jueves, 29 de marzo de 2007

¿Castellano que hablo?




Quijoteando. Encuentro Iberoamericano: Defensa del Lenguaje como Patrimonio Cultural. Homenaje al Cuatricentenario de la publicación de El Quijote. (Comp.) de Manuel Pantigoso (Lima, Universidad RicardoPalma, 2006; pp. 202-208).

Resumen:
Esta comunicación fue ponencia de una de mis dos participaciones en el cuatricentenario de El Quijote. Aquí discuto por que hablo/escribo castellano siendo moche. Esbozo la problemática de las relación entre nación y lengua, y cómo el castellano es parte del programa civilizatorio iniciado con la llegada de los españoles a las tierras andinas.
Palabras claves:
Castellano – Lenguas indígenas – siglo XX – Nación – Conflicto lingüístico – El Quijote.



Los hombres y mujeres de mi tierra tienen una especial manera de hacer que la palabra no solo sea dicha con tono directo y agradable, sino que, a veces gozan –debo escribir, gozamos- cuando esta adquiere los bordes de lo inimaginable. Cualquier palabra puede ser llevada a un territorio donde el verbo, gracias a un virtuosismo de los tonos de voz y a las sutilezas gestuales, alcanza la sabiduría de quienes saben del goce de la palabra. Pero esto, evidentemente, no es lo voy comentar; voy a relatar los límites de los usos de la palabra diferente, exactamente por no pertenecer al patrón lingüístico del orden establecido.

Me refiero exactamente a las diversas maneras en que los antiguos peruanos fueron confinados a la hoguera del silencio por su palabra diferente y lo que llevó al extremo de la vergüenza en la piel. Esa voz que fue trazada en los pallares que adivinaban las escurridizas alas del tiempo, en fajas y alforjas, en gorros y sombreros, donde, las más de las veces, los abuelos tejieron para saber del futuro como el presente del recuerdo y con hilos especiales y finas palmas, las mujeres dejaban trazados sus sueños, como encargos para los hijos del mañana. Fue así como nuestra palabra llegó a la letra en volúmenes casi olvidados y voces ahora ya silenciadas. Esta historia desea ser ese reverso irreverente que es capaz de reconocerse en lengua del conquistador y a la vez en esa lengua hecha de palabras y ordenamientos discursivos que no corresponden al patrón autoritario de Nebrija.



El indio se quedó mudo

Un campesino del norte del Perú (ver foto) en 1992, puso en el centro de su pintura a un español disparando a un indígena porque habla quechua. Obsérvese que el grafista indica: habla. El cuadro realizado con elementos naturales se divide en dos espacios: en parte superior, los aborígenes bajan en lo que se describe como “camino del indio” (no del inca) y sugiere que ocupan diversos pisos ecológicos. Ninguno de ellos lleva armas, dos de ellos jalan sus llamas y el espacio se muestra agreste. Sus armamentos los ha dibujado en la parte superior de donde ocurre la matanza. De la parte inferior ascienden los españoles, todos están con sus armas. Uno de ellos va montado sobre un caballo. El “encuentro” se produce en los siguientes términos: en el camino del indio (transcribo como escribe): “se encontro indio(s) conlos españoles” y el español pregunta: "HOY indio adonde te vas". El dibujante anota: “el indio quedo mudo”. La secuencia que sigue es trágica, la mudez se ha trastocado en habla; pero expresarse en quechua es un riesgo, no sólo no es aceptada, sino implica condena. Han matado a un indio por hablar la lengua local; escribe: “españoles mata(n) a balazos al indio cuando (h)abla kechua”.

