domingo, 17 de mayo de 2009

Literatura oral y popular del Norte, por Gonzalo Espino Relucé








La literatura oral y popular del Norte



Por Gonzalo Espino Relucé



Para Yaco, señor del Mirador, en las tierras de Tulape.


Las manifestaciones literarias orales y populares en nuestro país se pierden en la memoria del tiempo. Precede la presencia europea, pero al mismo tiempo se vincula a ella. Es preciso recordar que el territorio nacional fue conformado por diversas culturas que cuando se produce la invasión española estaban sujetas al dominio Inca. Estas manifestaciones albergan en su trama discursiva sensibilidad y realidad, sueños y cosmovisión de quienes la expresan. Lo dicho es importante para observar las diversas transformaciones que operaron en los espacios costeños y las principales ciudades del país.

La continuidad de estas manifestaciones se asocia al dominio popular de la lengua dominante, el castellano y la perdida o escasa presencia de las lenguas vernáculas de estos lugares. La misma que inicialmente tendrá una doble influencia: de un lado, la presencia hispana, que trajo la religión católica y un imaginario anclado en el fabulario medieval; y, de otro, la presencia de los negros en la cultura peruana.

Estas manifestaciones se verán interpeladas por la Iglesia en el mundo popular cuyas tradiciones serán emparentadas con iconos europeos del mal como el demonio o la presencia de los hechiceros y supersticiones. Si este es el destino de la formas que se divulgan, se entenderá que se establece una asimetría entre la cultura que llega como autorizada respecto a la que se comporta como dominada. El diablo pertenece al fabulario popular; sea por la gente de compacta, sea porque inquieta a la población o sea por que la gente se burla de él. No siempre son relatos que en el que demonio tiene todas las de ganar.

Es en siglo XIX que podemos advertir un conjunto de manifestaciones populares que pasan a la letra gracias a los cuadros de costumbres y al dominio de la tradición más allá de la pluma de don Ricardo Palma. Se ciertamente se recogen formas populares, aunque muchas de estas tienen correlato en la insistencia colonial. Entre ellos podemos destacar las figuras Manuel Anastasio Fuentes (1820-1889) y de Abelardo Gamarra, El Tunante (1857-1924). En todas estas realizaciones literarias quieren traducir el alma popular. El Tunante será, a fines del siglo XIX e inicios del XX, uno escritores que no invita conformar lo que llamaba el alma nacional, el folklore y que difunde en una sección “Usos y costumbres de nuestra tierra” que publica en la Integridad.


La literatura oral y popular en castellano tiene diversos géneros y tópicos que van del cancionero popular (tonderos, cumananas, marineras, tristes, etc.); leyendas, mitos y cuentos, anécdotas e historias orales, que dan cuenta de una tradición oral que se asocia a su condición originaria o colonial, cuyos personajes provienen de los ancestros locales, la presencia colonial o se cruzan personajes originarios y con aquellos que nos llegan de otras tradiciones. Se confunde héroes míticos con personajes históricos; almas en pena, apariciones con condenados; traviesos duendes con fantasmas; tapados, sitios encantados o lugares embrujadas, etc. Uno de los personajes más conocidos es el Tío Lino que vivió a fines del siglo XIX; cuyos relatos establecen una línea de relación entre el mundo de arriba (sierra) y el mundo de abajo (costa). Son relatos brevísimos, pero con una dosis de efectivismo y de humor.

El fabulario popular que se circula en el XX tiene revisarse en su relación con el impacto de los procesos de modernización que vive el país, en especial, su vinculación con las oleadas migratorios, la presencia del migrante en la ciudad y las instituciones que forman el imaginario del país (escuela, medios de comunicación, carreteras). De hecho las migraciones de poblaciones andinas a los pueblos de la costa trajo en el siglo XX con mayor intensidad toda la visión andina. Así es posible encontrar relatos donde los cerros se convierten en pueblos hermosas (aldeas sumergidas), donde no falta nada, a la par lo vinculamos a relatos de trenes que se han descarriado. Como relatos, resulta una oportunidad para compensar las penurias de los yanaconas, contratas y golondrinos en las haciendas azucareras, arroceras y algodoneras. El mismo papel cumplen relatos como El carbunclo que pertenece al bestiario andino (se le describe como cuerpo de gato, aunque en la cabeza tiene un diamante o una piedra de oro).

