lunes, 22 de junio de 2009

Un sermón del padre Vieira. Primera de Advientos (1650)

El padre Antonio Vieira (Lisboa 1608- Bahía 1697) predicó en Brasil, crítico la explotación de los indígenas. Fue enemigo de la Inquisión y antiesclavista. Su obra principal lo constituyen sus sermones. Fue jesuita. Destacan: Sermón de la Quinta Domingo de Cuaresma, Sermón da Sexagésima, Sermón por el Buen Suceso de las Armas de Portugal contra as de Holanda, Sermón del Buen Ladrón, Sermón de Santo António y los Peses (1654) La Primera de Advientos, era una pieza retórica que se decía en diciembre, y aludía, a la llegada del nacimiento de Jesús, aunque de lo que hablaba era de la preparación para el Juicio Final. La versión que se presenta es aún un borrador de trabajo.



Sermões da Primeira Dominga do Adventos
(1650)
(Documento de trabajo)
III

Unidas las almas a los cuerpos y restituidos los hombres a su antigua entereza, los bien resucitados alegres, los mal resucitados tristes, comenzarán a caminar todos para el lugar del Juicio. Será aquella la primera vez que todo el género humano se verá a sí mismo, porque se juntarán allí los que son, los que fueron y los han de ser, y todos pararán en el valle de Josafat. Si el día no fuera de tanto cuidado, mucho sería para ver a los grandes hombres de todas las edades juntos. Mas veo que estáis preguntando, ¿cómo es posible que una multitud tan excesiva como la de todo el género humano, los hombres que continuarán desde el principio hasta ahora, y es que se irá multiplicando sucesivamente hasta el fin del Mundo; cómo es posible que aquel número innumerable, que aquella multitud cuasi infinita de hombres pueda caber en el valle? La duda es buena, quiere Dios ser la respuesta. Primeramente digo que en esto de lugares hay grande engaño: cabe mucho más en los lugares de lo que nosotros esperamos.

En el primer día de la creación, creó Dios el Cielo y la Tierra y los elementos, y es cierto en buena filosofía, que no quedó ningún vacío en el Mundo, todo estaba lleno. Como esto es así y parece que no había ya lugar para caber más nada, al tercer día vinieron las hierbas, las plantas y los árboles; y con ser tantos en número y tan grandes, coparon todo. Al cuarto día llegó el Sol, y siendo aquel inmenso planeta ciento y setenta y seis veces mayor que la Tierra, cubrió también el Sol; vinieron el mismo día las estrellas tantas mil, y cada una de tantas mil lenguas, y cubrieron las estrellas. Al quinto día llegaron las aves al aire, y la cubrieron las aves; vinieron los peces y el mar, y con haber en ellos tantos monstruos de disforme grandeza, cubrieron los peces. En el sexto día vinieron los animales tantos y tan grandes a la Tierra y con los animales, finalmente, vino el hombre y fue el hombre el primero que comenzó a no caber; pero si no cupo ni en el Paraíso, quedó fuera de él. De suerte que, como decía, en esto de lugares va un gran engaño: cabe en ello mucho más de lo que nos parece. Y es señal de que pasemos a un ejemplo moral, y veámoslo en cualquier lugar de la república. El día es del Juicio, sea el lugar de un juzgado.

¿Antiguamente en un lugar de esos que es lo que cabía? Cabía el doctor con sus textos y unas pocas de postillas, muy usadas y por eso muy honradas. Cabía más una mula mal parada, si la casa estaba muy lejos del Limonero. Cabían los hijos honestamente vestidos; mas a pie y con arte debajo del brazo. Cabía la mujer con pocas joyas, y las criadas, se pasaban las uniones, no llegaban al plural de los griegos. Esto es lo que entraba en aquel lugar antiguamente; y hechas buenas cuentas, parece que no podía caber más. Pasaron los años, y el lugar no creció y ha mostrado la experiencia que es mucho más –y sin comparación- lo que cabe en el mismo lugar. Primeramente caben unas casas, un palacio, que es lo no tenían tan grande los condes de otro tiempo; cabe una biblioteca de Estado, del tamaño de la vaticana, y talvez con los libros tan cerrado como ellas tienen; entra un coche con cuatro mulas, acoge pajes, caben lacayos, entran escuderos, cabe la mujer en cuarto apartado, caben las damas, con ayos con todos sus otros aparejos de hidalguería, caben los hijos con caballos y criados, y tal vez con los pasatiempos y con otras mocedades de aprecio, caben las hijas mayores con dotes y casamiento de más distinguidas, las segunda de monasterios con gruesas trenzas, con sus tapicerías, con sus bajillas, con sus dignidades, caben los beneficios, caben rentas, y sobre todo caben unas manos muy lavada y una conciencia muy pura e infinitas otras cosas, que solo en la memoria y el entendimiento no caben. ¿No es esto así? Allá en esas tierras por donde yo ahora andé, así es. Pues si todo esto cabe en un lugar tan pequeño, qué gran servicio hacemos a nuestra Fe en creer que cabremos todos en el valle de Josafat? Habremos de caber todos, y si viniera otros tanto más, para todos habrá valle y milagro.

