martes, 21 de mayo de 2013

Los zorros en las recopilaciones que llegaron a las letras por Gonzalo Espino Relucé



Descripción: Descripción: Retablo zorro en el cielo 5Ayacucho es un pueblo del interior Perú que se caracteriza por la imaginería de su artesanía, allí, en el 2000, al visitar la feria artesanal me encontré con una grata sorpresa, fui a dar con un retablo[1] que narraba el final de uno de los cuentos de nuestra tradición oral.  Se trata de la historia del viaje al cielo. El retablo se entiende aquí como  “arte popular”, según anotó Emilio Mendizábal, que “al contrario del arte erudito, por su origen artesanal y campesino, es conservador, de Descripción: Descripción: Retablo zorro en el cielo 0 supervivencia; es decir, formal y funcionalmente tradicional.” (2003: 21). La coincidencia entre el relato de tradición oral y el relato del retablo es lo que llama la atención, por eso, postulamos la idea de la continuidad de la narración en el espacio tradicional y su actualidad en diversos formatos andinos. Ofrece la imagen de un paisaje andino caracterizado por presencia de los cerros como fondo, que se visualiza como ángulos de  triángulos.  Se presenta a continuación los siguiente detalles (foto nº 1): Arriba: (1) En la parte superior, un cielo poblado de nubes y una soga que cae de algo parecido a una nube; (2) Un cóndor, en cada esquina; (3) Un zorro pasado de peso, baja por la soga como si estuviese discutiendo; y, (4) Tras el zorro, tres loros. Abajo: (5) Al centro, como fondo, un cactus, que termina en tres ramas; a la derecha, una cuculí encima de su nido; (6) Campesinos y campesinas agestados con rajas de leña y objeto para golpear. En dirección a la caída del zorro, un semi-círculo de estacas; y (7), La tierra inhóspita y sola poblada por tunas.
Este retablo es hechura del artesano Silvestre Ataucusi Flores, se trata del ciclo del viaje al cielo. ¿Qué motivó a Ataucusi Flores a elaborar una pieza como la que estoy comentando? Sin duda la necesidad de transmitir en un lenguaje vivo la memoria como una oportunidad para asegurar su continuidad. Un campesino quechua o aymara, o un descendiente andino, al mirar esta secuencia se transportará al relato, lo recordará y, si hay ocasión, lo contará exactamente, por ser parte de su universo cultural. De esto se desprende dos cosas: (1) La trasmisión oral resulta el principal núcleo de difusión, actualización y continuidad de los memoria oral sobre las culturas andinas. La voz entonces será protagonista, pero esta voz se actualiza cuando se enuncia en el sentido de las pertenencias que advertía Juan Carlos Godenzzi (1999: 275, 277). (2) La voz no constituye la única forma de preservación de la memoria oral, lo son también las diversas semióticas con las que se transmiten los relatos. El retablo andino es uno de los modelos de fijación de la memoria  colectiva, en particular, de  los  relatos  de tradición oral. Y, nos advierte, la actualidad de los relatos del zorro. Y (3) la existencia de una larga tradición de fijación de la memoria oral, no siempre con apego a la letra, eventualmente aculturadas o extremadamente adaptadas cuando se trata de material de enseñanza o se convierte en para texto o extra-texto.
