sábado, 15 de mayo de 2010

Villanakuy: confluencias -na- y evento




Freddy Roncalla[1] me comenta esta semana la importancia de una partícula quechua, si deseamos aproximarnos a los textos andinos, que en términos de etnopoética define la instancia necesaria de dos sujetos -mínimo- que se deben mutuamente o que acuerdan o se disponen mutuamente hacer algo en común, en este caso para narrar o escucharse cantar. Se trata del sufijo quechua –na- , verbalizador recíproco, que cumple, en efecto, esa condición. Escribe, “¿por qué no willanakuy? –na- da la idea de interacción entre el narrador y el que lo escucha”. Estamos de acuerdo. No confundir con el nominalizador.

Cerrón-Palomino[2] recuerda y distingue ambos casos, el recíproco y el nominalizador.[3] Para el primero, los casos que pone del quechua de Huaraz: rikatsi–na-kunstik, “nos mostramos (eso) el uno al otro”; rika–na-tsikunstik, “dejamos que (él/ella) nos vea”; rika–na-ka-tsi-nstik, “dejamos que (ellos) se vean entre sí”. Los que el sufijo, definitivamente invoca una actividad que requiere la participación de cuando menos dos. El profesor Jorge Alderetes [4] establece la fusión de este sufijo con –ku, dando lugar a –naku e indica que “La raíz que sirve de base al tema –naku siempre es transitiva y el tema resultante es generalmente intransitivo, indicando que la acción denotada por la raíz es realizada en forma recíproca entre dos o más actores. Es decir, que los sujetos son al mismo tiempo actores y objetos de la acción.” Pone estos ejemplos para el santiagueño:
Qaris maqa–naku–chkanku/ Los hombres están golpeándose.
Makiykita mayllachi–naku–y/ Házte lavar las manos.


Si la exigencia mínima en la realización de una forma tradicional oral es la de dos personas, esta a su vez se territorializa y está signada por el momento o circunstancia en que se sucede la palabra. De allí la necesidad de volver sobre el concepto de evento que caracterizamos como aquello que ocurre en el instante del arte verbal, como realización única y estratégica para la tradición oral. Es decir, en la sucesión del discurso que es enunciado por un sujeto y que es seguido –censado- por otro, ya que este, como depositario de la cultura, afirma, pone en cuestión o celebra la reinvención. Se trata de un conjunto de lenguajes que acompañan los que dan un perfil irrepetible a lo que ocurre allí.

Ciertamente, se podrá fijar el discurso en diversos formatos. Pero no se logra recuperar lo que se sucede en el que mismo acto del arte verbal ni la manera como el otro –uyariq-kuna- escucha. Seguimos con la trampa impuesta por la escritura. Es decir, que no logra revelarnos la totalidad hace posible una forma oral. Aún cuando la cámara digital esté filmando, queda como pregunta que está ocurriendo con el que filma y por qué focalizó esto y no lo otro. Esta dimensión es lo que se extraña del relato cuando pasa a la escritura, pues tiene que ser reinventada, fusionada, editada para dar cuenta de esa ficción de oralidad.

Esto sin duda está vinculada a lo siguiente: los tiempos de la tradición oral no tienen un calendario ni horario fijo. Siempre me sorprende, por ejemplo, mis paisanos, con quienes suelo encontrarme o los sábados o domingos, para el willanakuy de nuestro lar. Y es que de pronto, vino a la memoria algún hecho que me comenta y yo insisto en que me lo digan o me lo vuelvan repetir. Pero en ese instante, no está la grabadora, pues no he ido a recoger relatos, canciones, expresiones, etc. Solo nos gana la idea de ser paisano.


Por hoy basta. Sigue en deuda el comentario sobre las tesis que mencioné.


[1] Para revisar trabajos de Fredy Roncalla ir a Hawansuyo: http://hawansuyo.blogspot.com/
[2] Cerrón-Palomino, Rodolfo. Lingüística quechua. Cuzco: Centro Bartolomé de las Casas, 1987.
[3] Sobre este caso escribe: “-na le asigna a la raíz una noción más concreta” (272). Pone los ejemplos: mikuna, “comida”, asina, “cosa risible”, waqana, “cosa digna de llorar”, pichana, “escoba”.
[4] http://www.adilq.com.ar/


No hay comentarios.: