domingo, 11 de abril de 2010

Soy andina: melodía y ritmo de la migración en los Andes por Julio E. Noriega Bernuy




Soy andina: melodía y ritmo de la migración en los Andes
Julio E. Noriega Bernuy
Knox College



El documental Soy andina es la gesta de un nuevo texto andino que, producto de la migración y la tecnología, nació en Nueva York. Filmada en el Perú, Nueva York y Nueva Jersey, la película está en circulación desde finales del año 2008, en versión bilingüe —inglés y español—, bajo el sello de Lucuma Films y bajo la producción y dirección de Mitchell Teplistky. Soy andina es el primer documental de distribución y circulación internacional sobre el tema de la identidad, la música, el baile y la migración andinas. Se ha proyectado, en una gira auspiciada por la Embajada Norteamericana, en las ciudades más importantes del Perú y, en los Estados Unidos, en Nueva York, San Francisco y Chicago. Ha recibido el premio al mejor director, otorgado por Latin American Realities en Two River Film Festival. Las protagonistas de la historia que se documenta en la película son dos mujeres avecindadas en Nueva York, Nélida Silva y Cynthia Paniagua. Nélida, danzante de música folklórica andina y peruana de nacimiento. Cynthia, bailarina de música moderna, nacida en Nueva York y cuyos padres son de Puerto Rico y Perú. La técnica narrativa en la que se organizan los acontecimientos sigue, en forma paralela, el hilo de la simultaneidad temporal y espacial para ambas protagonistas, quienes salen y entran en la pantalla cada una de manera alterna, actuando por lo general en diferentes ciudades; cuando aparecen juntas son en escenas cortas, más bien de encuentros y reencuentros claves, que sirven de conexión con el siguiente episodio. El discurso en la película apela tanto al lenguaje articulado como al del baile y la música. Su aporte más significativo en el plano textual radica en haber rescatado y explotado al máximo la comunicación corporal en los bailes y el mundo musical que, por limitaciones obvias de tecnología, habían quedado fuera del alcance de los tradicionales textos andinos, tanto escritos como orales.

La filmación de Soy andina recoge la experiencia de la migración interna o nacional y la externa o transnacional. Como documental en el que se baila la historia de la migración, propone justamente establecer una comunidad transnacional que, contra todo provincialismo geográfico, étnico, social y cultural, mitigue el desarraigo del migrante. Propone, por ejemplo, formar un espacio común a “todas las patrias”, en el que es posible y totalmente viable ser andina o gringa en Nueva York, Lima o Llamellín. Esta propuesta introduce el paradigma espacio cultural del migrante como modelo de vida moderna: la legítima pertenencia de uno a múltiples espacios sin necesariamente renunciar a su propia identidad. Tampoco los pueblos andinos como Llamellín tienen que forzar sus tradiciones y tratar de borrar sus costumbres para atraer turistas y parecerse cada vez más a Lima o Nueva York; deben, por el contrario, cultivarlas con toda su riqueza y esplendor para hacer de ellas el signo vital de su diferencia e identidad. Soy andina no propone que se privilegie un lugar, un tipo de baile, una lengua o una cultura sobre la otra. Su mensaje implícito consiste en que el hecho de aprender otras lenguas, bailar otros bailes y vivir en otras partes del mundo que no sean el lugar de origen, no significa renunciar necesariamente a lo suyo. Alienta, más bien, a que por medio de esas manifestaciones culturales la gente no sólo exprese su identidad (Nélida), sino que redescubra sus raíces y llegue hasta donde ellas se encuentran vivas, nutriéndose de la tierra a la que pertenecen (Cynthia). Introduce y fomenta un nuevo concepto de mapa cultural frente al territorial, en cuyo espacio el mundo andino se extiende mucho más allá de los límites geográficos de la cordillera andina para formar nuevas comunidades, tanto dentro como fuera del Perú.