No se ha hecho todavía un catálogo de las formas de fijación en los diversos soportes semióticos andinos, por eso, vamos trazar una  línea de lectura que advierta como el tema ha sido trabajado y se ha fijado en la letra. La memoria escrita sobre la presencia del zorro en la tradición oral andina tiene diversos referentes.   En 1904 aparece en Pacha huarai la primera revista bilingüe publicada en Tarma (Perú), en esta se localizan dos relatos quechuas de primera mano recogidos por Adolfo Vienrich[2], que luego serán incluidos en Tarma pacha huarai (1905).  Ese mismo año en el Silabario Tarmeño (1904:120, 123; Ortiz 1999: 176-179) se incluyen dos cuentos solo en su versión en español: “El condor i el zorro” y “El puma y la zorra”. Tarma pacha huarai que la crítica básicamente la asume como dos publicaciones Azucenas quechuas y Fábulas quechas, contiene el más completo y temprano recuento de la narrativa del zorro andino: en total ocho relatos. Comprende narrativa del viaje al cielo; las competencias con el sapo y el cóndor; las burlas contra el zorro (huallata) o la memoria del héroe. La publicación de la recopilación de Max Uhle, Vom kondor und vom fuchs,  es tardía, se hace 1968 y con una versión en español  2005, el consigna tres relatos: “Hoq huq’uchamanta atoqmantawan”, “Hoq kontormanta atoqmatawan” y “Hoq comerciantemanta atoqmatawan”.[3]  Los tres relatos han sido recogidos en las cercanías o las patios de las casonas de terratenientes, tal como se estilaba por entonces, permite, al igual que el trabajo de  Vienrich repensar lo que ha ocurrido con la narrativa andina originaria, el texto aporta una nueva secuencia: las relaciones del zorro con humanos, en este caso, el robo de las sogas a los comerciantes de harinas. La edición de Literatura Inca (1938) no ocupa nuestras preocupaciones pues solo se encarga de reproducir los trabajos que aquí comento, no ocurre lo mismo con los takikuna o los takikunanchispa. Arturo Jiménez Borja recogió en dos libros  el ciclo del zorro, me refiero a  Cuentos peruanos (1937) y Cuentos y leyendas del Perú (1940), recoge relatos costeños como serranos en los que se percibe una mentalidad aristocrática que va al encuentro del arte popular y se aprecia la distancia entre el que narra y el que transcribe y los reelabora.
La más importante compilación de esta primera mitad, sin duda,  será Mitos, leyendas y cuentos peruanos (1947) que realizan José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos.  Se trata de la recopilación de relatos de tradición oral mediados por la letra y trabajada con escolares de los principales colegios del Perú, allí se consigna dos relatos vinculados con el zorro. El primero aparece con el título de “Atogjarco” ([1947]1970: 96-97), proviene de Huariacaca, en las alturas de Cerro de Pasco, narra cómo el zorro apareció en forma de persona en un “pueblecito de pastores”, es descrito como “ser extraño, blanco, un ‘gringo’” que se dedicaba a “robar gallinas y los más tiernos carneros para alimentarse”; además, se sabe que “vivía en una cueva cercana” y perseguía a las jóvenes. Los pobladores aterrados lo llamaban “Atog (zorro)”, la narrativa finalmente explica cómo “Mariacha”, una de las acosadas, al ser acorralada se lanza al abismo: “la pastora no lo pensó más, con un grito terrible, que se confundió con el silbido del viento, se dejó caer al abismo en el momento"o preciso en que el Gringo la iba a agarrar” (:97), instante en que el zorro perdió el equilibrio y cae[4]. Este quedó colgado de unas zarzas, por eso, cuando el viajero observa esa ladera peligrosa, da con un zorro petrificado.[5] El segundo, “El puma y el zorro”, proviene de Bellavista, en la provincia de Huallaga, departamento de San Martín (227-228), y se relaciona con el  “Atokhuan puma” (El puma i el zorro) consignado por Adolfo Vienrich (1905: 76-79). Tiene casi las mismas características, no se anota la versión en quechua; registra una diferencia notable, además de la parquedad con que se narra, el puma se traga al zorro: “El puma, sin esperar más, se lanzó sobre el zorro semidormido y lo devoró.” (:227).  