domingo, 4 de noviembre de 2012

Ulises y Takaynamo en altamar de Bethoven Medina Sánchez, por Gonzalo Espino


Ulises y Takaynamo en altamar de Bethoven Medina (Cajamarca: UPAGO 2012) es un libro atrevido y casi irreverente. La aventura poética a la que nos invita es casi impensable: la apropiación del mito de Odiseo para traerlo a los lares del mundo  y  darnos una universalidad merecida. Cierto. Pero quien es el poeta Bethoven Medina.
Empecemos  hacer evidente un problema que la crítica contemporánea aún no asume. Cuando hablamos de literatura en el Perú, no podemos seguir hablando de  la literatura peruana sino de las literaturas peruanas. Esto tiene serias implicancias pues pondera los diversos escenarios que la actividad literaria tiene en el país. No se trata solo y exclusivamente de la literatura que se produce en Lima ni las consagraciones que las mediáticas ni las escasas estadísticas que se hacen de las ventas del libro de creación, sino hay que volver sobre los procesos y los sistemas literarios y ubicarlas dentro de lo que reconocemos como lugares de conflicto y pugna por la representación en los espacios simbólicos. No solo es el asunto del canon.
De esta suerte habría que advertir los circuitos y sistema de literaturas regionales que, en los últimos 30 años, vienen dando cuenta de un momento importante en la configuración de nuestras literaturas.  Se trata de producciones localizadas y que no necesariamente están dialogando con el centro, pues su centro es la región.  Cierto. Esto trae un nuevo problema como trabajar las relaciones entre literatura regional y literatura nacional,  sistemas literarios como quechua o aymara respecto al sistema literatura en español, etc.  Lo que interesa aquí es remarcar como se vienen produciendo proceso cuyos referentes apuntan a otros circuitos y cuya representación están siempre en la escena. Este es el caso de la poesía de Bethoven Medina Sánchez que resulta uno de los poetas, si no el mayor representante de la poesía de los 80, en el norte del Perú y del país, si Trujillo lo ve crecer como poeta, se afinca luego en Cajamarca.  Ambas ciudades lo asumen como su poeta, pero esta misma representación se hace extensiva a todo lo que podríamos llamar en líneas generales el Norte del Perú -no como región política- si no como trazo cultural.  A ello hay que agregar un ruta cultural que permite el desarrollo de la poesía en el Norte, me estoy refiriendo principalmente a la movilidad social de los creadores a ciudades como Guayaquil y  Bogotá como lugares de diálogo poético.
Dicho esto, debemos anotar que la poesía de Medina Sánchez está caracterizada por un continuo perfeccionamiento de su palabra.  La ternura se ve afectada por las miserias humanas y más recientemente por los problemas que vive el mundo actual y en esta ocasión, hay un dialogo que trama su universalidad.  Si su coloquialismo se colma muchas veces de imágenes sorprendentes que mimetizan su anclaje prosaico, esto lo lleva a un uso preferente del verso libre. El trabajo laborioso de orfebre de nuestro poeta lo lleva a experimentar diversas formas que llevan a dísticos, aunque hay en toda su poesía un uso paralelo de verso extenso y el verso breve. Todo con tono crítico. Así lo denuncia sus poemario Volumen de Vida, Y ante niegues su luces y su reciente
Ulises y Takaynamo en altamar resulta una atrevida aventura, un desafío. La voz poética apela a una historia que hizo leyenda y fue inscrita en la letra con el nombre del aeda Homero. El poeta imagina a Ulises por los lares del mundo moche, como viajero que llega a estas tierras y por momentos dialoga con el héroe local: Takaynamo.  Es una lectura en segunda instancia a pesar que se retracte la historia del héroe llegado por los mares.
Si el poeta hace el elogio al mar y a su héroes (Ulises, Takaynamo), este es un homenaje al hombre sencillo de los mares. Pero para hacerlo, asume que su voz tiene que transformarse, y posesionar de tres tonos que le permitan la interlocución entre los héroes y la voz del yo poético. Este último se instala como una suerte de locutor que media entre la historia de la travesía de Odiseo y la que secunda el hombre que vino por los mares a Huanchaco.  Estas voces hacen un concierto polífono.  La voz de Takaynamo es evidente, declarativa, aunque renovada y hasta asombrada de su propia travesía: “Aparecí sobre las olas” (20), más adelante:
