sábado, 21 de mayo de 2011

Una agenda para conversar sobre literaturas indígenas (Mapuche,Quechua), Claudia Rodríguez (UACH)

¿Dónde estás?
¿Acaso has encontrado al Taita Wentiao?
Juana Guaiquil Lipicheo.

Ese día cariño, ese día, le voy a rogar a Dios que llueva
como nunca,
para que no me escuches debajo de los truenos,
para que no me veas convertida en agua y sal,
agonizando en mi silencio.
Alejandra LLanquipichun




La reflexión sobre la literatura indígena es una tarea de la agenda contemporánea. No solo porque se trata de las representaciones y las formas como está circulando en mundo actual, sino porque estamos asistiendo a nuevos procesos de los usos de la palabra. Asunto que debería llevarnos a poner atención a los puntos de encuentros y a las diferencias que se vienen produciendo en la constitución de los sistemas literarios mapuche y quechua. Se trata, sin duda, de acercarnos a una crítica que teje un discurso que sincroniza su palabra con la palabra del mundo indígena y al mismo tiempo lee lo que ocurre en otras experiencias del territorio de la palabra del Cuarto Mundo.
La semana que concluye, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, ha contado con la valiosa presencia de la doctora Claudia Rodríguez de la Universidad Austral de Chile. Ha sido una oportunidad para tender hilos en el tejido de las literaturas indígenas, para entender sus dinámicas y espesores (mapuche, quechua) y establecer o trabar los lazos reales y virtuales con las literaturas hegemónicas que se producen en nuestros países. Esto en el contexto de un curso imaginado desde la sensibilidad indígena y que incluye los avatares del presente en dos referente contemporáneos la poesía mapuche y la poesía quechua de José María Arguedas. Y en cuya discusión participará mi colega, la doctora Elena Altuna de la Universidad de Salta (Argentina) también con una lectura de la retórica del desagravio. Claudia Rodríguez en las tres sesiones que nos acompañó, en el maestría de Literatura Peruana y Latinoamericana, en su Conferencia en La Facultad de Letras, promovida por el Instituto de Investigaciones Humanísticas (IIH) y con esa convencida vocación de maestra, para conversar con los estudiantes de pregrado de la Escuela de Literatura en el curso de Literatura Orales y Étnicas del Perú, donde presentó Aylla domo dungun (Nueve mujeres mapuches).