1. Soy Andina de ida a las metrópolis (Nélida)
Cuando Nélida Silva dejó Llamellín para irse a seguir sus estudios, en realidad, se trataba de una embajadora artística que salía a otras ciudades. Mientras estudiaba en Lima se unió a otros que como ella habían dejado su tierra natal y que formaban parte de la Escuela de Folklore José María Arguedas. Así empezó la larga travesía que terminó en el actual Ballet Folklórico Perú que fundara, junto con otros compañeros suyos, en Nueva Jersey, en 1991. Nélida en Nueva York es también la Llamellina. La Llamellina, por tanto, no es un patronímico cualquiera. Alude a una identidad colectiva. Representa a su pueblo, a la mujer andina que va y viene con frecuencia de Nueva York a Llamellín, pasando por Lima. Pero Lima no adquiere tanta relevancia en la memoria del migrante andino transnacional. En Lima, la Llamellina no dejó de sentirse forastera, una advenediza, a quien el racismo y el desprecio con el que todavía tratan al serrano en ciertas esferas de la sociedad limeña le indignaron y la empujaron a que corriera el riesgo de sentirse humillada mejor fuera que dentro de su propio país. Lima es ahora una escala necesaria en sus viajes, la ciudad en que baila de vez en cuando y, como su trabajo no se limita a lo artístico, realiza trámites en apoyo a migrantes y a la comunidad llamellina en general. De modo que a través de continuos viajes y cumpliendo con la responsabilidad para con su pueblo, inclusive con el compromiso del alferazgo en la fiesta patronal, Nélida o la Llamellina inaugura una nueva dinámica de desplazamiento andino migrante, la de entrar y salir de las metrópolis, que también significa entrar y salir de la migración.

2. Soy Andina de vuelta a sus raíces (Cynthia)
Cynthia Paniagua es una joven revelación en Queens. Personifica a un sujeto migrante cuya identidad se manifiesta múltiple y simultáneamente. Ella se siente a la vez puertorriqueña, peruana y, sobre todo, estadounidense. Es posible que se mueva entre una y otra nacionalidad con la facilidad con que cambia de paso, la habilidad con la que se ajusta al ritmo de un tipo a otro de baile. Su versatilidad no quiere decir, en este caso, superficialidad. En Cynthia se encuentra más bien a la mujer excepcional, lista y preparada para la tarea de seguirles la huella a los bailes tradicionales del folklore peruano y buscarles su más íntima expresión posible. Su formación profesional en danzas modernas y la especial sensibilidad para hacer del baile una forma de comunicación con los demás y, de manera íntima, con ella misma le permiten emprender este “viaje a la semilla” con éxito.

Cynthia entra en contacto con la tradición de los bailes peruanos en Nueva York. La Llamellina, el Ballet Folklórico Perú y el ambiente musical de fines de semana en el restaurante Pío Pío le sirven de primeros enlaces. Una beca Fulbright le posibilita, después, viajar al Perú para realizar estudios de baile por más de un año. En Lima se matricula y examina en bailes de tradición afroperuana. También encuentra allí fiestas privadas, carnavales y algunas comparsas que los migrantes acostumbran a organizar en ocasiones especiales. Con el ánimo de experimentar el sabor de los bailes en su propio terreno, visita Jauja en el Centro, presencia la fiesta de la Candelaria en Puno, baila en El Carmen y, finalmente, se dirige al Norte buscando la marinera en Trujillo y el tondero en Chiclayo. Toma clases en estas dos últimas ciudades con instructores de reconocida trayectoria en cada género y, por recomendación de uno de ellos, participa inclusive en un concurso de marinera representando a los Estados Unidos, competencia en el que bailando entre los mejores de la región obtiene una mención honrosa y un pequeño trofeo. Al final de este periplo de profunda inmersión artística, vuelve a Nueva York, pasando de nuevo por Lima para un breve reencuentro con familiares y amigos.