Además de esta razón general que habrá de la parte del lugar, hay otras dudas de parte de las personas. Una de la parte de los buenos, otras de la parte de los malos. Los buenos podrán caber allí en muy poco lugar, porque tendrán el don de la sutileza, el cual comunica tal propiedad a los cuerpos de los bienaventurados, que todos cuantos se habrán de hallar en el día del Juicio pueden caber en este lugar que yo estoy señalando. En el Mundo también hay este don de la sutileza, mas con muy diferentes propiedades. La sutileza del Cielo introduce a uno sin incomodar a otros; la sutileza del mundo, todo sin cuidado e incómoda a otro sin introducir en si. Por eso no hay lugar que duré ni lugar que baste. Mucho es que Jacob y Esaú no cupiese en una casa, pero Lot y Abraham no cupiesen en una ciudad, mucho más es que Saúl y David no cupiesen en un reino, pero el que excede toda la admiración es el que Caín y Abel no cupiesen en todo el Mundo. Y, ¿por qué no cabrían dos hombres en tan inmenso lugar? Pero es la causa que el caso. Caín no cabía con Abel, porque Abel cabía con Dios. En un hombre cupiese con su Señor, luego los otros no caben con él. Alguna vez será esto soberbia de los Abeles, mas ordinariamente es envidia de los Caínes. Si es cierto que con la muerte se acaba la envidia, fácilmente alcanzaremos todos en el Día del Juicio. ¿Queréis caber todos? No añadáis lugares, disminuyáis envidias. Es el don de la sutileza de los buenos.

De parte de los malos también habrá de haber dificultad en caber en el valle; porque allí los malos son tantos y hay tan grandes y tan henchidos que en aquel día estarán todos muy pequeñitos como en el tiempo del Diluvio para que cupiesen en el arca de Noé todos los animales del Mundo en sus especies. Creéis en la Fe, por lo dice la Escritura. Pero no lo comprende el entendimiento porque no lo alcanza la razón. ¿Cómo puede ser que cupiesen en tan pequeño lugar tantos animales, tan grandes y tan fieros? El león, para el que toda Libia era poca lugar; al águila, para el que todo el aire era poca esfera; el toro, para el que no cabía en la plaza; el tigre, que no cabía en el bosque; el elefante, que no cabría en sí mismo. ¡Todos estos animales y tantos otros de igual fiereza y grandeza cupiesen juntos en una arca tan pequeña! Si cabían todos aunque el arca era pequeña y la tempestad grande. Anegaba Dios en aquel tiempo la tierra con el diluvio universal, que fue la mayor calamidad que padeció el Mundo. Y eran tiempo de grandes trabajos y calamidades, hasta el instinto de encoger a los animales, cuando más para la razón de los hombres! Entrarán los hombres en el valle de Josafat, así como cupieron los animales en el arca de Noé. Sicut fuit in diebus Noe, sic erit in consummatione saculi. Dice la Escritura que solo con las señales del fin del Mundo habrán de andar todos hombres, marchitos y enmagrecidos: Arescentibus hominibus pra timore: Los hombres se han de apartar tanto del recelo, cuanto se acerque el Juicio! ¡Oh, como nos encogeremos todos en aquel día! ¡Oh como estarán pequeño allí los mayores gigante! La mayor maravilla del Día del Juicio, no es haber de caber todo e Mundo en todo el valle de Josafat. La maravilla mayor será que cabrán entonces en una pequeña parte del valle muchos que no cabían en todo el Mundo. Un Nabucudonosor, un Alejandro Magno, un Julio César, para quien era estrecha la redondez de la Tierra, entrarán allí en un cantito.

Una de las cosas notables de dice Cristo el Día del Juicio es que "caerán las estrellas del Cielo". StelIæ cadent de cæelo. Si dar aviso a los matemáticos, habrán de encontrar gran dificultad en este texto (Yo Jesús daréis razón natural de ello, cuando me pregunten). Todas las estrellas, menos dos, son mayores que la Tierra, y algunas hay que son cuarenta, ochenta y ciento y diez veces mayores. Pues si las estrellas son mayores que la tierra como habrá de caer y caber acá abajo? Han de caber porque han de caer. No sabéis que los levantados y los caídos no tienen la misma medida? Pues así Jesús ha de suceder a las estrella. Ahora que están levantadas, ocupan grandes espacios del Cielo, como estuviesen caídas, han de caber en pocos palmos de la Tierra. No hay cosa que ocupe menor lugar que un caído. La Tierra, en comparación del Cielo, y otro punto: y Lucifer, que levantado no cabía en el Cielo, caído cabe en el centro de la Tierra. ¡Ah, Luciferes del Mundo! Aquellos que levantados en las alas de la prosperidad humana en ningún lugar cabe hoy, caídos y derribados en aquel día entrareis en muy poco espacio. Estaremos todos allí encogidos y sumidos dentro en nosotros mismos cuidando la cuenta que habremos de dar a Dios y cuando no hubiera otra razón, esta solo bastará para no faltar lugar a ninguno. Dense los hombres en cuidar la cuenta que han de dar a Dios, y yo os prometo que sobrarán lugares. Lo que importa es que el lugar sea bueno y ese lugar es el valle de Josafat donde habrá lugar para todos.
(Trad. Gonzalo Espino. Material en proceso
Texto publicado en portugués en el portal www.nead.unama.br )

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