Si estos son los dos relatos explícitos, hay uno del que debe tomarse nota.[6] Interesa la edición que aparece en la revista Folklore Americano que bajo el nombre de Jorge Lira y José María Arguedas,  publican textos recogidos por la época, hay un primer punto a tomar en cuenta, se trata de los relatos que fueron dichos por Carmen Taripha, en ese sentido podríamos apreciar una memoria remota de la palabra de una mujer narradora. En general el conjunto de narrativas quechuas que trabajan juntos, sea como recopiladores o traductores, tienen la virtud de permitirnos ubicar un campo mucho más amplio que los relatos sobre zorro, así el ciclo del viaje al cielo se podría muy bien vincular con “Hanan pachaman wichaq wayna”[7] y al mismo tiempo nos interesa las relaciones que establecen los animales enamoradores, como ocurre con el “Tawaqumpit qamaqimpita” o “Kunturrimpi mä tawaqumpita”[8] que lo vincularemos a la series de los animales galanes. Las recopilaciones de Lira en Folklore Americano fueron publicadas bajo el título de Cuento de Lucanamarca,  Lira recoge dos cuentos sobre zorros: “Phuyu mikuq atuqmanta” y la “Wallata puka chakichamanta” (93-95).[9]

La segunda mitad del siglo XX será heredera de la impronta del folklore que  en los 40 cobra un inusitado interesa producto de iniciativas independientes en el Estado peruano, en especial. Esta a su vez si se interesaba por las tradiciones y costumbres de los pueblos, bajo el peso de positivismo, solía discriminar entre aquello que considera bueno y rescatable de aquello que estimaba como malo y por tanto descartable. (Macedo 1957, Espino 1993).  La memoria viva será indagada, recopilada, hasta alcanzar lo que acaso sería un mosaico de la tradición oral, especialmente andina y costeña, no así amazónica y entre ellas, por cierto, los relatos de zorro. Esfuerzo no solo realizado por de investigaciones sino también por maestros que utilizarían estas formas en la escuela y por cierto, en muchos casos por entusiastas, pero faltos de una reflexión rigurosa sobre la cultura andina o alineadas con las propuestas positivistas. Idea que debe tomarse en cuenta cuando se examine tales producciones.
En lo que se refiere a la transcripción y difusión, estudios y recopilaciones, destaremos tres momentos. En el primero se trata de esfuerzos inteligentes por dotar de una memoria viva e inscribirla en la letra y llevarlo a la escuela. Algunos de cuales pasaron inadvertidos, entre ellos indicó a Isaac Martínez Gamarra (1975), Marcos Yauri Montero (1979) y Víctor Domínguez Condezzo[10]. En el segundo, estaría asociada a un esfuerzo colectivo y asociada a los procesos de reapropiación de la propia cultura y  resultado de investigaciones educativas como ocurrió con el Proyecto Educación Bilingüe en Puno (1979-1991) y los de la Biblioteca Campesina (1982-1992),  y en el tercero, caracterizado por un dominio especializado con una proceso adecuado, de participación participativa y   de incorporación del investigador a los procesos culturales  en los que destacan los trabajos pioneros de Carmen Escalante y Ricardo Valderrama (1977) y de Lucy Jemio Gonzales (1999, 2005, 2011) cuyos pesquisas se concentraron principalmente en la zonas aymara de Bolivia; y sin duda, dos memorables trabajos por lo paciente y acertado de sus indagaciones y labor etnográfica, me refiero a los realizados por Andrés Chirinos (1996) y César Itier (1999, 2007).
Tales pesquisas sin duda permiten una reconstrucción de la presencia del zorro en el discurso andino, en el que se consigna, lo que contemporáneamente se cuenta, trabajos que hacen notar al zorro en sus diversas dinámicas socioculturales. Ya no solo el zorro como personaje si no como un sujeto que interactúa con los humanos, en dos dimensiones, de un lado en su condición de zooindicador de lo que puede ocurrir en la comunidad y de otro lado las relaciones entre zorro-humano en situaciones extremas. Al mismo tiempo en la polaridad de un heredero del viejo mito y la aparición de zorro como un personajes torpe y absurdo, en su nueva condición de sujeto y personaje dual, de contrastes complementarios.
