domingo, 13 de febrero de 2011

José María Arguedas: En las tierras del Norte (valle Chicama) por Gonzalo Espino Relucé



La biografía de José María Arguedas ha sido ampliamente estudiada, el propio Arguedas nos legó una autobiografía de sus sufrimientos y nos hace acompañarlo como testigo de su época, en sus momento más trágico de su vida, en su convicción de haber escrito lo que debía legarnos. Pero no se ha estudiado su poesía quechua ni sus viajes por el norte del Perú. El valle Chicama fue escenario de una visita del escritor andahuaylino, lo hizo a propósito del Señor de la Caña, una de las fiestas principales del valle, escribió dos notas etnográficas. Y en su novela, El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971), que se publica póstumamente, encontramos referencias a las haciendas azucareras, para ser específico a la otrora hacienda de los Gildemeister –actualmente en manos del Grupo Gloria.

Etnografía
Los artículos que publica en La Prensa de Buenos Aires constituyen sin duda en una de las mejores etnografías de la cultura andina en general. José María Arguedas escribe en el momento en que se está produciendo dos hechos: por un lado la migración a las ciudades y por otro los cambios que comienzan a operar en la tradición oral o en la cultura andina quechua. No debe perderse de vista que Arguedas es un quechua del sur, de Andahuaylas, es desde esa mirada que observa el proceso, que por cierto, añade a sus trabajos un sesgo interpretativo.
Desde esa anotación nos corresponde indicar que su lectura cubre todo lo que tradicionalmente se conoce como folklore (ver compilaciones de Ángel Rama Señores e indios y la Sybila Arredondo de Arguedas, Indios, mestizos y señores). Arguedas propone un conjunto de hipótesis que corresponderían revisar. La primera de ellas tiene que ver con los cambios que observa en el huayno tradicional, cambio operado por dos vías: uno, por el creciente reconocimiento de compositor –tránsito de la voz del indio a la letra del mestizo- y la firma de los huaynos por los autores mestizos, asunto que a su vez lo (dos) vincula con la presencia de los sones indio en la capital (Lima).

La otra línea es el registro de las danzas y ritos andinos. Estos en general son revisados desde una plataforma crítica que incide en las raíces culturales. Arguedas realiza un estudio sereno y profundo de cada una de las manifestaciones, no aventura información sino que la revista a la luz de la investigaciones de entonces, su propia ascendencia cultural y por cierto el impacto de la cultura hispánica en el espacio andino.

La tercera línea fue la recopilación de los relatos y canciones andinas. Uno de los primeros trabajos está signado precisamente por su preocupación por recopilar los cantos quechuas, que dieron lugar a Canto Kechwa (1938) que luego se ampliará a los relatos quechuas, por lo que se vinculará con el Jorge A. Lira y JMB Farfán. Uno de los trabajos ampliamente conocidos son los relatos que se trabajaron con maestros/as de las escuelas y sus alumnos/as, trabajo realizado con Francisco Izquierdo Ríos, se trata de Mito, leyendas y cuentos del Perú (1947). Y finalmente, un trabajo sobre el que se tiene pocas noticias, me refiero a “la recopilación de la literatura oral quechua” que había aceptado la editorial Einaudi de Turín, para publicar “un volumen de 600 páginas de mitos y narraciones quechua” (1), todo esto comprometido con la universidad Agraria.

En todos los casos, debo anotar, no solo hay el ánimo de registrar, documentar, sino observar que estaba ocurriendo con el Perú indio, es decir, que nuevos fenómenos estaban ocurriendo en la cultura quechua tal como ocurría con otros brillantes intelectuales en el sur del Perú (Efraín Morote Blest, v.g.)


Casa Grande

Las haciendas del norte del Perú aparecen registradas como lo eran lugares. Emporios de la explotación de los indios y poblanos del norte. Espacios donde las mayores discriminaciones y donde los indios, los serranos estaban confinados a vivir en la ranchería. Casa Grande será comparada con Chimbote, como espacio y como lugar de explotación y de semiservidumbre en El zorro de arriba y el zorro de abajo (1). Aparece cuando don Ángel empieza escuchar sones familiares y empieza a cavilar y más exactamente, está vinculado a un huayno sobre Casa Grande, que el narrador reelabora:

-Siga, siga, siga la rueda, siga la rueda… Chimbote es el puerto… el puerto pesquero más grande… más grande… más grande del universo… y Casa Grande y Casa Grande… que está aquí cerca… a cien, a cien kilómetros… es el ingenio azucarero… el ingenio azucarero…más grande del mundo… toda estadística, toda estadística… así lo prueba…Quien no lo sabe, quien no lo dice… es pobrecito., es pobrecito….
más grande del mundo
más grande del mundo
Chimbote, Casa Grande,
siga, don Diego, siga don Diego.
La chimenea de Casa Grande
lleva su humo hasta los ríos
hasta los ríos del amazonas
porque Casa Grande…
Casa Grande comienza en el Pacífico
traga la costa, traga los andes
tiene puerto propio ¡ay, Chicama!
Tiene presidente ¡el gerente! ¡lagarto!
llega a la selva, friega a los chunchos,
como yo Braschi, como yo Braschi
[…]
“Los hombrecitos de Casa Grande
ya están formando para marchar
todos los días desde las cuatro
van al campo a trabajar.”
“¡Pobres hombres!”