Según la leyenda, hablar quechua significa muerte. El cuadro no sólo es irónico, parece invitar a pensar que dicha ejecución tiene que ver con el archivo de la memoria popular, en la que los “españas” sólo hablan, pero no escriben en castellano. Pienso, en dos eventos que registra el cuadro: de un lado indio y español solo hablan, dicen su voz, en español o quechua, pero es el campesino cajamarquino el que escribe en la lengua de España, hace un doble registro. En la parte inferior izquierda hay unos hilos, quipus, el pintor escribe: “apuntes del indio”. ¿Qué apunta el indio? La llegada de los invasores y la derrota inca en la matanza del indio que habla quechua. La muerte del indio trazada en esta escritura, resulta una suerte de sublevación de la voz subalterna que eriza los cerca de cinco siglos de presencia hispana en estas tierras y de su lengua que hoy se ha convertido en la lengua general del país. Pero la muerte del indio por hablar una lengua diferente al invasor nos lleva a pensar en los extravíos y disímiles caminos tal como aparece en la pintura, el registro de un camino trágico

El indio que quedo mudo
José Isabel Ayay Valdéz
(Concurso de Dibujo Campesino, 1992).
Archivo del Centro Cultural de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.




Los moches de mi pueblo

En mi casa, mis abuelos sin duda hablaron aquella lengua que prefería a la luna y disfrutaba del sonido del mar, me refiero al Muchik. Lengua que en el marco de las política colonial quedó reducida a una bastarda y cuyo resultado, en el siglo XIX, fue la presencia de algunos bolsones poblaciones donde el muchik era la lengua de la gente común y confinada al espacio íntimo de lo privado y lo doméstico, es decir, a la saga de lo que pudiera reproducirse en los hogares norteños. Si a la herencia colonial le agregamos los contextos socio económicos que se viven desde la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX, encontraremos que el desarrollo de latifundio fue acompañado por un reordenamiento del mapa cultural que cambió el rostro de los lugareños, pues significó un vasto desplazamiento de migrantes (principalmente de la sierra de Cajamarca, La Libertad y Ancash), llegan como enganchados y golondrinos para poblar estacionariamente estas tierras que pasan del cultivo del “pan llevar” a las plantaciones de arroz y azúcar. Esta etapa coincide con la expoliación a los campesinos y el agotamiento del minifundio, habrá de entenderse, cómo esta lengua, en la que escribo, fue copando el territorio donde antes se escuchaban las “guturales” del muchik, que sólo lo llegamos a escuchar en los brujos del Chicama y Ascope en su bendecidas curaciones. Actualmente, como es obvio, el muchik no se habla en el valle Chicama; aunque en los últimos tiempos hay esfuerzos por revitalizar la lengua, animada por la puesta en valor de los restos de Sipán y Sicán, al igual que El Brujo, pero aún no es una política que contagia a toda la población por igual. Sobre la lengua hay una memoria suficiente, que requiere ser trabajada, en todos los usos que cotidianos, las toponimias o giros propios. De ello hay memoria escrita, el cura Fernando de la Carrera, Arte de la lengua yunga (1644), los trabajos de Ernst W. Middendorf, Enrique Brüning y C. Schumacher que estudiaron la lengua y últimamente el estudio de Rodolfo Cerrón-Palomino. Si bien como lengua se ha silenciado, está asociada a la cosmovisión del hombre norte del Perú.

