sábado, 2 de enero de 2010

El devenir de los imaginarios, Jairo Rodríguez Rosales por Gonzalo Espino Relucé

Las discusiones sobre etnoliteratura no han tenido mayor desarrollo en el país. Y es que la categoría puede resultar muy amplia, aunque suficientemente oportuna para abordar producciones donde la voz es más pródiga que letra. Podríamos vincularla a literaturas escritas por y desde etnias locales o podríamos aventurarla a aquellas que se vinculan a la diversa y heteróclita tradición oral del Perú. Se ha avanzado un buen trecho en lo que hemos identificado como etnopoética para estudiar los tejidos textuales anclados en una larga tradición ancestral (puede revisar, a propósito de ello la compilación de Juan Carlos Godenzzi, Tradición oral andina y amazónica y la nuestro Tradición oral y culturas peruanas). Por cierto, la discusión es pobre y se repite, acríticamente, en la Académica, lo ya dicho por Walter Ong.

El devenir de los imaginarios
[1] llega con tardanza; la generosidad de nuestros amigos hace posible esta lectura.[2] Se trata de las actas de X Encuentro de Investigadores en Etnoliteratura realizado el 2001. Pero vale la pena comentarlo, pues se trata de una propuesta que se acerca a lo que nosotros venimos realizando en la escuela de San Marcos. Un tinkuy que ya imaginado a partir de las historias de las mentalidades, producciones textuales regionales y la memoria de los ancestros, las relaciones entre naturaleza y humanidad, entre viaje, narración y etnia, entre ciudad y memoria, etc.

Llamaré la atención sobre algunos de los trabajos. La importancia que tiene lo regional en la estructuración de la memoria, que en palabras de Luis Montenegro Pérez se traduce como "la relación de cultura regional con la cosmogonía andina", como una respuesta a los que "proclaman que lo etnoliterario se acaba"; dado que, es en "la poesía (donde) sobrevive el canto sin tiempo" y cuyo centro de atención es el poeta Aurelio Arturo y otras voces. Recuerda: "La perspectiva etnopoética permite escuchar voces contemporánea que reactivan resonancia invocatoria de otros cantos de tiempos seminales", como una propuesta que cuestiona la negación del yachay, al salivar de saber, de encuentro y placer muto, con la esperanza y el sueño". Todo en "Lo que es hablar (II)".

Pedro Verdugo Moreno hace una historia, una memoria en "¿Por qué una historia de las mentalidades?", cuestiona el documento, la línea homogénea del tiempo, la supuesta neutralidad y la objetividad; se habla de largo duración y de "irrupción e irreverencia de ese nuevo fantasma de la subjetividad que prioriza el papel activo del sujeto en el proceso de l conocimiento" y nos recuerda que "La historia de las mentalidades atiende a circunstancia que calan hondo en la vida cotidiana, actúa más en campos de interés dominados por la sensibilidad y por lo colectivo, en oposición a los que son regidos por la conciencia del individuo".
Alcira Dueñas Martínez hace un interesante acercamiento a las mentalidades, diríamos a las sensibilidades andinas, en "Extirpando y fabricando el imaginario colonizado", estudia en particular "las casas de reclusión" y "los colegios de caciques", como parte del proyecto civilizador del imperio colonial. Por su parte, Esperanza Agreda Montenegro nos acerca a la etnoecología: "La etnoecología y las representaciones colectivas en los grupos étnicos mixteco y moreno de Lagartero" para estudiar desde la memoria actual en sedimento de la cultura ancestral, esta vez desde la relación hombre - naturaleza. Postula que "no puede comprenderse la relación ser humano - naturaleza sin entender de mejor manera el pensamiento y el sentido común, como simultaneidades complementarias. Es así como la visión que da el conocimiento permite al individuo actuar en el terreno no perceptible". Recoge 11 mitos que permite explicar la relación entre el agua y los dioses tutelares, al tiempo de hablar del porque ocurre las sequía y los conflicto s que ellos a traído a la gente de Pinotepa Nacional (Oaxaca, México).

José Alejandro Restrepo y Bruno Mazzoldi se confabulan para hablar de la palabra a partir de las imágenes, esto en "Proyecto Tableaux Mourants". Completan esta galera de experiencia etnográficas "Kanipili", es una relato reimaginado por Juan Martín Cedano Ricaurte, "Uturuncu Runa", desde el habla de los otavalos, por William Torres Carvajal, "El agua de los encantos" de Eduardo Ortiz Montero y "Sobre viajes y mitos" de Fernando Urbina Rangel.

Este último trabajo nos recuerda como se configuran las prácticas rituales y narrativas en las colectividades uitoto y muinane, y como el viaje significa apertura: “Viajar es ir dirigirse hacia lo abierto, hacia la totalidad”, en ese viaje, que recuerda, “en pos de los mitos”, al “reconstruir la biografía de don José García”. Tal travesía significo el habla desde el “vivir los sitios donde ocurrió un episodio clave de la historia de su gente”. Aventura que supuso el encuentro con los “abuelos sabedores”, la calavera acaso sería la memoria de Tizi –“el hombre-hueso”- y los kuegas, petroglifos, en el que se representaba a la Serpiente Ancestral “anaconda viajera, origen de la humanidad”. Caída las noches, recuerda, “me volví cuentero, porque las historias se pagan co historias, las canciones con canciones”, ocasión en que se produce el intercambio, el tinkuy entre la cultura del etnógrafo y la del indígena, que harán parte de su memora narrativa, ahora los bambutis habían sido incluidos en el mito de Dïïjoma que trata sobre el “origen de las gentes”, “de los pueblos del mundo quienes en razón de su origen igualitario no han de tenerse como superiores o inferiores los unos de los otros”, amén de los rituales de los sabedores, del fiesta y de los recuentros –viajes también. El viaje se comporta como un encuentro transparente, significativo y vital: “El viaje donde-cuando esto ocurre se llama peregrinación. En ésta se reactualiza a escala de la sociedad humana los viajes del héroe mítico, cuyos recorrido han sido signado el paisaje transformándolo en territorio, volviéndolo patria”. Y como parte del sosiego epistemológico que se puede leer más allá de los pliegues de la escritura: “El viaje es auténtico –no el simple desplazar el bulto-, es mítico en un doble frente: por una parte, tal como lo hemos insinuado, el viaje se va mitologizando a medida que transcurre el tiempo, toda vez que las historias personales terminan por obedecer las normas estructurantes de los mitos de siempre; por otra parte, la atracción que ejerce lo incógnito tiene estirpe mítica.” Amén de una crítica social lejana de ingenuidades, Fernando Urbina Rangel, dirá que “Los viajes también logran refundar al hombre, ser que se mueve entre la conciencia de un origen y de un destino: esto dos momentos terminan por coincidir; los separa un viaje.”.

Baste para dar cuenta. Hay en todos ellos una riqueza que pone en discusión la arbitrariedad de logos occidental, y sugiere, muestras que suponen poner por delante la sensibilidad, el sujeto como parte colectiva y en los tiempos actuales, una mirada que delata que en las actuaciones y las palabras está un sedimento ancestral.



[1] Rodríguez Rosales, Jairo (Comp.). El devenir de los imaginarios. Memorias X Encuentro de Investigadores en Etnoliteratura. Nariño (Colombia): Universidad de Nariño - Maestría en Etnoliteratura, 2002 (ISBN: 33-3485-5).
[2] Debo agradecer a mi amigo y maestro, poeta Hildebrando Pérez Grande el gesto de alcanzarnos el ejemplar.

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