lunes, 6 de febrero de 2012

Quebradas las alas de Bethoven Medina Sánchez, Gonzalo Espino Relucé



Marco
La poesía de Bethoven Medina Sánchez (Trujillo, 1960) es una celebración de la palabra.  Celebración como resultado de la intensa labor de quien, desde sus inicios tiene conciencia de trabajo poético. Las imágenes, las metáforas, los símiles, los versos truncos y coloquiales, pueblan el conjunto de  su poesía moderna. Su coloquialismo se ve atrapado de una riqueza verbal que evoca un espacio intermedio (entre la ciudad y el campo) que acoge los objetos de la modernización. Esta característica de su poesía aparece soldada a un permanente experimentalismo que lo encontramos a lo largo de todos sus libros. El poeta transita del tema de la muerte a la magia de la vida,  de la soledad a los efluvios  sirenos del amor; si  nos habla de la sencillez  de lo cotidiano, el lar familiar y la casa,  la voz del poeta sabiamente transita de estas estancias a una voz que se sabe parte de una colectividad, aprehensión continua de lo social y se realiza como una relectura poética de la historia como proyecto mayor.

Quebradas las alas
Acogido por la Serie las Primicias del recordado maestro y narrador Luis Fernando Vidal, el poemario tuvo recensiones entusiastas de la crítica. Quebradas las alas  (1983) lo define como poeta vinculado a los 80, pese a que su actividad empieza muchos años antes. Se trata de un poemario consistente, una realización significativa para la escena poética del país.  Son los años en que publican también Róger Santiváñez, Dalmacia Ruiz Rosas, Pedro Escribano, etc. etc.

Si los paratextos aluden desde el título (Quebrada las alas) a herida que impide su vuelo, me pregunto si en ella no hay también una suerte desencanto respecto a la palabra poética. Esta suerte de desencanto enfrenta la fragilidad de la poesía, por eso, el libro marca una tendencia que define su poética: la sensibilidad íntima y la percepción social, su íntimo lirismo y su apego a una voz que desea ser testimonio y poesía. Los epígrafes a su vez declaran y recuerdan, en líneas generales estas preferencia: aparecen César Vallejo y Alberto Hidalgo, y la presencia de tres poetas del 50 Juan Gonzalo Rose,  Francisco Bendezú y Alejandro Romualdo como recordando la poesía como juntura: al mismo tiempo poesía íntima y poesía social.

A lo largo de las cinco secciones  encontramos una voz poética que fluye y se hace acompañar por la nostalgia, atrapada por la cercanía hiriente de la muerte y  el descontento que la voz poética reconoce como el “teorema social”. Si sus versos sorprenden, no es por el magisterio de la suficiencia que otorga el manejo de las técnicas poéticas, sino por esa voz que juega con la ternura y lo paródico, con la palabra sencilla y rebuscada, con los espacios intermedios entre rural y citadino y sus evocaciones modernizantes, etc., por la forma como el poeta llega a su lector.

Si el poeta habla de la muerte, de la vida, del desamor, de la estrechez  social, hay un tono paródico que define su coloquialismo  al que se adhiere el grafismo como experiencia. Pienso en Reflexiones de un pájaro de cierta especie: en esta sección lo coloquial se hace parodia, y explota el espacio en blanco:
ROMPA UD. UNA TIZA Y VERÁ LO QUE ES EL MATRIMONIO

O estos versos:
ESTOY FRIENDO PESCADO
                               Y COMO SLATA PROBRECITO
                                                               AÚN MUERTO CÓMO SALTAN

Las formas gráficas y paródicas dominan el tono coloquial. La importancia del espacio ocupa un lugar privilegiado, así el enunciado poético tienen a ser una significación en sí misma:
LA VIDA
viene con el fresco olor de las olas y éstas como manso bueyes

El azul infinito sin pájaros, se anuncia como una sección de ausencias, sin el hogar, la casa era de las ternezas, parece anunciar la condición de un poeta que testimonia, no elige la palabra poema sino un título extenso (enunciado conceptual) que semejan títulos de secciones de crónicas: “Novela de los trigos que aún no crecen”, le interesa el “teorema social”, de allí que se puede leer algunos de estos textos como el testamento de la época, en que la queja aparece cercada por  la situación social: “No se puede vivir cuando los zapatos están encadenados a los muro”.  De tono social, declarativo, de celebración de la metáforas e imágenes. 

(Anoto que la idea de la muerte recorre todo el poema, seguramente “Remolque de diciembre en la soledad hablada por la guitarras” sea uno de los más expresivos y explícitos).

Los cuadernos cuarto y quinto, exhiben un hacer poesía semejante.  La reflexión sobre la palabra aparece invocado en el título de uno de sus poemas: “El mundo (delgadita palabra)”. Tal vez una característica adicional que debemos anotar es lo que dijimos al inicio esta tensión entre una palabra moderna que se apega, no se despeja, del mundo rural-citadino que lo rodea, la imágenes cubren ese espacio.  “Un cuy ciego cruza el parque de la vida”:
En casa, en un rincón, criamos unos animalitos
Que ni ellos saben su nombre.

        Y –ha parido la cuya dos cobayos-
        Cuenta abuela a los invitados a la tristeza
       -pero uno –dice- ha nacido ciego, pobrecito.

Si la imagen tiene aliento rural, la siguiente, no:
Y pienso, que estará haciendo con mi fotografía a esta hora?

(Claro, los lectores avisados, dirán a lo Vallejo, pero hay que recordar que es el castellano del norte).

“De cómo algunos pájaros viven fuera de la jaula”

Este primer poema (abarca toda la primera sección) tiene la virtud de la ternura, del remanso de la cotidianidad del hogar y al mismo tiempo la nostalgia, donde la apelación al pasado configura una historia poblada de ausencias extensas: “Le gustaba trepar los eucaliptos”, “Paseaba por los parques en camisa y sin paraguas”. Si el poeta asumió un voz distante habla desde la tercera persona; esta aparece conversando con la segunda y luego, trazado en la primera. Juego por lo demás interesante en la hechura poética:

La patria, bien lo sé –decía atizando su cabellos-
es un himno de quenas
interpretando a la tierra sin semillas y sin agua.

Ya no voy a su rodilla, mi antigua torre, mi faro,
mi telescopio
de donde oteaba el piso rojo cereza de mi casa
poblado por juguetes imaginados y el tubo de lámpara que derribé.

La voz poética, hace, en primer lugar alarde de su coloquialidad con la alternancia de versos extensos y versos breves, y donde el ritmo define la intensidad poética. El sentido del saber desestructura la dura relación entre “himno de quenas” (tristeza, pena) y “tierra” (sequía, pobreza), pero al mismo tiempo esta se asocia–en la siguiente estrofa- a la ausencia. Entre el registro social y el registro íntimo. Si el yo habla de la 3ra. persona, en esta instancia, el yo habla de sí para el otro virtual. Del tiempo ya ido –poblado de ausencia- y cubierto de nostalgia, de una niñez feliz, pero ahora poblada de ternezas. Una relectura de la casa como materia poética. El padre, la madre, la “madre”, son ausencias que pesan en el trazo del poema: “Mis padres eran árboles que confiaban sus secretos a los ríos” y arrancaban “estrellas para que jueguen conmigo.”.

Las ausencias parecen atentar con los sentidos del poema, una suerte de álbum de familia, el ahora de los recuerdos se contrapone a toda la situación social. Y todo Quebrada las alas se ubica como un libro representativo de la poesía peruana contemporánea.

Referencia:
Medina Sánchez, Bethoven. Quebradas las alas. Lima: Cuadernos del hipocampo, 1983.

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