Ahora, superados los siglos,
Yo, Takaynamo simbolizado por el hombre común/ sobrevivo en la estirpe de pescadores
y, majestuoso,
navego al mar
en mi brioso caballito de totora.
(21: Takaynamo).
El poemario se divide en cinco secciones “Ulises y Takaynamo en altamar”; “Frente al mar”, “A la mar”; “Entusiasmados en el navío” y “Descubrir el cielo en el mar”, las misma que develan la travesía de Ulises y que al mismo tiempo se disputa con el canto homérico, al recrear la travesía de Odiseo y como parte de esa disputa está el mito de Takaynamo que por momento aparece con nitidez y deja de ser una voz que acompaña al Ulises.  El poeta, asume que no todos conocen la historia del norte, entonces, redefine su propuesta poética y aparece como pórtico un paratexto y poema que actúan como marco. El primero explica lo que llama cultura chimú y al héroe Takaynamo: “Vino del mar y habita entre nosotros. Estos poemas obedecen a su valoración en el tiempo”; la segunda es la cantata para ambos: “El hombre, desde el origen / consideró al mar fuente de vida” (16), para al finalizar expresar: “Ulises o Takaynamo, con cualquier apellido, / es hombre común y actual // Esta cantata es para ellos, / para los hombres con pies en tierra/ y que vence en altamar”  (16).  A esto debe agregarse que la estructura del libro está precedida por epígrafe que hacen alusión al mar, al héroe, las estrellas y la vida misma, van en notas de Fraz Grillparzer, Thomas Eliot, Salvatore Quasimodo, Willian Wordsworh,  Willian Shakespeare y Víctor Hugo. A lo que debemos agregar la predilección del poeta por lo clásico, en este caso, por remedar sus títulos en latín.
Pero el paratexto más importante es la fotografía que Cristóbal Campana ofreció al poeta de los frisos de Chan Chan, estas fotografía resumen un detalle, es el detalle de la travesía de Takaynamo que registra el mito.  Hay hasta tres elementos que podríamos rescatar: el primero se trata la pareja originaria, pero su actitud no es la fiera, sino la sonrisa, la de celebración de la alegría. La segunda, es la idea de movimiento y travesía que está presente en el friso, esto como parte de la comprensión de la vida como continuidad dinámica; y tercero, el mundo emergen desde el mar, por eso se ve tres referentes, la del centro, que implica la presencia de la divinidad misma, y los dos cuadrante referidos al mundo marino en que se habita.  Es posible que este tenga en la extensión de friso otra dimensión indicada como movimiento y complementariedad,  que tiene que ver con la estaciones, en la fotografía solo se deja ver un movimiento y no el movimiento a la inversa. En todo caso, quería anotar este hecho porque el registro de la memoria de este friso resulta singular y es lo que el poeta finalmente canta como apego a la memoria, pero la legibilidad apela a un referente clásico que se apropia para poetizar a Takaynamo.
Ulises y Takaynamo en altamar afirma con magia extraordinaria su legado poético. Todo el poemario está hecho de palabras que tienen ritmo, es una cantata. La musicalidad de sus versos es lo que advierte rápidamente. Luego, un manejo libre de distintas formas versales, adecuadamente labradas, para dar ese sentido de contemporaneidad que se les suele reclamar a los poetas que no viven en Lima. Si el poeta recorren las instancia homérica, por ejemplo, la invocación a los dioses: “Con otro alfabeto vengo  desde lejos/ Existencial es mi son. // Insto a cantar nuevas albas, / a optar por el ascenso.” (24); que más tarde se traduce en incursiones cotidianas como “¿Veis a la cabrilla arrodillada/ y al lenguado asustado?” (62; también en Sostenidos), cuya realización formal entrecruza la historia conocida y un conceptismo  inevitable, hasta su tono existencial: “El hombre / es tronco viviente/ ante la tormenta” (76) hasta el elogio terrenal y divino, de la belleza y la vida, en nombre de la heroína identificada (Penélope) y la otra, la del mito (La princesa Chimú)
Un libro, como dije atrevido, anclado en el mito clásico, de los himnos homérico, al mito modesto, local, que se universaliza en virtud de la poesía, de la travesía del mar, que al final, como dice la voz del poeta, es el canto al hombre sencillo, pone a la poesía de Bethoven Medina entre más representativa del Perú.

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