Empecemos por un trabajo olvidado: Folklore literario del Sur Peruano (1975) de Isaac Martínez Gamarra, en su estudio incluye relatos recogidos, principalmente en Puno, Cuzco y Apurímac, cuya galería refiere al ciclo de zorro junto con otros como el condenado, el pacto con el diablo,  el pukuku, el zonzo, el torito o los músicos encantados.  Identificado como “Tío” o “Lares”, presenta 12 cuentos, de los cuales nueve han sido recogido en Puno y tres en Cusco.  Ofrece una valiosa imagen del zorro en la tradición oral, el narrador atribuye las cualidades de atrevido, “zonzo y confiado”, pero también adivinador. Si bien se trata de traslados al castellano, no deja de ser  particularmente importante porque en sus estructuras recuperan lo que aquí podríamos llamar prototexto[11] aun cuando estos aparecen como cuento en el sentido ya explicado, y me refiero, por ejemplo, al caso de “La zorra y la zorrino” (34-37) prototexto del más genérico y difundido como  “El zorro y la huallata”, referido a la traicionera curiosidad  y al mismo tiempo a “El pukupuku y el zorro” (:89-90) en la que zorro no aparece con las descalificaciones a las cuales estamos acostumbrados, sino es personaje solidario, que tras su condición de adivino determina el destino de su compadre, por eso el pukuku es cazado por los arrieros.
Es importante recordar que en la escena cultural el Instituto Lingüístico de Verano  recopila una serie de relato, en especial una serie del zorro en la zona aymara (1971), que luego será traducidos a varias lenguas amazónicas. Estos relatos aparece con un afán educativo pero obedecen a la vez a un programa homogenizador. No hemos incidido en esta ocasión sobre las repercusiones de estos relatos en la tradición oral amazónico.
A mediados de los años 70, previo a la guerra interna, Freddy Roncalla trabaja en un proyecto que le permite una estancia en el Chuschi, Ayacuho. Los materiales quedaron en la gaveta del programa de investigación, en octubre de 2010, Roncalla decide la publicación de dicho material: "Entre abril y junio de 1975 grabé unas sesiones de adivinanzas y cuentos de varios jovenes de Chuschi, Ayacucho. Ha pasado una cruenta guerra y las heridas aún no se curan, pero ha llegado el momento que estos materiales, que recogí trabajando para la Dra. Billie Jean Isbell, lleguen de vuelta a Chuschi, a los pueblos andinos, al Perú y el lector en general." (Roncalla 2010).  La importancia de Cuentos de Chuschinos[12] radica en que se trata de un documento que toma la fotografía de lo que se contaba antes de la guerra interna, y por ello, en tales relatos, se advierte cómo se entendía el mundo mítico y cuál era la comprensión de la cosmovisión andina entre los quechuas ayacuchanos, y da pistas, para observar las continuidades, las resemantizaciones y los cambios históricamente  producido en el imaginario colectivo. Se trata de las divulgación de las transcripciones que hiciera Roncalla entre el 19 de octubre 2010 al 19 de octubre de 2011 en Hawansuyo y en ella se percibe “una perfomance dialogal”. Las 16 entregas comprende watuchis –adivinanzas- y una cartografía de los relatos que se narran en los Andes, de manera especial aquellas historias donde el zorro aparece como protagonista junto con otros en aventuras interminable, como el sapo, waychay, pericote, cóndor; al tiempo que aparecen relatos sobre viajeros, opas, de huamanguinos y huantinos, jóvenes y viejos,  del viejo y la viejita; y las  cabritas del monte. La importancia de Cuentos de Chuschinos radica en la perfomance dialogal, en la cartografía construida antes de la guerra interna y  sobre todo a las vivencias colectivas que ellas se perciben.