Hay que ser civilizados

Ciertamente, a inicios del siglo XIX, fracasó la creación de una nación multilingüe, no sólo porque conceptualmente era imposible imaginar un Estado pensado desde la idea decimonónica de la nación como lingüísticamente plural. La nación se imaginó como unificada, con una historia reglada por héroes que rememoran el pasado imperial inca, pero que desconocen a su coetáneo el indio y que supone héroes comunes en un territorio donde hablan una lengua, oficial y común, el castellano. Esta idea peso mucho en el pensamiento ilustrado de nuestros héroes culturales que más de una vez se refirieron con nostalgia a la lengua patria (en realidad, el quichua), pero que no hablaban ni escribían en esa lengua, asunto explicitado por Clorinda Matto de Turner: “Gamarra, Corpancho, Patrón, Chávez, Prada, Rey de Castro, Leguía, Martínez. los Amézaga y todos los escritores en fin que hoy ornan el cielo literario del Perú ¿por qué han ignorado el idioma? ¿por qué no pueden cantar en la lengua de su madre patria?” (1888:331; énfasis mío). Mas por el contrario, lo que hicieron fue excusar un simplismo positivista de la descalificación de las lenguas indígenas al vincularla con ese sujeto incómodo llamado indio –aunque económica y socialmente necesario para las arcas del terrateniente y del Estado. En el siglo XIX se hizo no sólo visible sino políticamente parte del nuevo programa civilizatorio la defensa del castellano. Desde esa perspectiva el programa no era la inclusión india sino la asimilación de los indígenas a la cultura del blanco, lo que se buscaba es que el indio aprendiera la cultura del otro porque la suya no podía entenderse como tal. Anchorena lo expresa dentro de un voluntarismo positivista:
El conocimiento del quechua estirpará en los blancos ese desprecio y en los indígenas ese odio: lo primero, porque habiendo comunidad de lenguaje, los blancos entrañaran en relaciones mas estrechas con los indigenas y tendrán ocasión de conocer la dulzura de su carácter, la sobriedad de su vida y otras cualidades desconocidas hasta hoy, hasta el punto de establecerse casi generalmente, el principio absurdo, de que al indio se le debe tratar cruelmente. Entónces se dará al indígena la estimación que merece, y éste, no recibiendo el trato duro y cruel de que viene siendo víctima desde la conquista, pospondrá su ódio al blanco y no verá ya en él un opresor sino un conciudadano á quien debe amar. (Anchorena 1874: VI).
Y en el plano del debate en las modestas y aristocráticas ciudades de entonces era la polarización entre castellano y quechua, el uso de esta última suponía un conjunto de semas que lo asocian a atraso, pasado, abandono, pobreza, marginalidad, mientras que al castellano con prestigio, progreso y modernidad. Es evidente que este debate de la ciudad no se trasladó al latifundio serrano donde el terrateniente prefirió hablar en la lengua de los indios y se distinguía en la ciudad provinciana por el uso galano de un castellano arcano. El resultado fue una política lingüística no oficial, pero de consenso en la esfera del poder para consumar el proyecto civilizatorio en el siglo XX: el castellano como lingua francae.

Se vende castellano

La metareflexión realizada por los hablante de lenguas nacionales sobre le uso del castellano se puede leer con humor perplejo, con tristeza y horror a la violencia en diversos relatos orales recogidos a lo largo y ancho del Perú. En todos ellos hay una nota culposa, vamos a la escuela, aprendemos el modo de las cosas, pero olvidamos lo sencillo que era sentarnos en los poyos de nuestra casa para escuchar la magia que brillaba en las palabras del abuelo o de la abuela. La escuela entonces, como ayer la iglesia, consumo el proyecto. Primero aprendimos a dibujar nuestra firma, luego a deletrear, seguidamente a leer, pero ¿qué leíamos y qué nos enseñaron a escribir? Aprendimos más del otro.
Esta historia en la tradición oral está dicha de diversas formas. Desde la nostalgia de la escritura en el Manuscrito de Huarochirí hasta incapacidad que se revela cuando no se maneja la lengua de la ciudad como en el “Puku pukumatawan k’ankamantawan” o “Castillanu rimayqa ancha carun kasqa”. Para el amanuense que transcribe la memoria de los indígenas de Huarochirí el desconocimiento de la escritura -de occidente, claro- no permite conocer la grandeza y memoria de estos pueblos, por eso se está perdiendo: “Runa yndio ñisqap machukuna ñawpa pacha qillqakta yaĉanman karqan, chayqa hinantin kawsasqankunapas manan kanankamapas chinkaykuq hinachu Kankan”.[1] En “Cuento del pucu pucu y el gallo”, el relato narrado por Rufino Chuquimani Valer, grafica porque el castellano, y no sólo ello, la escritura en español, es la tecnología que se tiene que manejar si se desea quejarse en busca de justicia. El puku puku pierde, precisamente, por ser indio y honesto. En el tercer relato, los comuneros necesitan saber castellano para poder enfrentar al terrateniente, envían a la ciudad a comprar castellano, un indio acriollado les vende algunas palabras, con las que se condenan ya que en su camino de retorno encuentran a una persona muerta, en esas circunstancias aparece la policía, a quienes le responden lo mismo que al juez (representante del estado) que los condena a la cárcel. La seguridad de sus respuestas, aunque de una patética ingenuidad, exactamente por el uso de las palabras con que han sido estafados, los condena:
“Chaysi juiz tapusq