En la conversación aparece como un dato estadístico. Pero en la canción esboza esa otra realidad la barriada pobre recuerda al campamento de pobres. Las similitudes no se dejan esperar, aparecen como equivalente, los Bancheros y Gildemeister, la pesca y el azúcar. Empresa que abarca un amplio territorio, de costa a sierra, de sierra a Selva, se escribe en la letra, una chimenea imponente como el propio dueño, allí donde la jornadas eran excesiva, eran de explotación, por eso la calificación llama la atención. Dos emporios que exhibe como los mayores productores, pero al mismo tiempo como los mayores explotadores. Lugares de “Pobres hombres!”.

El Señor de la Caña

Arguedas observa la fiesta del Señor de la Caña de Chiclín (hacienda azucarera) como un documento. No parece estar tan animado como ocurre con otras festividades y rituales. La comprensión de todos sus textos encierra descripción del tema que suele siempre contextualizar para realizar su interpretación. José María Arguedas percibe que esta fiesta se ha convertido -“miran” dice el autor- en “espectáculo sin el fervor legítimo que solían sentir por sus fiestas nativas”. Es importante recordar que estamos en la década de los 40’ año de los enclaves azucareros y de los enganche de indios (en realidad, trata indígena). Pero al mismo tiempo conviene no olvidar la gran migración y los procesos de modernización que se vivía en el valle Chicama (cine, radio, etc.), que va acompañado de la existencia de una población costera y poblerina de ascendencia moche. Arguedas está mirando ese proceso, pero no se decide. Escribe:

lo ven todo sólo como un motivo de evocación porque la mayoría de sus conjuntos típicos, bailando en apiñada marcha sobre el polvo fino, propio de los viejos valles costeros, constituyen un espectáculo exótico, una caravana advenediza y sin arraigo, un poco extraña incluso para los mismo indios, que contribuyeron a formularla y de cuyos pueblos de origen fueron copiados o traídos la mayoría de los conjuntos: porque al haber cambiado de ambiente y de indumentaria y en su propio modo de vivir, esos indios cambiaron lo suficiente como para ver un poco azorados esa forma genuinas, las más tangibles en que se muestra la íntima entraña del ser indio, del alma nativa de la que fueron arrancados para ingresar a esta otra multitud de personas, a ese otro torrente igual gris y más grande, aunque acaso más seco de espíritu , y en ese sentido , más pobre. (2)

En general, el dato etnográfico que levanta se acomoda lo que era la fiesta para entonces. Arguedas está imaginando la hacienda serrana y no la hacienda del norte, con otras características, además, enclave. Cuando describe cree ver lo que ocurre en la hacienda, en la representación que hacen los visitantes y poblanos en la fiesta. Interpreta los cambios, constata el escenario de explotación en que se desarrolla esta fiesta, pero no alcanza a mirar los propios cambios como parte de una nueva percepción que aparece. No incorpora lo que existía ya en las colectividades del valle Chicama, una tradición de danzas, bailarines y creadores vernáculos y una población que se venía apropiando de ese espacio en las peores condiciones y que comenzaba a hacerlo suyo. El sesgo quechua sureño prevalece, hace a un lado lo que desde la población costeña, moche se iban imponiendo. Si el narrador alcanza a mirar el escenario de pobreza en los 40, para los 60, en El Zorro…, la ficción llega a constatar las similitudes de ambos espacios como modernos emporios de explotación. Pero no alcanza a distinguir los nuevos cambios que venían operando en la producción cultural del valle Chicama, no logra percibirlo, su modelo sigue siendo el del sur.

Referencias:

Arguedas, José María.
(1) El zorro de arriba y el zorro de abajo. Caracas: Fundación Imprenta del Ministerio de la Cultura, diciembre de 2006
http://www.elperroylarana.gob.ve/phocadownload/elzorrodearribayelzorrodeabajo.pdf

(2) Indios, mestizos y señores. Comp. Sybila Arredondo de Arguedas de Lima: Ed. Horizonte, 1989.

Foto tomada de:
http://fentasecen.blogspot.com/2010_04_18_archive.html
http://fiestachiclin.blogspot.com/2009/04/fiesta-de-chiclin.html

© Gonzalo Espino Relucé
Tulape, febrero 2011

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