jueves, 29 de septiembre de 2011

Celebración por la poesía de Hildebrando Pérez Grande (2) por Gonzalo Espino



Hildebrando Pérez Grande, poeta, maestro y amigo

Testimonio


En 1973 me encontré con dos volúmenes que me llamaron atención porque revelaba el estado de la poesía peruana –o mejor aún- la poesía que en Lima se consideraba como poesía peruana. Yo iba todos los jueves a las veladas literarias de la Universidad de Trujillo, y siempre pasaba por las librerías a mirar libros y escasamente, como se podrán imaginar, a comprar libros. Fue entonces que cogí uno aquellos dos volúmenes que firmaba Alberto Escobar, con el título de Antología de la poesía peruana (1973). Ya había leído un poema de Hildebrando Pérez en una publicación a mimeógrafo y en la que aparecían poemas de Manuel Scorza y Javier Heruad. Esto debido al entusiasmo de mi profesor de inglés, al poeta y pintor Luis Albitrez Mendo y al notable núcleo de profesores jóvenes que se agrupaban alrededor de la revista de poesía Colibrí y que traducían su entusiasmo en mi colegio secundario, el otrora Colegio Nacional Mixto Roma, en la vieja Tulape, de donde soy, en el valle Chicama para más señales.

Me quedé sorprendido por la forma como el poeta Hildebrando Pérez escribía, había algo que me llamaba enormemente la atención. Creo que era la sencillez de su palabra y la musicalidad envolvente de sus poemas. En ese instante no imaginé que años después conocería al poeta, digo poeta, primero, porque luego conocí al maestro y amigo. Cuando ingresé a San Marcos, tuve la suerte de tenerlo como mi maestro de Introducción a la literatura universal, un curso panorámico en el que nos empapábamos de poesía en cada una de sus clases, y, por cierto, íbamos al Taller de Poesía que codirigía. Eran los tiempos en que se publicaba Hipócrita Lector y los muchachos de La sagrada Familia, que más tarde devendría en Kloaca, andaban en el patio de letras imaginando los tonos y formas de su poesía, con el pliegue de realidad que resulta insospechablemente un punto al que todos -o casi todos- volvíamos para dar cuenta de nuestros poemas.

Hildebrando fue ese maestro que desde el Taller de Poesía alentaba nuestros trabajos, con su sencillez invitaba a leer más poesía y más poesía, y nos hacía ver desde otro lado el quehacer literario. Yo fui, recuerdo, su asistente en un proyecto de investigación. Estuve en contacto casi diario con su biblioteca, allí tuve posibilidad de leer libros inhallables de poesía. Asunto compartido con mi compañero de clases Jorge Luis Roncal. Hilde, el maestro y amigo, nos fue poniendo en contacto con eso que llamamos circuito literario al igual que nuestros otros maestros: Francisco Carrillo, Antonio Cornejo Polar, Raúl Bueno, Washington Delgado, Luis Fernando Vidal, Esther Castañeda, etc. etc.

Hice explícito mi deuda con Hildebrando en mi libro La literatura oral o la literatura de tradición oral (Lima: Pakarina Ediciones, 2010). Allí le rendí homenaje y reconocimiento como intelectual. Como todo lo maestro, se interesó en mi quehacer como crítico literario, que como se podrá apreciar la he destinado a atender las literaturas populares y las literaturas amerindias. Recuerdo que fue uno de mis trabajos sobre literatura andina que empecé en el curso que tenía a su cargo, me refiero a Literaturas Orales y Étnicas del Perú, un curso que siempre lo imaginó abierto. Fue asesor de mi tesis de licenciatura que la dediqué a Roma-Tulape y en la que trabajé el relato universal "La comadre y el compadre". En nuestras conversaciones él me recordaba la necesidad de ser directo, que tenía que ser preciso en el lenguaje y que evitara la palabra vacía, porque no se trataba de llenar cuartillas, si no decir lo justo y necesario, según el programa de investigación que seguía.

Era la época en que los escritores cuestionaban su condición de creadores para asociarla a la producción. Es decir éramos trabajadores de la literatura. Participábamos en diversas actividades, teníamos la firme creencia en que podía cambiar el destino de nuestra patria, eran parte de nuestras utopías y es, digo, militantemente, lo que explica nuestro apoyo a la huelga de los maestros a fines de los 70. Luego, entré a la docencia sanmarquina y soy su colega. En todo este tiempo, Hildebrando Pérez sigue siendo el maestro, maestro de la palabra sabia y de la actitud del hombre libre y de creencias firmes, de trayectoria impecable y dedicación honorable a la docencia. Celebro -y comparto esta nota- la iniciativa de valoración de su obra poética, que ya era una necesidad por que simplemente, Hidelbrando P erez Grande.



En la foto: Hildebrando Pérez Grande, Gonzalo Espino Relucé, Aymará del Llano, José Luis Ayala y Guisela Gonzalez, Coloquio sobre Efraín Miranda

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