Entre 1982 y 1985 se publicó la  Biblioteca Campesina …y otros cuentos donde aparecen 100 relatos recogidos de la palabra de los cajachos por los Bibliotecarios Rurales de Cajamarca.[13] Narraciones que, como anota Mires (1985, vol. 10: 5) eran recibidos  porque estaban "escritos  y publicados con sus palabras y sentimientos". La "palabra del pueblo", se apretujaban para leerlos porque "cierto lo del indio Pishgo, cierto que la cabecita  remeda, cierto de la laguna de Sugpata, cierto del puquio y del zorro con el conejo; y ciertos también los que nosotros conocemos". Se trata de una de las colecciones de relatos orales más completas de una región que se lleva a la letra. Aparecen textos de absoluta filiación andina, pero al mismo tiempo textos que han asumido ya el pensamiento religioso cristiano en su versión popular. Esto como se verá tiene que ver con sistemas compensación, con las relaciones que se establece con los espacios sagrados, la moderación y la utopía -aunque su sesgo es individual- y un fabulario que ofrece una normativa para la vida. Los relatos de Biblioteca Campesina se caracterizan  por su fragmentación, se narra pasajes o núcleos de relatos de lo que se cuenta. Consigna nueve relatos de zorro, todos en castellano andino que imita el habla de Cajamarca. Abarca casi todas las narrativas sobre el zorro en los Andes, hay sin embargo algunos asuntos que me interesa destacar, de un lado, una suerte de animación individual en los relatos de zorro cajamarquino. De otro lado el zorro establece relaciones de reciprocidad que el individuo no  alcanza a tender el mismo valor (“El cuento de Juan de Chanti”, Mires 1983, vol. 2: 22-26). Consume los alimentos de un hombre pobre, al ser descubierto le ofrece trastocar su mundo de carencias. Pero, de la gente no se espera reciprocidad. El zorro, con su habilidad,  lo saca de su estado y lo convierte en rey; pero Juan, con el correr de los años, lo abandona con la sutileza de la venganza y le paga “mal”: “El zorro mira y Juan le da un empujón y se fue al hueco y lo taparon. Y se acabó el bien con mal." (: 26).  En "El padrino y el ahijado" (Mires 1985, 5:24-26) trae fragmentos de otras series en la que los animales aprenden a trabajar, acaso una memoria ancestral de la época en que el zorro todavía trabajaba como la gente.  Los animales aprenden: "y se fue a su compadre para que le enseñara a trabajar al zorrito" (:24), pero la aplicación de la lección será mecánica y exagerada por el zorrito (quiere atrapar una mula como el león). En la misma colección, aparece un relato que explica la enemistad zorro-perro: "Por qué los perros pelean con los zorros" (Mires 1984, 4: 12-14). El zorro y el león temen al perro porque este los delata, los persigue y es señal de la presencia del dueño de la chacra, del ganado o la llegada de cazadores. En el tiempo antiguo el zorro y perro mantenían relaciones de amistad y compadrazgo: "Dicen que antes, la perra con la zorra eran comadres, no se aborrecían como ahora. Todo se alcanzaba. Se prestaban sal, ají, todo." (:12) y por querer hacer aparecer a sus críos como los perros su comadre, ésta la engaña, diciendo que debe enterrar a sus hijos. De allí viene la larga enemistad: "Por eso hoy los perros  con los zorros se aborrecen y cuando pelean siempre ganan los perros."(14). Otras líneas narrativas sugieren dos relatos: "La zorra  y el pajarito” (Mires 1985, 7:12-13), la que “contrata” a un pajarito para que le ayude, pero el relato termina contextualizando la situación de los trabajadoras del hogar: "Parece que en este tiempo, cuando alguien reclama, así lo pagan." (13); y, en "El zorro y el conejo" (Mires 1985, vol. 8:10-11), nuestro personaje encuentra al conejo saltando sobre una candela, el zorro lo imita de alegría, cree que es tiempo de fiesta. Se descuida y no hace caso las indicaciones de su sobrino: se quema. La narradora, doña Segunda Huacha Cachi, finalmente dice: "Es porque el zorro es muy zonzo  cada que hace apuesta, con cualquiera, siempre muere" (10).