-¿Quién de ustedes mató a este hombre?-nispa. Chayri primiru castillanu rantiwantinu qallaykusqa, juiz, tapuptin:
-¿Quién lo mató?
-¡Nosotros! Nispa.
-¿Por qué lo mataron?- niptinñataqsi.
Nispa. -¡Por que queremos! -nispan
Entonces los condenó a veinticinco años de cárcel.
-¡Eso es lo que queremos! –nisqako.[2]

La historia entonces del aprendizaje del castellano ha sido tensa, violenta y culturalmente costosa. Si celebramos hoy el uso de esta lengua lo hacemos con la convicción de las lenguas perviven en el corazón de sus gentes, y en esta lengua, porque ingenioso Sancho seguirá diciendo a su señor: “De la misma manera que yo lo cuento se cuenta en mi tierra todas las consejas, y yo no sé contarlas de otra, ni es bien que vuestra merced me pida que haga usos nuevos.” (Cervantes: I, 20). Volvemos a esta sin la violencia del tiempo, sí para regocijarnos y protestar, y hacer de esta una oportunidad para nuestra expresión plural y multilingüe, aunque nuestros dioses, escuchan en ambas lengua, la de los “españas” y la del muchik, para hacer como la nuestra, lozana y palabra florida, para hablar sin sorda como había imaginado Sancho en Quijote, por eso hablo castellano.

Gonzalo Espino Relucé
gespino@unmsm.edu.pe


Bibliografía básica:
Anchorena, José Dionisio. Gramática Quechua ó del Idioma del Imperio de los Incas. Lima, Imp. del Estado, 1874.
Carrera, Fernando de la. Arte de la lengua yunga. Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 1939.
Cerrón-Palomino, Rodolfo. La lengua del Naimlap (reconstrucción y obsolescencia del mochica). Lima, PUCP, 1995.
Cervantes, Miguel de. Don Quitote de la Mancha. Real Academia de Española. Asociación de Academias de la Lengua Española, 2004.
Chuquimamani Valer, Rufino. “Puku pukumatawan k’ankamantawan” en ¿Quiénes somos? El tema de la identidad en el altiplano, comp. Rodrigo Montoya (Lima, Mosca Azul Ed. 1988); pp. 95-110.
El indio quedo mudo. Pintura de José Isabel Ayay Valdéz (Concurso de Dibujo Campesino, 1992). Guaca, nº 2, junio 2005; pp.89-90..
Matto de Turner, Clorinda. "El qquechua. Su utilidad para los americanistas" en La Revista Social. También en El Perú Ilustrado 1888.
Middendorf, Ernst W. Das Muchik oder die Chimu-sprache. Leipzig, F.A. Brockhaus, 1892
Ortiz Rescaniere, Alejandro. “Castillanu rimayqa ancha carun kasqa/ Hablar castellano cuesta caro” en De adaneva a inkarrí. Una visión indígena del Perú. Lima, Retablo de Papel, 1973.
Schumacher, G. El vocabulario mochica de Walter Lehmann con otras fuentes lexicas. Lima, CILA-UNMSM, 1992.
Taylor, Gerald. Ritos y tradiciones de Huarochirí. Manuscrito quechua de comienzos del siglo XVII. Versión paleográfica, interpretación fonológica y traducción al castellano. Estudio biográfico sobre Francisco de Ávila de Antonio Acosta. Lima, IEP - IFEA, 1987
[1] Cito por la edición de Gerald Taylor, traduce: “Si en los tiempo antiguos, los antepasados de los hombres llamados indios hubieran conocido la escritura, entonces todas sus tradiciones no se habrían ido perdiendo, como ha ocurrido hasta ahora”.
[2] “El juez preguntó:/ ¿Quién de ustedes mató a este hombre? ¿Quién lo mató?/ -¡Nosotros! Dijo el primero de los huantinos que compró castellano./ -¿Por qué lo mataron?/ -¡Por que queremos!/ -Pues entonces los condeno a veinticinco años de cárcel./ -¡Eso es lo que queremos!”. Alejandro Ortiz Rescaniere, De adaneva a inkarrí. Una visión indígena del Perú; p.182.