En líneas generales, en sus tres intervenciones propuso una agenda cuya vitalidad está en el tejido que se puede construir en Amerindia. Voy a esbozar alguna de ellas: la escritura mapuche que parte de una escritura que disputa el grafema aunque representado, primero en español -que es la lengua materna- para luego ingresar apropiandose del mapudungú como lengua de expresión. En esta vía, en el caso de los quechuas, primero será la lengua, luego la representación de la lengua quechua en la escritura, y abrimos aquí una pregunta, ¿entonces, cómo entendemos las escritura poética de Efraín Miranda que escribe en la lengua que trajo el invasor?: "En mi choza ha caído la mano perdida del Manco de Lepanto / con vidrios, ácidos, alfileres / y sangran mi boca." (Efraín Miranda).
El siguiente se asocia a las representaciones que tienen que ver con la presencia de la memoria en la voz del abuelo y abuela que se escucha y que se representa, esta misma voz a su vez es la cosmovisión mapuche en la textualidad (“Una isla con sus gansos / en los ojos de mi abuelo se quedó / en la última mirada”) y de otro lado la condición de iniciado (mashe -layqa, paku andino- en el caso de Adriana Paredes Pinda: "¿Cómo reconocer el perfume del primer grito del mundo / con la boca torcida por un mal aire??"). Cuestión que nos lleva otra vez a mirar el mundo quechua, en efecto, en el lado de la memoria, pero sin que pase como voz que se escucha sino como voz de la tradición ancestral y popular -acaso por la condición de lengua materna- y se afirma más bien el dominio de la escritura poética.
Este último tiene que ser revisada en ambas culturas. La escritura poética mapuche y quechua son escritura modernas, muy del siglo XX, la poesía quechua escrita se asienta a fines de los 50, mientras que la mapuche pasados los 60. La coincidencia se produce en las oportunidades para su desarrollo como poetas, estos núcleos de poetas no solo aprehenden las letras sino en cursan y viven la experiencia de la Universidad como representación de la cultura de Occidente, registro que extensivo a todos los escritores indígenas de ambos lado del Sur. Este tránsito puso a nuestros escritores en un diálogo que inicialmente pudo significar olvido, pero que implicó dominios en el territorio de la escritura (vanguardia, coloquialismo, collage, etc.) e imaginan la tradición poética más allá de sus propias fronteras culturales, aunque articulados a su lugar de enunciación (Leonel Lienlat o Juan Pablo Huirimila; Dida Aguirre, Odi Gonzales o Ck'aka Ninahuaman).
Esta coincidencia lo vinculo con el tratamiento de la memoria y la cosmovisión indígena mapuche y quechua, en ambos casos, consustancial al enunciado poético y que define su condición de poesía amerindia. La poesía indígena se convierte así en archivo vivo de los quechuas y mapuches (Elicura Chihuailaf). Si hay este aprendizaje moderno de los pliegues de la escritura -y se disputa el grafema-, hay también un despliegue de la memoria que se deposita. Pero la diferencia dista en que los poetas mapuches han ido aproximándose más a las formas ancestrales sin abandonar la escritura, por lo que remiten a su procedencia y espacio tradicional de expresión, me refiero al canto, al evento y no solo al escrito, asunto que lo vemos con mayor incidencia entre los poetas mapuches. En caso nuestro, los quechuas, seguramente el apu Gerson Paredes se acerca a esa representación tradicional o nuestro Ugo Carrillo vía la música y paramos de contar. Mientras que entre los mapuches podemos mencionar desde Lorenzo Aillapán a Adriana Paredes Pinda o Roxana Miranda Rupailat)
No deseo agotar la agenda. Pero para las exigencias de La alforja de Chuque –y lo que Jacobo Alva llama avances de investigación- voy a detenerme en dos planteamiento que me interesan incorporar a nuestra agenda de trabajo: el primero tiene que ver con la mirada de los poli-sistemas que plantea Rodríguez, propone que hablemos de canonicidad en el sentido de los cambios que se procesan con frecuencia en esos listados y no de canon que evoca lo estático y no cambiante. Tal vez podríamos convenir en la utilización de las dos categorías en tanto que el segundo, canon, presupone una representación del poder –y por ello su disputa- como instancia de las preferencias hegemónicas, mientras que canonicidad, si bien es abierta, nos invita a mirar los procesos: cómo se posesionan y se presenta las literaturas indígenas en nuestros respectivos paíss y amerindia. La segunda es la idea de diversidad y homogeneidad, lo que nos lleva a recordar el concepto local acuñado en la idea de literaturas y no literatura (Cornejo Polar). Ello a su vez, en términos metodológicos supone el reconocimiento de procesos varios en la escritura. Asunto que bien se puede relacionar con los espacios de enunciación, aunque la doctora Claudia Rodríguez ha propuesto que esto se da en un mismo espesor escritural –en un mismo poeta, en un núcleo de poetas-, pienso, por ejemplo, para el caso quechua poesía chanka respecto a la poesía quechua cuzqueña escrita. Y esta misma, en relación a la forma como se ejercita la crítica cultural y literaria, sin esos vicios ojerosos cuando se habla desde la hegemónica ciudad letrada (Santiago, Lima) respecto a los núcleo de desarrollo donde la crítica ha establecido puentes entre crítico -incluso crítico indígena- con los actores de la prácticas poéticas indígenas (Ayacucho, Cuzco; Valdivia, Osorno)
Ya lo sabemos. En el ahora, nuestras literaturas indígenas siguen siendo es primer capítulo anómalo en que se revisa la literatura “preshipánica”; la misma que instala a los indígenas como algo estático, sino muerto, que corresponde al pasado, como si los escritores indígenas y los propios indígenas, en el ahora no existieran. Y con ello la urgente necesidad de seguir incorporando y disputando para las literatura indígenas (quechua, amazónicas, afro, etc.) en/a los espacios de difusión del país (escuelas, universidades, etc. ) como literaturas que nos acerca a esa memoria plural y diversa, a un tejido nacional entendido como identidades múltiples. Y con ello para seguir dialogando, agradecemos, a nombre de nuestra comunidad académica, a Claudia Rodríguez por haber compartido sus reflexiones con nosotros.



Referencias en línea
Rodríguez Monarca, Claudia. “Enunciaciones heterogéneas en la poesía indígena actual de Chile y Perú”. Estudios filológicos, nº 44. Valdivia (Chile): Set 2009, no.44, p.181-194.
-----. “Lengua y literatura mapuche”. Estudios filológicos, nº 43. Valdivia: set 2007, p. 247-250.
-----. “Weupüfes y machis: canon, género y escritura en la poesía mapuche actual. Estudios filológicos, nº 40. Valdivia: set 2005, p.151-163.
-----. “Ajenidad en dos poetas mapuches contemporáneos: Chihuailaf y Lienlaf”. Estudios filológicos, nº 39. Valdivia: set 2004, p.221-235.
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http://mingaonline.uach.cl/scielo.php?script=sci_issues&pid=0071-1713&lng=es&nrm=iso

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