domingo, 10 de enero de 2010

Lecciones de los maestros indígenas amazónicos por Gonzalo Espino Relucé



El segundo semestre del año que acaba de concluir fue inspirador, a pesar del desánimo y el cinismo con que nos han tratado las autoridades a los profesores universitarios. Fui invitado a dictar el curso de Expresión I en el Programa Descentralizado de Formación de Profesores en Educación Intercultural Bilingüe, Nivel Primaria. Selva Central que la Universidad de San Marcos desarrolla en la Selva Central en alianza con ARPI-Selva Central. La idea de asistir a un curso con estudiante indígenas, confieso que me atrajo y estuve a la expectativa de la realización del mismo.

Cuando me hicieron saber del curso, lo primero que me pregunté fue cuáles eran los contenidos que tendríamos que desarrollar y cómo podíamos dialogar a partir de esta pauta académica como indígenas de tres comunidades diferentes. De esta suerte, me encontré con una sumilla que era lo suficientemente genérica y no se contextualizaba dentro de un proceso de formación intercultural. Fue necesario repensar los contenidos sin dejar de responder al tópico general de la exigencia curricular que este programa oferta.

Constatamos que tal sumilla no dialoga con las expectativas de los estudiantes indígenas. En el curso participaron en total 29 estudiantes, de los cuales 9 son mujeres y 20 varones, todos ellos pertenecientes a las nacionalidades ashaninkas (16), monatsigüengas (10) y yaneshas (3). Esto nos llevó a formular como núcleo organizador de nuestras sesiones el reconocimiento de las prácticas culturales de cada comunidad, tras esto estaba la hipótesis: todos los pueblos tienen cultura y no existen pueblos más cultos que otros. Cada pueblo desarrolla su cultura, no existe pueblo sin cultura. Desde este planteamiento se organizó lo que técnicamente serían módulos, cada uno de ellos exploró una de las expresiones culturales de las colectividades participantes en nuestro curso y, siendo una materia para formación docente, se introdujo una reflexión educativa en cada momento del proceso.

La idea de pertenencia a una comunidad fue focalizada en nuestro curso. Desde ella un conjunto de prácticas que dan cuenta de las culturas a las que pertenecen cada una de las tres colectividades participantes. Se trabajó desde su cotidianidad el universo de expresiones que pertenecen al mundo cotidiano y a las actividades rituales y que, por cierto, configuran el territorio, su cultura y su identidad. De esta forma, la experiencia fue vivencial, lo que quiere decir, que nos interesó aquello que resultaba obvio para los alumnos y alumnas, pero que había que hacerlo evidente. Convertir lo obvio en una reflexión y que este reconocimiento se explicite, fue una de nuestras metas y al mismo tiempo cómo en el futuro los profesores podrían utilizar dicha información para sus diseños educativos.



Para el trabajo de cada sesión, decidimos que la participación oral era lo más importante y mucho más en la lengua de cada uno integrantes. Las expresiones artísticas se vivenciaron desde la lengua materna y desde los componentes de cada una de las expresiones de su propia cultura. Las expresiones de la cultura se explicaban en ashaninka, en nomatsigüenga o en yanesha y se podía vivir ese universo que traducidos no lo tendrían el mismo sentido. Esto suponía, cierto, una frontera comunicacional con el profesor, por lo que decidimos que estas sean a su vez ligeramente, referidas en la lengua de transacción: el castellano. La reflexiones generales eran anotas y seguidas a modos de conclusiones que escribían luego de ser discutidas, de allí la importancia del trabajo en equipo para nuestro curso.

Para el trabajo como materiales, acudimos a la memoria y del cada uno son poseedores. Los temas que abordamos fueron las manifestaciones culturales de nuestra comunidad, la cultura ancestral y la memoria, los inventarios de la culturas locales, el desarrollo de mapas culturales; las prácticas de contarnos relatos, cuentos y mitos; indagar sobre los diseños y los juegos infantiles y recordar las canciones de nuestros naciones. Estos fueron nuestros materiales preferentes para trabajar, pero no podíamos, en modo alguno, obviar que la diversidad cultural y plurilingüe, demanda también de un acercamiento a esa otra diversidad, así posibilitamos una modestísima aproximación a las culturas andinas y costeras del país.

La idea de manifestaciones culturales permitía la reflexión sobre el aula como espacio cultural y el reconocimiento de nuestra cultura para el diálogo. Lo que derivó en un nuevo trabajo: los juegos infantiles en nuestra comunidad. El juego a su vez nos invitó a recordar un tópico: la memoria como un recurso para reconstruir nuestra sabiduría. Por lo que esta vez introdujimos trabajar las expresiones teatrales. Alrededor del curso nos organizamos para varios momentos de nuestras sesiones se pudiera contar. Y contar fue una de las cosas más interesantes que hicimos. Uno de los elementos que ayudó fue sin duda la idea de intercambio: si cuentan, cuenta. Nosotros apelamos a nuestra vocación de narrador oral para contarles relatos del norte del Perú.


Cada sesión concluía siempre con una reflexión sobre la utilidad educativa de esas manifestaciones culturales. Al final, el curso ha dejado una colección de materiales trabajados por los alumnos y alumnas participantes. Volumen que debe tomarse como punto de partida para otros trabajos. Este trabajo contiene los relatos sobre los espíritus de la naturaleza, mapas culturales, los juegos infantiles y diseños.


En este contexto aparecieron voces que consideran a las culturas indígenas como ghetos. Es decir como constelaciones sociales cerradas y que no deben ser comunicados a los otros. Todo lo contrario al propósito intercultural. La exageración con se habla la deslegitima pues, la apuesta no está en una plataforma para el diálogo intercultural, ni apunta al fortalecimiento de la identidad propia, sino a la conversión de colectividades cerradas. En caso nuestro, consideramos que estos trabajos deben realizarse con las propias comunidades.

El objeto específico de este curso fue el espacio del aula y el aula fue para nosotros un espacio cultural cuyo tejido nos habló a cada rato de la memoria, de las expresiones, de los gestos, de la cultura. Todo esto estuvo en nuestra aula. Se hizo presente. Finalmente, apostamos por el fortalecimiento de cada colectividad para el diálogo entre iguales y apostamos a la revitalización de nuestras culturas, pero sin timidez, para dejar de hablar a media voz, a pesar de la escena de desigualdades en que se desarrollan nuestras prácticas culturales.



[1] La invitación vino por parte de la directora del CILA, María Cortez y de maestros indígenas que habían llevado un curso conmigo hacía uno cuatro años.

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