Wiñay pacha. Aymara arut qullasulluna kuyntunakapa (1985, 1985ª, 1995) inicialmente fue publicada solo en aymara en gesto que hizo del idioma una forma de demostrar que esta lengua habitualmente sindicada de ágrafas se pueden escribir y consignar las mejores narrativas y abstracciones que cualquier cultura alcanza. Ese mismo año, se lanzó una edición en la que se incluye las extraordinarias traducciones que se adjunta y que, en la segunda edición se mantienen. Wiñay pacha ofrece las versiones más populares del Collao, las laderas del Titikaka y la planicie altiplánica, se trata de relatos adosados ni folklóricos, tras la presentación de los trabajos que se ofrecen se aprecia un trabajo etnográfico y de comprensión de la cosmovisión aymara, aun cuando las versiones en el idioma aparecen como preciosistas. El mapeo de relatos da una idea global de las prácticas tradicionales de los relatos orales de Collao, van las historias del zorro, las del cóndor, las de las papas habladoras, la mujer perdiz y la sapa, y la historia de un niño huérfano. La compilación fue realizada bajo la dirección de Luis Enrique López con Domingo Sayritupac Asqui; las ilustraciones corresponden a Rosario Núñez de Patrucco y las versiones en castellano a José Watanabe[14].  Trae dos notas, la de Washington Delgado y la de Domingo Llanque Chana.  De las doce historias elegidas  ocho corresponde al ciclo del zorro.  Se configuran las historias básicas como las del zorro que se convierte en joven, en este caso a instancias de una joven casadera –tawaqu- que le gusta comer carne; el viaje al cielo, de los saberes que se aprenden, el torpe zorro que quiere que sus críos tenga patas como la huallata, dos historias del cuy y el zorro, en la primera se extiende sobre el cambio de cuy a zorro y en la segunda, se cuenta tres núcleos de las aventuras del zorro (el cuy capturado, la peña que se va a caer y  el fuego que arrasará el mundo).  Estos relatos a su vez se vinculan con el mito, al menos eso queda explícito en el caso del viaje al cielo o en la forma como se van justificando los relatos de galanes: el zorro no necesita vestirse de enamorado, no hay máscara,  por lo que podríamos hablar de un tiempo todavía cercano en el que la gente y los animales hablaban: “Dicen que un día esa joven se encontró con un zorro y conversando nomás se hicieron amigos” (López-Sayritupac 1985a: 3);  el relato, desde el narrador, se advierten reglas de comportamiento. En siguiente, localiza al mito, y se narra el viaje al cielo,  como tal, hay tres asuntos importantes a indicar: (a) precisa las relaciones entre el alaxpacha (hanan) y akapacha  (kay), el mundo de arriba se ve reflejado en el mundo donde vivimos:
Qamaqix kunturimpi jakisisinxa akham sataynawa.
—Nayax alax pacha phistarw sarañ munta. Apitalla— sasa.
Kunturix qamaq q´ipt´pataw alax pachar jalkatatayna. Ukanx wali manq´antapxatayna. Ukat qamaqix janiw kuttaniñ munxataynati. Kunturix sapakiw kutt´anxatayna. Ukatsti qamaqix mä warawaran ukaruw puritayna. Qhipurusti warawax mä yaran qañawa churatayna.”  (López-Sayritupac 1985ª: 17).[15]
(b) Este espacio es similar al kay pacha, la gente de divierte y si queda claro que es lugar de la abundancia. Y (c), el zorro visita la casa de la Estrella para que le invite algo de comer. Esta le ofrece la “cañihua” (“le dio un granito de cañihua para que se hiciera una mazamorra”: 4), el zorro se aumentó los granos y “la olla comenzó a rebalsar”. Este alimento es el que nos ha traído el zorro, “fue así como apareció este alimento en el altiplano” (: 5). La siguiente recopilación presenta los “trabajos” de los animales, realizan determinadas actividades: el zorro enseña a cazar al zorrino; pero este abandona las lecciones al primer intento. El siguiente, sigue la línea del zorro que quiere parecerse a otro: la huallata se burla del zorro, lo hace sin saberlo ni imaginar que incinerará a sus crías de “puro ambicioso” que es (: 9), sin embargo es interesante observar, como los zorros aparecen solidarizándose con la zorra que ha sido víctima pues acuden en su ayuda para tomar el agua de la laguna:
Ukatx qamaqix wal arch’ukisitayna:
–¡Qullu qamaqi! ¡pamapa qamapi! ¡sirka qamaqi! ¡Jutapxma! ¡Jawilla! ¡Aka wallatax wawanakajwa nakhantasituy! –sasa- tatakixa.
