miércoles, 13 de marzo de 2013

Wankawillka el libro quechua de Pablo Landeo por Gonzalo Espino


Pablo Landeo ha retornado definitivamente a su ayllu, a su comarca, pero su comarca es moderna, conectada, beligerante. Habla desde su condición runa. Desde allí nos muestra el poder de la palabra runa.  Una palabra que descentra y desmitifica varios tópicos a los que estamos acostumbrados. Primero, su terca persistencia  por hacer del quechua una lengua efectivamente de comunicación también en los fueros académicos, así lo hace. Sabe del culto al libro, pero su irreverencia desafía al lector porque (uno) nos vemos obligados a leer en quechua y esto es lo que autoriza al formato como jerarquía, pero leemos al creador, al narrador pausado y capaz de hacernos reir o amargar también (dos) en la escritura de los España. Para luego, volver sobre sus andanzas, (tres) ahora nos propone una lectura crítica –en quechua- y la que entenderemos que su qillqata simplemente es una representación de lo que él escuchó en su llaqta: “Wankawillka hanaqpacha ayllukunapa willakuyninqa uchuy warmakaspa uyarikusqaymi.  […] Kaymi taytachanchikkunapa simin. Runamasíy kaymi simichik!” (61), para  luego comentar su decisión: “Nuqapa qillqapi churaykuqllam kani”. (Ib). Con lo cual los criterios con que leemos usualmente se resquebrajan y son cuestionados. Y (4), este mismo testamento se abre en su segunda parte a una hermenéutica de los relatos de tradición oral que recoge y los convierte en cuentos modernos quechuas. Aunque Landeo insista, también, en la vieja tradición de ser re-presentado por otro, en este caso un wayqi y amauta, me refiero a las palabras de  César Itier.

Wankawillka es un libro quechua y su quechua fecundo y transparente,  orgulloso y sincero, su runasimi  invita en la qillqata a imaginarnos como ayllu, como si nos hubiéramos reunido para escuchar sus seis relatos. Y estos se suceden como continuos e irrenunciables a sus ancestros, aunque yuxtapuestos y por momentos reinventados. Los del diablo ocupan un lugar privilegiado, no necesariamente son preceptivos  y el personaje se comporta como juguetón al que suele vencer el runa. La debilidad trasunta una épica que nos recuerda a “El sueño del Pongo” o las maldiciones a la wakcha terminan coincidiendo con otros relatos que escuchamos en las noches de la pobre burlada, cuyo resultado grotesco –y monstruoso- se hace ver por la cosa del burro y aquella otra versión -que también difundiera Antonio Ureta, autor de Cuentos del Viento- en que la wakcha escucha que van a degollar a “su” ovejita, huye al amanecer y ya casi la captura, pero coge vuelo como paloma.

Corresponde aquí comentar sobre de la legitimidad para hablar de su propia cultura. El habitual informante se ha convertido en investigador de su cultura y ha elegido el cuento para narrar. Aún más, en su radicalidad indígena lanza un programa pone al quechua  como lengua efectivamente de comunicación y de los goces de la palabra: Wankawillka.  Será memoria de la voz y letras quechua, cuento moderno y bandera de movilización en torno a la cultura quechua. Con esto llega al dominio de ya larga tradición de escritura quechua, y en especial, de la narrativa quechua contemporánea en la que ubico como referentes a Rufino Chuqimamani Valer, Puku pukuy (1984), José Oregón Morales, de Loro ccolluchi (1994) o Valentín Ccasa Champi de Maman uywaq ukumaricha (2004), a los que debo agregar los estudiados por Itier: el ya mencionado Oregón Morales,  Porfirio Meneses y Macedonio Villafán.

Si en quechua lo escuchamos ficcionando un espacio, donde narrador se evidencia ante su oyente ya que este quiere atrapar los lenguajes de la palabra (se ríe del diablo, afila el de diminuto  cuchillo,  lo vive al cura, etc.) la inmensidad de la pena, imita el horror de la madrasta, que se asocia adicionalmente a la presencia del reportativo. En su traducción, por el contrario, es un narrador que parece no moverse, que narra con serenidad pero que aprovecha la progresión y la sorpresa.
Como todo, los relatos andinos que contemporáneamente  escuchamos, los suyos, los de Pablo Landeo tienen ese encanto en el que la palabra llega acompañada del lenguaje de las palabras. Por eso, si decididamente es el narrador que no atestigua, es el narrador que evidencia lo que ocurre a través de gestos que interpone en el lenguaje del relato.  Así, si apela a reportativo que será lo que califica como cuento y mito: “Huk biayahiru-s diyabluwan (…). Diyablu-s sayakkuykun” (dice un viaje con un diablo, dice el diablo…). (17).

“Usunqa kuchilluchanta ñaka-ñakayta afilarun. Tukuruptin-si, Usunpa maki chawpinpi kuchilluchaqa manchakuyllapaq llipipipirqun” (22)
Osón afiló un minúsculo cuchillo. Después de una difícil jornada, casi invisible, el arma refulgía mortal en la pequeñísima palma del héroe.”[dice]

Se ubicará también como alguien presente desde aquello que no puede atestiguar pero imagina:
-Allinmi wawqichallay –nikun-si runachaqa diyabluta (Ji, ji, ji, ji! Wawqichallay niykun diyabluta)-. (18).
-Bien, amiguito –dijo el hombre (Ji, ji,ji… Le dijo, “amiguito” al diablo (40)

Pero seguramente, donde la burla, la parodia, donde el indio se revela y se revela en el poder de la escritura, el poder que Landeo nos recuerda, ahora desde el lado quechua, son las exageradas ambicias del cura:

“Tayta kuraqa manapunis hawkalla kayta atinchu, chutuchapa qipa rimasqanwanqa. […] Churillay, ñuqallaymi kasaq mikuyllayki, ñuqallaymi hampillayki kasaq, amaña yanqata rimayñachu. Ñuqam pachachisqayki, ñuqam waqa-waqaykuspa pampaychisqayki. Murtahaykitapass ruwaykachipusaykim. Chaynachatan tratituta ruwaykusunchik varayuq awturidapa qayllanpi.
    Tayta kurapa nisqanpihinas tratitutaqa ruwarqunku.” (34)

“El más querido de mis hijos, por qué desvarías. Yo seré la ropa que cubrirá tu cuerpo, el pan que calmara tu hambre, la medicina que remediará tu dolor. Seré, llegado ese momento adverso, el quien ha de llorar tu muere. Compraré tu mortaja, vestiré tu cadáver con mis propias manos y mandaré  a enterrarte. Así haremos nuestro contrato, en presencia del varayoq de tu ayllu”. Entonces, dicen, hicieron el contrato, conforme a lo acordado;” (56)

Diablos y curas burlados, hombrecitos inigualables, pero épicos, deshumanizadas tratos, llenos de humor, sabia picardía, parodia y sucesivas sorpresa, llevan a los cuentos de ayer renovados en la letra quechua que aparece como trasparente en su prisma exacto para hablar y para posesionarse de la letra. Esa letra en cautiverio que empieza a liberar en la qillqata de Pablo Landeo, que empieza a dejar la muletilla de castellano, como voz de un ñuqayku que se deja escuchar singularmente en un ñuqanchis. Haylli wawqillacha Pablo Landeopa.

(Camino a Guanajuato, México)
Transcribo la presentación que hiciera en el Porras y la Casa de la Literatura, en la que compartí la mesa con Fredy Roncalla.
En la foto: Gonzalo, Pablo Landeo, César Itier.

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