Los viajes de Cynthia y Nélida o la Llamellina se entrecruzan. Cuando una está de ida la otra viene de vuelta. Lima y Nueva York les posibilita intercambiar experiencias, bailar juntas, abrazarse y estrechar lazos de amistad entre ellas. La ruta que toma Nélida es la de los migrantes de primera generación, la aventura de salir de los pueblos hacia las metrópolis. La que sigue Cynthia, en cambio, es la vuelta a las raíces que conduce a la gente de una segunda generación de migrantes al seno de la tierra de donde provienen sus ancestros. En ambos casos, el impacto en la vida y la personalidad de las protagonistas es grande. Les reafirma la identidad y refuerza el sentido de pertenencia cultural, pero también las descoloca existencialmente. Se altera de manera inevitable la relación que tienen con el medio en que se encuentran. Nélida cuestiona el machismo en la sociedad andina y, aunque sigue fiel a ciertas costumbres, se rebela contra otras normas tradicionales que le parecen inconcebibles. A Cynthia le molesta quedar siempre al margen, fuera del círculo, que la traten como latina en Nueva York y gringa en Lima. Le cuesta adaptarse al caos limeño en un primer momento sin que a nadie, ni siquiera a ella misma, se le ocurriría pensar que un año después se sentiría igual o peor al volver a Nueva York, agredida por el absurdo laberinto de una ciudad que poco a poco va usurpando la tranquilidad. Lo más hermoso de todo esto es ver que entre las dos bailarinas no sólo continúa la tradición andina fuera del Perú, sino que se consolida. Nélida no pudo realizarse como bailarina profesional en Lima, pero Cynthia en Nueva York lo consigue y logra complementar su formación técnica con la genuina inspiración, el hechizo, que Nélida y los bailes en los interiores del Perú le transmitieron o contagiaron.

3. El converso andino en tiempos de globalización (Mitchell)
Mitchell Teplistky conoció a Nélida, recién llegada a Nueva York, y pronto empezaron a mantener sesiones de conversación para intercambiar inglés con español. Las sesiones de intercambio terminaron en Llamellín, ya no con Nélida ni entre el inglés y el español, sino con la gente de Llamellín, entre el inglés y el quechua. Desde entonces, se habla de un converso andino, de un hombre que ya no podía vivir en Nueva York, sino andaba en tropa los fines de semana, con su cámara en la mano, buscando la escena perfecta en festivales, presentaciones, fiestas y parrandas latinas y andinas. Esas escapadas de fines de semana, sin embargo, no le bastaban. Tenía que pasar temporadas largas en Llamellín, en el Perú, para encontrarse a sí mismo y sentirse parte del mundo. Finalmente, de tanto andar confundido entre inmigrantes andinos y de haberse convertido en visitante puntual en las fiestas patronales de Llamellín, decidió dejar su trabajo y su profesión en mercadotecnia a principios de este siglo para, con la terquedad y la ilusión de un niño, entregarse completamente a la producción y dirección de un documental: Soy andina.

La primera oposición seria que encontró en la realización de su proyecto fue Nélida. A Nélida, la simple idea de un documental le parecía una locura, una locura que sólo podía habérsele ocurrido a Mitchell. Se sabe que fueron muchas las veces que se pelearon y las que luego, como buenos amigos, volvieron a amistarse. Es que si Mitchell era su amigo, la cámara, fuera de los escenarios y las actuaciones, era el peor enemigo de Nélida. No soportaba que esa máquina se entrometiera en su vida familiar, en sus asuntos privados. Se sentía perseguida, acosada. Tampoco le era fácil acomodar su trabajo a las expectativas del proyecto de filmación o aceptar, como ocurrió al menos una vez, que le rescindieran contratos de trabajo por la sencilla razón de ser una de las protagonistas en Soy andina. Duro debió de haber sido para Mitchell ir convenciéndola y seguir trabajando bajo estas circunstancias.