Qamaqinakasti taqi tuqitw aythapinipxatayna, jupar yanapt’añatakixa. Ukatwa jupanakax um laqhuntxapxatayna laqjahuntapxatayna. Ukat janiw kunjamats wañt’ayapkataynati. (López-Sayritupac 1985ª: 29)[16]

Los otros relatos vuelven sobre tópicos comunes al área andina, tal vez, lo que hay que distinguir es una continua precisión respecto a los contextos. Los relatos aparecen mejor contextualizados, alcanza una mayor cohesión.

Esta, alcanza, en los textos de difusión para niños y jóvenes las series más completas. Entre ellos destacamos los trabajos Víctor Domínguez Condezzo, Marco Yauri Montero, Antonio Ureta Espinoza y Casimiro Ramírez Tenorio como a sus mejores exponentes. Víctor Domínguez Condezzo publicó 13 zorros vueltos a contar por el tío Venancio un trabajo serio con apego a la tradición oral quechua de Junín; Marcos Yauri Montero publica “Aventuras del zorro” (1979) son relatos de procedencia ancashina; Casimiro Ramírez Tenorio, El compadre zorro (2005) reelaboran relatos de procedencia oral, a partir de los trabajos de Adolfo Vienrich y Efraín Morote Best;  y, una de las más modernas adaptaciones con apego al mito lo constituye el trabajo literario de Antonio Ureta Espinoza, Asamblea de Gatos (2010).
Finalmente, hay, por cierto, otra serie de relatos que, tomando la huella oral de las narrativas del relatos sobre el zorro se han convertido en literatura en los términos que la aceptamos para la academia y en casi todos los casos están alentados por una vocación utilitaria, es decir, para su uso en la escuela.  Se ha literalizado la tradición oral, me refiero al temprano trabajo de Manuel Robles Alarcón, Fantásticas aventuras del Atoj y el Diguillo (1966) Manuel Robles que en los años 40 desarrolla una laboriosa, casi misionera,  indagación para dar con relatos sobre zorros. Este conjunto de relatos fue publicado en 1974 como libro, en los años 60 fue rechazado por la Casa de la Cultura (cf. Valcárcel en Robles 1974: [3]). Las fuentes que utiliza son de inspiración oral, aunque la racionalidad de la escritura de Robles lo lleve a lo que Morote Best identifica como cuento, es decir, abandona, casi siempre, la fabulación mítica.  Y,  como no podía ser de otro modo, la narrativa de zorros llega como metáforas y símbolos claves  como ocurre con el dialogo de zorros que en su intensa y violenta novela urbana, José María Arguedas, El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971) retoma.  En el mismo sentido,  las escrituras Oscar Colchado, sea como relatos para niños o como parte de sus cuentos o en sus novelas, aparece el zorro y uno de los trabajos mayores corresponde a José Luis Ayala,  Zorro, zorrito y otras narraciones cosmogónicas (2008).
Todos estos trabajos muestran la riqueza y la persistencia en la vida cotidiana de los relatos orales sobre zorros. Al mismo tiempo revela como el mito se ha transformado en cuento y apreciamos la fragmentación del relato. Si en este empeño nos topamos con versiones que resultan folclóricas y poco atentas al entramado de la memoria, al mismo tiempo, encontramos con textualidades que dicen con transparencia su condición de tradición oral y cuya procedencia hace visible los diversos espacios y formas como se habla del zorro en los Andes.




[1] Sobre el retablo véase Mario Razzeto,  Don Joaquín (1982); Emilio Mendizábal Losack Del Sanmarkos al retablo ayacuchano (2003), principalmente.
