio específico sino también se relaciona a la confluencia de lenguajes que se suceden en el evento.
Si como hemos dicho el auditorio, los oyentes, suelen “dar” conformidad o disconformidad al narrador, según sea lo que se narra. O mejor aún “autorizan” al narrador, estas manifestaciones en el acto de narrar se ven acompañadas de otros lenguajes. Pienso, por ejemplo, en los que escucharon(mos) a las “escasas” narradoras de la tradición oral como Carmen Taripha (quechua), Bertha  Villanueva (aymara) [1]  o Nemesia Iparraguirre (moche)[2]. Es decir, la experiencia vivida del relato no solo en su cadencia textual sino en los movimientos del cuerpo, dosificadas por el lenguaje de los lenguajes. El extenso trabajo de recopilación de relatos y canciones quechuas que el padre Jorge A. Lira  escuchó, recogió y transcribió corresponde a una figura más singulares, exactamente a una mujer: Carmen Taripha que José  María Arguedas nos dio el retrato de ella en las solapas de Canto de Amor (1956). Recuerda que la conoció en 1944, que sus padres “habían sido servidores de un tambo [a] donde los viajeros indios o mestizos” solían llegar y que en las noches, cantaban, hacían adivinanzas, competían en insultos o “contándose cuentos” y que murió a los 30 años de edad. Nos interesa la forma como narraba:  
Cantamos huaynos y le escuché narrar cuentos.
Su repertorio de canciones y cuentos era aparentemente inacabable.  […]
Carmen tenía una destreza artística maravillosa, mínima. Causaba terror o encantaba  o nos hacía desternillarnos de risa según el cuento que narrara.
(Lira 1956)
Arguedas nos recuerda como  fue preso “de tanto horror; las palabras y la mímica de Carmen me transmitieron y me dejaron impregnado del tema nefasto del cuento, por días y días.”, se refiere al “Cicuaneño negociante en harinas”, de la que desprende una de las forma de impacto de la narradora la de “una intérprete de la literatura que conmueva tanto”, y son los gestos, la imitación a los personajes, las imposturas de la voz, los desplazamientos en el espacio que convertían al relato en vívido. Pero es en El Zorro de Arriba y el zorro de abajo donde Arguedas la vuelve a recordar esta vez con una descripción más precisa:
No hablaría así ese García Márquez que se parece mucho a doña Carmen Taripha, de Maranganí, Cuzco. Carmen le contaba al cura, de quien era criada, cuentos sin fin de zorros, condenados, osos, culebras, lagartos; imitaba a esos animales con la voz y el cuerpo. Los imitaba tanto que el salón del curato se convertía en cuevas, en montes, en punas y quebradas donde sonaban el arrastrarse de la culebra que hace mover despacio las yerbas y charamuscas, el hablar del zorro entre chistoso y cruel, el del oso que tiene como masa de harina en la boca, el del ratón que corta con su filo hasta la sombra; y doña Carmen andaba como zorro y como oso, y movía los brazos como culebra y como puma, hasta el movimiento del rabo lo hacía; y brama igual que los condenados que devoran gente sin saciarse jamás; así, el salón cural era algo semejante a las páginas de los Cien Años ... aunque en Cien años hay sólo gente muy desanimalizada y en los cuentos de la Taripha los animales transmitían también la naturaleza de los hombres en su principio y en su fin.
(Arguedas 1983, V: 22)[3]
El relato entonces, se vuelve palabra del cuerpo, del espacio de la voz. Las palabras se juntan con otros lenguajes que vuelven sobre sí mismas. Carmen Taripha las vuelve formas del decir el cuento. Y son estas formas las que nos interesa poner atención para volver sobre su palabra sea en los relatos que Lira recoge, sea a las versiones transcreadas. 




[1] José Luis Ayala (2010) explica: “Uno de los personajes al que José María Arguedas conoció, trató y admiró su talento fue Carmen Taripha, de quien al igual que Bertha Villanueva, no tiene una biografía por ser ambas mujeres monolingües y que no han publicado libros personales que registren sus voces. Carmen Taripha pertenece al mundo quechua y Bertha Villanueva al mundo aymara.” En el mismo sentido resulta interesante cómo se reconoce a la extraordinaria Carmen Taripha en Qosqo qhechwasimipi akllasqa rimaykuna/ Antología quechua del Cusco (Itier (2012: 30-31). 
[2] La escuchamos cuando niños en Tulape, la ex hacienda Roma, del valle Chicama. Luego, hicimos varios trabajos en los que recogimos sus relatos e historia de vida, publicados parcialmente en Tras las huellas de la memoria (1993).
[3] Arguedas va más allá de lo que aquí estoy analizando. Discute el programa del boom: pone en tensión esa genialidad de Gabriel García Márquez con la cautivante voz de Carmen Taripha.  

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