El segundo impedimento, tanto o más serio que Nélida, era la financiación. No había dinero, y menos para locuras de esa naturaleza. Mitchell recurrió a la subvención individual e institucional. Tal vez, como resultado de la formación profesional en negocios y la habilidad que tiene en relaciones públicas, pudo comprometer la modesta contribución de más de un centenar de individuos amantes del baile y la cultura andinas, de alguna institución, como la Dance Films Association, y de negocios deseosos de difundir no sólo lo suyo, sino también la herencia artística de su país. La aventura de buscar esta subvención monetaria suscitó una ligera controversia. Había gente que confiaba en el éxito del proyecto porque, se supone, lo respaldaba un gringo y no cualquier latino ni serrano, un charlatán de esos, sin garantía de competencia técnica ni un mínimo de seguridad en el cumplimiento de proyectos. Otra gente, por el contrario, desconfiaba que un gringo, recién aclimatado, supiera y entendiera lo suficiente como para hacer un documental que no terminara, contra su buena intención, distorsionando la realidad peruana. En estos días en que los contratiempos económicos, técnicos y de equipo en la filmación, montaje y edición han quedado atrás, ya en momentos de plena distribución de la película en su versión final, la gente asume que el director y productor es peruano y si, por alguna razón, se entera de que no se trata de un peruano se pregunta cómo un gringo con esa cara de asustado pudo haber hecho una película tan peruana como ésta.

4. La otra Soy Andina detrás de las cámaras
Como documental sobre la identidad y el folklore peruanos en migración, Soy andina cumple con su cometido. Cualquier espectador, bien versado o simplemente interesado en representaciones artísticas y culturales andinas, se encontrará con un material valioso y de primera mano. Aparte del documental en sí, el archivo adicional también ofrece reveladores documentos en el campo de la etnohistoria: una versión de la representación del encuentro entre Atahualpa y Pizarro, por ejemplo. El añadido de este archivo en el documental es un acierto que ha mejorado de manera sustancial las versiones anteriores que se proyectaron. Hay un sinnúmero de modificaciones que han resultado en grandes logros en el montaje y la edición final. Sin embargo, en comparación con la versión del 2007, se nota que la proliferación de correos electrónicos perturba un poco la secuencia de escenas en la estructura y que la eliminación de pasajes claves en la vida de Nélida, en Lima, le quita fuerza al impacto logrado con el tema de la migración. Con todo, al margen de esos detalles menores y sin tanta importancia, el balance general sigue siendo un éxito.

A manera de advertencia, al menos para espectadores no especializados en el área andina ni en el tema de la migración, vale la pena mencionar que el documental se enfoca única y exclusivamente en un aspecto: el artístico y cultural. En Lima como en Nueva York, hay otra Soy Andina migrante que se esconde detrás de las cámaras o que anda ocultándose en medio de los bailes y las fiestas. El ritmo y la melodía de esa otra Soy Andina denuncian una realidad trágica, dolorosa. Una muestra patética de tal situación es la servidumbre doméstica, el trabajo ambulante informal y la desocupación, propios de una ciudad como Lima, que recibe de distintos sitios de la sierra grandes contingentes de mujeres jóvenes, cuyo acceso a los engranajes de la sociedad capitalina y cuyo poder de sobrevivencia se ven amenazados por limitaciones de toda índole. Pero éstas son las mujeres andinas que no hace mucho solían llenar estadios, plazas y coliseos buscando a sus paisanos, conocidos y artistas de sus pueblos con quienes confundirse, hablar en su lengua, cantar, bailar, llorar y, a ser posible, acortar distancias en la memoria.

La otra Soy Andina, la que vive escabulléndose dentro de los laberintos de la ciudad de Nueva York, podría ser nada menos que una indocumentada. La mujer desgarrada que aún, después de haber sobrevivido lo peor, no puede regresar a su pueblo natal, ni siquiera para enterrar a sus muertos ni, mucho menos, para celebrar fiestas patronales. Tal vez, algún día, las cámaras indiscretas de Mitchell la sorprendan por allí, escurriéndose entre la muchedumbre y la acompañen en otra aventura similar.

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