[2] Se trata de  los relatos “Donde hai uno bueno hai otro mejor/Alinninpag juc alisgannin ganmi”  y “El zorro, el cóndor i el cernícalo (El fin de unfatuo)/ Atoc, condor, quilishuan (Nunatugogba huaminin)” ([Vienrich] 1904: s/n; 1999: 96-99, 103-106).

[3] La edición peruana y bilingüe estuvo a cargo de Wilfredo Kapsoli, y traducen como El zorro y el cóndor, comp.  Max Uhle (2003). Esto son “El ratón y el zorro” (87-103), “El zorro y el cóndor” (105-109), y, “El comerciante y el zorro” (127-135).
[4]  La presencia del gringo, al igual que los santos, representa en el imaginario andino los elementos transculturales que la continuidad del relato ha incorporado para retratar los nuevos estadios temporales en los que se narra. Los santos están vinculados a la presencia de la religiosidad popular como herencia colonial y el gringo a la terrible explotación en la época de los enclaves mineros y azucareros.
[5] David Salazar me puso en autos del mismo relato en Cerro de Pasco, véase “Atojhuarco”, relato que recoge César Pérez Arauco (1969:  66).
[6] Es obvio que aquí no estoy remitiendo al zorro moderno, el de la novela autobiográfica de José María Arguedas, pues hemos preferido remitirnos a la historia misma del relato.
[7]  “El joven que subió al cielo” (Lira 1990: 1-7).
[8] “De la joven que se había se había casado con un zorro” y “Del condor y la joven” (López y Sayritupac 1985: 15-16: 67-74), como se advertirá, esto a modo de ejemplo.
[9] “El zorro que devoró a la nube” y “La wallata de piececitos colorados” (Lira 1990: 82; 93-95).
[10] Sin dejar de mencionar los trabajos que recrean las historias de zorros como  la publicación tardía de  Reynaldo Martínez Parra, La fábula quechua (2004).
[11] Entiendo por prototexto aquel relato que concentra las características de un cuento que mantiene sus configuraciones iniciales y que puede, estar contenido en otra serie de relatos. Y en lo que respecta a nuestra investigación, a aquellos relatos en los que se evidencia la condición de héroe de nuestro personaje.
[12] Incialmente los llamó Adivinanzas y cuentos de Chuschi (19 de octubre 2010).
[13] En esta ocasión solo me detendré en la …y otros cuentos. La Red de Biblioteca s Rurales, luego publicó la Enciclopedia Campesina (1986-2000).
[14] En adelante cito por la edición bilingüe (López-Sayritupac 1985ª).
[15] “Dicen los achachillas que cierta vez el zorro se encontraba al lado de un río y melancólicamente observaba las imágenes que reflejaban sus aguas. Se veía a gente bailando, bebiendo y riendo. ¿Qué pasaba? Las aguas del río no hacían más que reflejar la algarabía que allá arriba se vivía: en el cielo estaban de fiesta.” (López-Sayritupac 1985ª: 104)
[16] “Entonces furiosos y a gritos comenzó a llamar a otros zorros:
-¡Zorros de los cerros!, ¡zorros de las laderas!, ¡zorros de la pampa”: ¡vengan! ¡ayúdenme! ¡Esa wallata me ha quemado a mis guaguas!
De pronto por todas partes comenzaron a aparecer zorros y más zorros  y, en un minuto, el lugar estaba lleno de ellos.” (López-Sayritupac 1985ª: 9).

2 comentarios:

Fredy Roncalla dijo...

Hola wayki, gracias por la referencia. Solo me queda aclarar que recogi algunos relatos y wtuchis, pero e grueso de los cuentos los recogio un profesor de la escuela secundaria que prefiere mantenerse en el anonimato. Vayan para el y para el castigado pueblo Chuschino un reconocimiento especial. Ya que los cuentos y relatos son de propiedad colectiva, comunal e indigena, estan disponibles a todos tanto en Hawansuyo o en Pdf a quien nos lo pida. abrazo
Fredy

Anónimo dijo...

Saludos:
Encontrar este artículo fue una grata sorpresa.

Gran personaje el zorro e importante este escrito para seguir sus huellas.