domingo, 14 de agosto de 2011

José María Arguedas, Registro musical 1960-1963, por Gonzalo Espino Relucé




De lo escaso y de lo poco que desarrolló el Ministerio de Cultura en lo que tuvo el gobierno de Alan García, que más parecía un ministro de Turismo, sin duda fue la publicación de Registro musical 1960-1963 (1) de los archivos que legara José María Arguedas. Trae dos estudios, el primero de José Lloréns, "José María Arguedas y la pugna por la representación de la música vernácula en la ciudad de Lima", y, el segundo, de Leo Casas, “Los archivos olvidados y el ‘saber artístico’ de José María Arguedas”. Trae 60 piezas musicales, el libro viene acompañada de las bandas sonoras en tres CD de las canciones que Arguedas registró y corresponden a una parte de las 50 horas del archivo sonoro.

En realidad, hay que advertir que se trata de un esfuerzo importante por hacer el registro e inventario de la cultura andina, como un repositorio vivo de las identidades que hacen a los andinos, en general, y, en particular, a los peruanos. De allí que saludo al equipo técnico que trabajó y seleccionó dichos registros que provienen de una época que suponía enormes dificultades técnicas para el registro sonoro. La producción general estuvo a cargo de Soledad Mujica Bayly y Juan Javier Rivera Andia, el equipo de investigación a cargo de José Lloréns Amico, Leo Casas Ballón, Javier Rivera Andia, Pedro Roel Mendizábal y Soledad Mujica Bayly. Las traducciones del quechua, la debemos a Leo Casas y Marleni Martínez.

Si la edición es primorosa por la información que trae y las bandas sonoras, el abundante registro fotográfico aparece hechura de un aficionado. Tenemos que adivinar de que cantante o de que escenario se trata. No hay información de las fotografías que registran, ni de los momentos y artista vernaculares que aparecen en reperetorio gráfico de este libro.

José A. Lórens en su importante estudio, ubica al creador Arguedas en su condición de funcionario público y promotor cultural. El estudio pone atención a lo que ocurre con la música vernácula entre las décadas del 30 y 60, como aquello que era distante y fue invadiendo la ciudad de Lima. Pero al mismo tiempo pone de relieva el rol que JMA cumplió en defensa del patrimonio cultural, en tanto funcionario público y promotor cultural. La comprensión de esto fue acompañada por un extenso proceso de migración y cómo los indigenismos fueron cuestionados por las difusión de formas artísticas cuya procedencia eran las comunidades. Lloréns repara en cómo al insertarse en un mercado cultural supuso la invención y ‘esteorotipación’ de la representación, una suerte de invención incaica, o la creencia, casi general, de los artistas por presentarse a la usanza cuzqueña. Arguedas se pelea por la conservación, pero al mismo tiempo va entendiendo la complejidad del proceso que vive la canción vernacular andina que llega a la ciudad.
Son sesenta pistas sonoras, de diversos cantantes, básicamente del Centro y Sur Andino. Algunas de estas solo son música, las mismas que acaso debemos imaginar como representaciones rituales, danzas o danzas ritualizadas, en la que, resultan más importantes los gestos, la posición de los actantes y los propios desplazamientos. Las letras de estas canciones deben ser consideradas como poemas vinculados a la música. Todo este conjunto de poemas quechuas –o en castellano andino- son en realidad una buena muestra de la poética quechua, expresiones que tienen continuidad en el hoy y nos revelan cómo percibían y sentían desde la cotidianidad ese universo cambiante, o ese espacio al que se estaban asomando o aquel lugar donde los runakuna se estaban instalando. Las propias traducciones de Casas revelan la intensidad de estas takikuna.

Se trata, pues, de uno de los mejores trabajo que merece nuestra atención, porque a diferencia de lo ocurrido en 1925 cuando los esposos D’Harcourt que publicaron en francés La música de los incas y sus descendientes (París), iba acompañada por partituras que no expresaban las tonalidades andinas porque se acompasaban según el canon musical de occidente, a diferencia de los hermanos Montoya cuando publica Urqukuna yawarmin, La sangre de los cerros (1987) fue acompañado solo por la partituras, hoy alcanzamos a escuchar a los artistas que los sesenta y por cierto, representa una relectura para los trabajos realizado por etnomusicólogo Raúl Romero, Sonidos andinos (2002). Con Registro Musical 1960-163 de José María Arguedas, preparado por este equipo multidisciplianrio, el centenario Arguedas aparece remozado, como el recopilador de patrimonio inmaterial y nos acerca a los que en ese instante estaba ocurriendo con la música andina. Celebramos pues la publicación que acaba de hacer este equipo de investigación y esperamos que el Ministerio de Cultura, pueda poner en red dicho material para su uso por todos los dueños de esos materiales, es decir los runakuna y los otros runas del país.



(1) Arguedas, José María. Registro musical 1960-1963. Lima: Ministerio de Cultura,2011 (Colección Centenario, vol. 1).

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