Las culturas no son islas ni fortalezas cerradas, lo son en tanto los sujetos que la conforman intercambian valores y objetos con otros, que hacen la propia cultural: intercambian la palabra. La presencia andina en la ciudades hace que la memoria oral se remantice y actualice; en las últimos décadas aparecen como leyendas urbanas como el Sacaojos. El Sacaojos, se inspira en el rumor en tiempo de crisis y es la versión actualizada del pishtako andino en la ciudad. Se trata de un hombre que viste mandil blanco, lleva un maletín de médico, llega en un auto o camioneta rural a los barrios más apartados de la ciudad para sacar los ojos a los niños.

Un ciclo cautivante, esta referido al retorno del migrante a sus lugares origen, ahora como hombre “citadino” que no entiende el “atraso” de su pueblo. En otros casos, estos relatos se trasladan al campo simbólico como los saberes académicos

La religiosidad popular ha producido también un mundo fantástico que circula como un anecdotario que refuerza las devociones, tiene registro en diversos relatos y se pueden escuchar en cualquier latitud de América Latina (p.ej. El viejito caminante, que es Dios que visita a gente para ver si son bondadosos). Se vinculan a la evangelización y por cierto a vidas ejemplares. El Señor de los Milagros, San Martín de Porras, Santa Rosa de Lima, la Beatita de Humay o Sarita Colonia; La Cruz de Chalpón, La Virgen de la Puerta o El Señor del Cautivo, pertenecen fabulaciones que los fieles refieren como milagros o dones por su fe, promesas o sacrificios. Junto a la hagiografía popular están aquellos relatos donde los personajes han sido sancionados por sus pecados: La viuda negra, El Cura sin Cabeza, La cabeza voladora, El perro (o cerdo encadenado), etc, todos estos personajes que aparecen en la soledad de la noche. Es recurrente La viuda negra que lo escuchamos en diversos ciudades y pueblos. Este tipo de relato se confunde con otra serie que tiene por destino una mujer guapa, que es gringa o rubia (La gringa de…).

Las poblaciones marinas, las que viven en la cercanía de los ríos o se han establecido distantes del pueblo, suelen tener relatos como La nave que se pierden, La luz que se pierde, El ahogao, Médano Blanco y Los bultos, entre otros. El ahogao es un relato recurrente, se trata de un personaje que ha sido “tragado” por el río o el mar, este aparece a las personas que caminan en la noche. Las manifestaciones populares se encuentran también en los chistes y cuentos que hacen visibles las enemistades de pueblos.

Finalmente, la literatura oral y popular en castellano circula en todos los pueblos del país. Se confunde con el folclore, las costumbres y tradiciones que cada pueblo posee e invade o se activa como leyenda urbana en las ciudades. Aún no se ha realizado un recuento significativo de toda esta producción literaria.

Referencias:
Camino Calderón, Carlos. Diccionario folklórico del Perú. Lima: Cía. Impresiones y Publicidad, 1945.
Espino Relucé, Gonzalo. La poesía obrera anarquista (1900-1926). Lima: TAREA, 1984.
-----. Tras las huellas de la memoria. Tradición oral del Norte Peruano. Lima: INC – OEI, 1993.
Gamarra, Abelaro M. Rasgos de pluma. Lima: ed. Autor, 1889.
----. En la ciudad de los pelagatos. Lima: Biblioteca Peruana, 1973.
Hocquenghem, Anne Marie (y) Max Inga. Los encantos de La Encantada. Piura: CIPCA Centro de Investigación y Promoción del Campesinado, 1989 (Biblioteca campesina, 7)
León Barandiarán, Augusto. Mitos, leyendas y tradiciones lambayecanas. Lima. Ed. autor, 1938.
Lloréns Amico, José Antonio. Música popular en Lima criollos y andinos. Lima:IEP-Instituto Indigenista Latinoamericano, 1983.
(c) Gonzalo Espino Relucé

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